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Lectura de muestra

Ocaso

Miuler Vásquez González

Índice del libro
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A modo de preludio

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Me encontré con el poeta Feliciano Mcquen, hace un par de semanas. Nos sentamos a tomar un café en la esquina de un boulevard de Las Palmas.

—¿Cómo te va, mi querido amigo? —me dijo—. ¿En qué proyecto literario andas ahora?

—Estoy a la deriva, mi estimado poeta —le respondí.

—Estar a la deriva es propio de los grandes, vas por buen camino —se tocó el lado derecho de su nívea cabellera, e inclinándose un poco hacia mí, me habló en tono de complicidad—: Solo cuídate de las mujeres, amigo, ellas son malas, te secuestran.

Reímos de buena gana.

Durante una hora hablamos de las novedades literarias de la región y del país. En un momento determinado me leyó varios poemas de su cuaderno, uno de los tantos llenos que tenía, me comentó. Entre café y poesía, le hice la pregunta del millón: ¿qué nuevas sabía de su sobrina?

—¿Qué? ¿Son amigos? ¿La conoces? —me abordó con preguntas.

—Un poco —traté de mantenerme sereno—, solo un poco.

—En la mañana estuve en su casa. Ella está bien.

—¿Fuiste a su boda?

—Sí, el domingo.

—Quería preguntarte algunas cosas, no sé si deba.

—¿Qué será?

Saqué de mi bolsillo un sobre y se lo mostré. El poeta no entendía de qué se trataba.

—Ábrelo —le pedí.

Lo abrió, extrajo el contenido y se puso a leer.

—¿Dónde conseguiste esto? —me preguntó, intrigado, una vez concluida la lectura.

—Me la dio ella.

—Me desconcierta, amigo. ¿Eso le escribió su padre?

—Así es, su propio padre.

—¿Cómo es eso? Cuéntame.

—Te lo voy a contar, mi renombrado poeta, con detalles. Primero necesito saber algunas cosas. ¿Podrás contármelas?

Pedimos helados de aguaje. Al frente, en un establecimiento de venta de comida, el altoparlante emitía una canción a todo volumen. El ruido de los carros y motos parecían de enjambre.

Antes de seguir con nuestra conversación, guardé la carta con cuidado.

—Te escucho, amigo —me exhortó el poeta, en tanto se acomodaba los lentes.

Me preocupé en hacerle preguntas precisas. Por lo menos eso había planificado.

—¿Realmente la abuela de tu sobrina le dio unos fardos de tela a cambio de llevársela?

Pensó unos segundos antes de contestarme.

—No me consta, amigo —me respondió, pensativo—. De chiquita a ella la rescataron de su padre, eso me enteré. Un tiempo vivió con su mamá; luego, en efecto, su abuela vino a llevarla.

—¿Llevarla a dónde?

—Creo que vivieron en Porvenir, un tiempo; luego en Nuevo Edén.

—¿Y sus hermanos de madre?, ¿qué sabes de ellos?

—Los hijos de mi hermana, se fueron a Piura de jovencitos. Ahí viven.

Me quedé en silencio unos segundos. Recabar información me resultaba difícil, más aún con un interlocutor que solo me daba respuestas escuetas.

—No lo puedo creer, amigo —me sorprendió de pronto—. No sabía que su padre era así. La quería hacer su mujer el malnacido. ¿Qué tendría en la cabeza?

—No solo eso. También la maltrató a golpes, desde niña.

—Me enfurece saberlo, qué rabia siento. ¿Y cómo te has enterado de todo esto?

—De sus propios labios.

—¿Qué sí?

—Sí, es una historia larga. A propósito, ¿qué fue de tu hermano Josadht?

—¿Lo conoces? —me miró intrigado—. Él vive en Italia.

No me dio más explicaciones sobre su hermano, lo sentí incómodo.

—No lo conozco. Sé de él porque tu sobrina me contó que le escribió una carta a su madre y se la dio a él para que se la llevara.

—Recuerdo algo, eso fue cuando ella tenía catorce o quince años. Mi hermano nos contó que el tipo ese, todo altanero, no la dejó verla. Le costó caro esa osadía, de un par de patadas, un cabezazo y varios golpes más, el grandísimo Josadht que no cree en nada, lo puso blandito. De esta escena fue testigo nuestro poeta Gavino, que en paz descanse.

Yo sabía otra versión de la historia. No dije nada.

—¿Y qué fue de esa carta? ¿Llegó a manos de su madre?

—Sí. No sé qué decía ahí. Su madre la leyó y no le dio más importancia; en cambio, su hermano, que terminó quedándose con ella, se puso furioso. En esa época se encontraba de visita. Ya vivía en Piura, pero siempre llegaba a Esperanza de visita, a ver a su madre. Ni bien tuvo noticias de su hermana, a quien quería muchísimo, fue a buscarla. No la llevó con él a Piura, nos contó después, ella no quiso seguirle. La próxima vez que fue a buscarla ya no la encontró. Todos dijeron que huyó con marido. Su hermano, que logró encontrarla veinticinco años después, nunca creyó en eso.

—Ella huyó de su padre violador, no se fue con ningún marido —le dije, mientras encendía un habano de los muchos que traje de mi viaje a Cuba. El poeta no quiso fumar. No quería ni tomar una cerveza, como lo hacíamos antes. Se excusó diciendo que se sentía mal.

—Me imagino lo que habrá vivido con ese mal padre.

—Fue sistemático el acoso, desde niña. Al principio le pedía que se bañe desnuda en el río, delante de él. Le decía, a cada instante: “es normal lo que te pido”, “hazme caso”, “debo revisarte para ver si estás bien” y otras frases del mismo calibre. Ella se empezó a dar cuenta, vivía atrapada en un infierno impuesto por su propio padre. Todos los días la pobre, procuraba estar cerca de alguien, temblaba con la sola presencia de su progenitor.

Di una chupada a mi puro y expulsé abundante humo que fue a dar en las narices de mi amigo.

—Continúa, ¿qué más? —me alentó este.

—Al estar ella más desarrollada, varias veces escapó de ser violada. Te voy a contar dos sucesos que la protagonista me refirió entre lágrimas. El primero se dio en un maizal. Se encontraban cosechando las mazorcas de maíz verde que llevarían para la semana, cuando de pronto, “ahorita regreso”, le dijo el padre. A la cosecha solían ir los demás hijos también; pero este demonio se las ingenió para llevarla a ella sola. De pronto, se apareció por atrás, semidesnudo, en calzoncillos. Por la gracia de Dios logró huir de él ese día. El segundo suceso, ocurrió en el terrado de un tambo, en la chacra de este pervertido. Le ordenó a su hija que se quitara la ropa para que la revise. “Esto es normal, otros padres hacen lo mismo con sus hijas”, trató de convencerla. Ella lo empujó con todas sus fuerzas y huyó por el bosque. Gracias a un cazador regresó a salvo a casa, luego de arriesgarse al cruzar un río caudaloso.

—Realmente es una historia triste, amigo.

—Lo es.

—¿Y cómo escapó? —Me di cuenta que de entrevistador pasé a ser entrevistado. Me reí del descubrimiento—. ¿De qué te ríes? De mí, no creo. Las mujeres te traen loco, eso creo es —me bromeó el poeta.

—¿Cómo escapó? —reanudé la conversación—. Ocurrieron muchas cosas aún hasta que eso se dé. La intención del violador era otra vez llevarla a su chacra. Ya ella tenía quince años. Como no cedía a sus bajos instintos, la golpeaba por cualquier cosa, todos los días, todo el día. En vista de que ella decidió ignorar sus acosos, le empezó a enviar cartas, supuestamente de unas primas asegurándole que lo que su padre quería hacerle era normal. Esas cartas las hacía él mismo. Un día una de ellas cayó en mano de su madrasta. Esta, sabiendo lo que sucedía realmente, la golpeó de la manera más brutal, hasta casi dejarla inconsciente, por “puta”, “regalada” y otros adjetivos irreproducibles. El maldito, como si nada, siguió con sus planes siniestros.

Volví a fumar. El poeta pidió otro café.

—Continúa, continúa.

—No solo la madrasta fue mala con ella. Los hermanos también la trataban mal, con excepción de dos. Tú sabes que ellos son seis. Gracias a Dios, días antes de ir a la chacra tal como lo planificó su padre, llovió en dos ocasiones, eso la salvó. Con la complicidad de una vecina, quien fue la que le contactó con una señora venida de Lima, su salvadora, huyó de ese infierno. Tras un intento fallido, esta vez sí logró escapar.

—¿Y qué pasó después?

Me disponía a contarle más, me entró el gusto hacerlo.

De pronto, la aparición del poeta Ricardino, el autor de “Versos del desierto”, nos obligó a postergar nuestra conversación. En adelante me deleité escuchándolos leer poesía. Prácticamente, hicieron un recital para mí solo.

Sobre la sobrina del poeta, en las siguientes páginas trascribo al pie de la letra, con su debida autorización, las confesiones hechas al autor de este escrito.

Capítulo único

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Estuve atrapada hasta los quince años. Mi prisión fue vivir expuesta al acoso de mi padre, ¡mi propio padre! Recordar esos días aciagos me hace llorar. Perdóname si mi voz tiembla, ¡no sabes cuánto quisiera borrar de mi mente ese pasado tan malo!

El día que hui en la carroza de una camioneta junto a los nietos de mi salvadora, en cambio, me sentí libre. La libertad no tiene precio. Esa mañana, mientras íbamos al aeropuerto, por primera vez en mi vida recibí cariño sincero, paradójicamente, de personas que no conocía. En ese trayecto, respiré paz, me sentí agradecida, bien dicen que la esperanza es el pan del alma. Mi destino: la capital. Me llevaban, al igual que a otra chica, para cuidar niños. En mi caso, a un bebé que nacería pronto. Esto ya te conté, en parte.

Lima era una ciudad inmensa que jamás pensé conocer. Todo me parecía nuevo y lindo: lo que se estrena, siempre alegra; todavía en aquellos tiempos era una ciudad tranquila, diferente a la que es ahora. Bueno, según yo.

En la casa a donde llegamos, nos esperaban las mamás de los nietos de mi salvadora; la señora con quien yo iba a estar, la mamá de la nieta mayor, me dijo “tú vienes conmigo”. La bondad, quien la tiene da. Dios me dio a esta mujer a quien se le sale el corazón del pecho, la más buena de todas las hermanas: ellas son cuatro. La otra chica se fue con la hermana menor, que tenía una sola hijita y vivían en un departamento pequeño; también era buena, pero más lo era la que me tocó, hasta hoy, porque todavía tengo contacto con ella y sus hijos e hijas, que son como mis hermanos: los quiero y me quieren. No es la carne ni la sangre lo que nos une, es el corazón. Para mí, esta familia es el mejor regalo que me pudo dar la vida.

Fuimos a su casa. Ella ya tenía tres hijos de su segundo compromiso; su hija mayor era del primero, pero esta vivía con su abuelita, la que me llevó a Lima. Mi salvadora estaba embarazada. Iba a dar luz en esos días. Yo llegué un cuatro de marzo y su bebé nació el nueve.

Nunca me hicieron sentir menos, era una más de la familia. La señora me quería y me quiere mucho, está pendiente de mí, me llama y yo la llamo para los días de la madre, navidad, cumpleaños…, fechas inolvidables. Ella siempre espera mi llamada, y yo no olvido el bien recibido, la tengo en mi corazón; e igual de su parte, para mi cumpleaños u otra celebración, también me llama.

Sus hijas ahora todas están en el extranjero: la señora va y viene de allá, seguido. En Lima tiene edificios con departamentos en alquiler; vive ahí hasta ahora, con su único hijo y la esposa de este, por eso no se va del todo. No tiene nietos, solo están los tres en una casona de cuatro pisos.

Como te contaba, llegamos. La casa era toda alfombrada, desde el primer piso, empezando por las escaleras. Lo primero que me dijo fue “acá tú eres parte de mi familia, siéntete así, mis hijos y tú van a ser como hermanos”. Le agradecí. Me sentía querida y respetada.

El marido era como un extraño: venía de trabajar a las nueve de la noche y se iba a las ocho de la mañana.

La señora nunca me dejaba hacer sola las cosas; más bien ella las hacía y yo prácticamente solo la ayudaba.

Tenían un taller de zapatería del cual se encargaba el esposo; en el caso de la señora, ella se ocupada de un restaurante, que también era propiedad de ellos. Cada uno veía su propio negocio.

Pasó un buen tiempo, hasta que llegaron dos chicas más. Ahí me dijeron que yo trabajaría con su marido, en el taller de zapatería. Y así fue que empecé a trabajar en ese lugar: la señora me enseñó todo lo que debía hacer. Trabajaba duro; no sabe lo que es descanso, quien no sabe lo que es trabajo. Eso sí, la remuneración era buena.

En el taller conocí a varias personas, hombres y mujeres. Los hombres, lo notaba, me comían con los ojos. Yo siempre me mantenía seria, no me gustaba conversar con nadie, desde un principio les hice notar que no había ni la más remota posibilidad de que les hiciera caso; pero tú sabes: lo prohibido despierta pasiones. Uno de ellos, me acuerdo, era no sé de qué lugar del Ande; era un chico de unos veinte años. A mí no me dijo nada, pero la señora en la casa me dice, ya cuando estábamos descansando, “el fulano…”, claro, me dijo su nombre ¿no?, “me ha pedido permiso para salir contigo”. “¿Quéeee?”, le dije. “¡Sí!”, me enfatizó. A mí me daba miedo, “¡no!, no quiero; además no lo conozco”. Ella insistió: “es un buen chico, respetuoso, muy buena gente”. “No, yo no quiero”, le dije. “Bueno, si no quieres, no lo hagas”. Ella seguro le transmitió mi negativa, porque el chico no molestó por un buen tiempo.

Sin embargo, no dio su brazo a torcer. La señora me llama un día, “sale pues hija, solo te va a llevar a conocer Lima”, me dice. “Está que me ruega que te convenza”. Tanta fue la insistencia que acepté. El chico vino a sacarme de la casa, todo un caballero; pero no me gustaba para nada, ni una pizca. Él estaba bien ilusionado, se le notaba.

Me llevó al centro de Lima, a la plaza San Martín, al cine…; de ahí me llevó a un restaurante, a comer. Era bien caballero, solo que, yo pensaba únicamente en estudiar. Me dijo que quería una foto conmigo, con ese pretexto me quiso agarrar de la mano. “¡Noo! ¡So’igualante!”, le detuve. Se sintió avergonzado, me pidió disculpas, no sabía cómo arreglar su atrevimiento. “Por favor, llévame a casa”, le pedí. Me hizo regresar como a las ocho de la noche. Era domingo; esa fue la primera vez que salí con ese chico, la primera y última. Le puse su cruz. Él quiso salir otras veces, me enteré. Que estaba enamorado de mí y no sé qué más, me contaba la señora, que era a quien le pedía permiso, porque a mí no me decía ni jota. Años después lo vi de actor en la televisión, en varias telenovelas. Incluso hoy está vigente: es un reconocido cómico.

¿La rueda de la fortuna me hubiera favorecido de haberle dado cabida? Yo no quería saber nada de hombres. No me interesó, así de simple. Igual ocurría en el barrio con los chicos de mi edad que me molestaban: nunca les hacía caso.

Los domingos eran mis salidas; salía con la señora, sus hijas y su esposo; con este último, porque nos llevaba en su carro. Tenían una casa en otro distrito, ahí era más tranquilo, no había mucho movimiento. En las vacaciones de verano íbamos allá.

Yo ya había entrado a estudiar en un colegio grande, por las noches. Quien quiere saber, estudia, definitivamente. Trabajaba hasta las cinco y me iba al colegio a partir de las seis. Quedaba cerca.

Entré a tercer año de secundaria. Te preguntarás cómo lo hice si no tenía papeles. Pues, los vientos de la vida estuvieron a mi favor: en ese colegio, el hermano mayor de la señora era profesor. Una persona muy buena, él me matriculó no sé de qué forma.

Empecé a estudiar incluso antes de que me enviaran mi partida de nacimiento. La negrita, una de las cómplices de mi huida, no sé cómo lo hizo, se fue a mi colegio y me consiguió todos mis certificados hasta el año que estudié, así regularicé mis papeles.

Terminaba de estudiar a las diez de la noche, luego me iba a guardar las cosas en el restaurante. Me esperaban con mi cena, comía y cerrábamos. Cada cosa en su tiempo.

Todo andaba bien en mi colegio. En mi salón éramos cincuenta alumnos, y estábamos en la letra “E”. Y lo mismo era en los otros grados, había bastante alumnado.

Conocí en mi sección a una chica, unos tres años mayor que yo, de Las Palmas. Nos hicimos bien, bien amigas. Como si fuéramos hermanas, de un lado a otro andábamos agarradas de las manos.

Nos juntamos un grupito de seis amigos; recién ahí empezamos a salir los fines de semana. Éramos bien unidos; salvo mi amiga y yo, el resto eran varones.

Cuando los chicos tuvieron sus enamoradas, se fueron separando de nosotros. Quedaron dos con quienes salíamos; íbamos al cine y a comer en algún restaurante, casi siempre era así. Las veces en que uno no podía ir, íbamos tres: yo, mi amiga y uno de ellos. No imaginé que estos compañeros, no lo pensé ni remotamente, se interesarían en mí. Yo los tenía como amigos, no los veía de otra forma; mejor dicho, no me interesaban. Uno de ellos se me declaró primero. No me gustó, se rompió la magia: en adelante ya no lo quería ni como amigo. Si me buscaba, no lo quería ver. El otro aprovechó para invitarme a mí sola, y empezamos a salir solo los dos; mi amiga también ya tenía su enamorado, por eso no salíamos juntas con este compañero, ahora padre de mi hija.

Habré salido unos dos años seguidos con él. Una tarde se me declaró y me hice su enamorada. Le acepté porque era un chico muy trabajador e inteligente. Él era bueno en matemáticas; yo en letras. En resumen: era un caballero en todo el sentido de la palabra. Me trataba bien, era respetuoso, amable: eso me gustaba.

Salí con él desde el cuarto de secundaria, hasta que me dijo que quería casarse conmigo; eso ya fue en los noventa. Fue a pedir mi mano a la señora… “De aquí mi hija sale casada”, le dijo ella.

Estuvimos más de cuatro años de enamorados. Siempre me respetaba: lo único que hacíamos en nuestras salidas era ir al cine a ver películas de estreno, ¡jamás se aprovechaba de mí!; de ahí salíamos a comer, me llevaba a los mejores restaurantes, en Miraflores, San Isidro…

Trabajaba como mensajero en una empresa chilena, donde le ascendieron a auxiliar de contabilidad. ¡Sabía bastante!, desde el colegio le gustaba los números, te dije.

Jamás me insinuaba, ni siquiera era un hombre atrevido. En mis cumpleaños, o el día de los enamorados, me regalaba anillos, cadenas o esclavas de oro de dieciocho quilates. Nunca me daba flores o alguna tarjeta, o cosas así: siempre eran cosas caras.

Seguimos juntos. Tras terminar la secundaria, él postuló a la universidad para contador y yo a un instituto porque no podía pagar más. Seguí trabajando en el taller de zapatería, a veces también en el restaurante, no huía del trabajo, quien honradamente quiere ganar, suda la gota gorda.

Al restaurante, que era criollo, iban artistas bien conocidos; no me acuerdo ahorita ya sus nombres. Como era yo quien los atendía, un señor que se iba todos los días, me miraba y me miraba. Era un tipo de unos cuarenta y tantos años; yo tenía veintidós. No me decía nada, solo me miraba.

Ya en la casa la señora me dice “hay un señor que se va al restaurante todos los días”. “¿Sí?”, me sorprendo. “Le ha dicho a mi esposo que quiere conocerte”. “Pero si ya es viejo”. “Sí, le ha dicho que le gustas mucho y que con ese cuerpo que tienes dice que te podría hacer una gran mujer”. Me asusté con esas palabras, ya ni quería atenderlo. Ella me dijo “no vayas si no quieres”. No me iba. Después me entero que ese señor era el manager de las vedettes. ¡Me quería hacer una de ellas!

A las reuniones o cumpleaños de algún amigo de la hija mayor de la señora, nos íbamos juntas, ella me llevaba. En esas andanzas aprendí a bailar. En el distrito donde vivía la gente era cien por ciento salsera: bailaban bastante salsa y merengue. A mí me encanta la salsa, la bailo muy bien.

Por el trabajo, me ocupaba en ir a dejar la mercadería al mercado central y otros lugares. También me encargaba de cobrar y de llevar el dinero. El dueño, o sea el esposo de la señora, me hacía encargos de todo tipo, a veces no revisaba el dinero que le entregaba, me decía “confío en ti”, eso me parecía raro, porque en la confianza está el peligro. Un día que me puse a rendirle cuentas, él estaba mareado; yo normal le estoy entregando todas las ganancias del día, cuando en eso me agarra de la mano, me jala hacia él e intenta besarme. Yo le empujé con todas mis fuerzas y le di una cachetada. Creo que le pasó toda la borrachera con el golpe.

“Te equivocaste conmigo, respetos guardan respetos”, me indigné, alerta a una nueva acometida.

Reaccionó botándome. “Me voy, ¡claro que sí! A la señora la quiero mucho, por eso no le diré de sus bajos instintos”, le dije. Ahí mismo me fui a sacar todas mis cosas.

“¿Por qué te vas?”, me detuvo la señora, una hora después. Le dije, hecha un mar de lágrimas, que su marido me había botado y que no quería estar más en su casa. No le di más detalles. “No te preocupes, hija, sé que no eres culpable de lo que sea que haya pasado; pero no irás a cualquier lado, eso sí que no”, me consoló. Sin más preguntas, me llevó a la casa de su mamá, quien vivía con su nieta, o sea con su hija mayor.

En mi nuevo hogar estuve unos días. Luego, gracias a la sugerencia de una amiga, me mudé a trabajar en una tienda grande de abarrotes, un mini mercado. Éramos tres chicas ahí. Yo necesitaba trabajar para pagar mis estudios del instituto; esa dificultad no me iba a detener, debía salir a flote, no me quedaba otra. Las señoras no querían que me vaya, pero debía hacerlo.

Me fue bien en ese nuevo lugar, me refiero en el plano laboral, al trato con las chicas, a mi desenvolvimiento en las ventas; en otros aspectos, resultó un fiasco. Ya te cuento.

El marido de la dueña era un viejo que trabajaba en un banco. Desde que me vio, se le salieron los ojos. Era un sinvergüenza de tomo y lomo. No me dejaba en paz, ni bien me veía me dedicaba unos piropos malcriados, de mal gusto.

Quise irme. La señora me preguntó ¿por qué? Le dije que su esposo no guardaba las distancias, a lo que ella me dijo que él era así, que no le hiciera caso, que no me vaya. El colmo ya fue cuando quiso manosearme. Le puse en su lugar de un solo cachetadón, ¡ay!, hasta a mí me dolió. Y su mujer que se reía, “ya ves, por mañoso”. El señor, rojo de cólera, me recordó a toda mi familia. Y yo, ya le iba a dar otro, estuve a punto, solo que el cobarde se puso a llorar como una niña. Lo dejé ahí. Ya no me sentía cómoda en ese lugar. Justo en esos días, como agua en invierno, la otra señora con su esposo, fueron a pedirme que regresara con ellos. Sus hijos me extrañaban, preguntaban por mí, me dijeron. Su marido me pidió disculpas. No sabía lo que hacía, se sentía avergonzado, cosas así me dijo.

Sin pensarlo dos veces, regresé de nuevo con ellos, cayeron del cielo.

De mi papá, hermanos y madrastra, no había vuelto a saber. A veces se me revolvía el estómago si me ponía a pensar en ellos. ¿Mi padre acosaba a mis hermanas igual que lo hizo conmigo? ¿Mi hermano continuaba siendo un chismoso? ¿Mi madrastra se hacía de la vista gorda ante los abusos de mi padre? Eran preguntas sin respuestas que herían mi alma. Pese a todo, extrañaba a mis hermanos, sobre todo a los más pequeños.

Pasó el tiempo y me casé por civil en la casa de la señora: me hicieron una fiestita toda la familia de ellos y la de mi esposo.

El matrimonio es como la muerte; pocos llegan a él preparados.

Nos casamos y él me llevó a vivir a la casa de su tía, en otro distrito. Ahí el asunto cambió, todo era distinto: otra gente, otro ambiente. No me acostumbraba, nada era como imaginé. Adaptarse al cambio cuesta muchísimo.

Empezaron los problemas. Yo no quería tener relaciones; lo peor era que no sabía si era virgen, porque, como tú sabes, mi padre me drogó una vez… Lo cierto es que no me gustó para nada mi primera vez. De haberme tratado con amor, si tan solo se hubiera detenido a preguntarme sobre mis temores y mi pasado, me rendía ante él como se debe, te lo aseguro. Yo lo quería mucho. Mas no fue así, fue tosco con sus palabras y lo demás, sí me entiendes. Nunca pensé que sería de esa forma, fea; después ya no quería ni que me tocara. Él me dijo “no imaginé que eras así de fría; como eras charapa pensé que serías ardiente, caliente y fogosa. Qué equivocado estaba contigo”. Sentí que ese amor, admiración o ilusión que sentía por él, se extinguió de inmediato tras escuchar sus palabras.

Dicen que los primeros amores son los mejores. En mi caso no fue así. Bueno, éramos jóvenes ambos, inexpertos. Hoy sé que la vida funciona con estímulos. Todo se puede con paciencia y comprensión; sin embargo, en aquel tiempo no fue así: él, torpe; yo, susceptible. No llegamos a ningún lado. Fue un desastre total.

Y así, de ambas partes, nos evitábamos. Íbamos a trabajar temprano, cada quien por su lado. Por las noches yo seguía yendo al instituto.

Pasaron como dos meses desde que nos casamos. Mi amiga del colegio que era de Las Palmas, a quien seguía viendo con regularidad, un día domingo va a visitarme y me dice “me voy a mi tierra, ¡vamos!”; él, que escucha la invitación, “si quieres vete, así nos damos un tiempo”, me sugiere, yo pensé de buena gente, no imaginaba que quería deshacerse de mí para hacer de las suyas.

Acepté ir de todos modos. Me fui con mi amiga, llegamos a su casa. Él me dio todo lo que necesitaba y me depositó dinero al banco para gastar allá.

El deseo de ir a la casa de mi padre era grande, sobre todo en plan de reencontrarme con mis hermanos. Un día le dije a mi amiga “vamos a Nuevo Edén, me mata la curiosidad”, y nos fuimos. Recuerda que Nuevo Edén, el lugar donde vivía mi padre, mi madrastra y mis hermanos, es una provincia cercana a Las Palmas. Solo hay aeropuerto en Las Palmas, razón por la cual los nuevoedeninos, para justificar esa carencia, suelen decir: “El aeropuerto de Nuevo Edén se ha construido en un pueblo llamado Las Palmas, para evitar el ruido y el tráfico en la ciudad”. En lo de ruido y tráfico, al menos tienen razón: Nuevo Edén es una ciudad apacible.

Tras diez años de ausencia, en esa ciudad la harina seguía en el mismo saco, nada había cambiado.

Fuimos a mi antiguo barrio, como quien no quiere la cosa, a sentarnos en una plazuela, a la espera de encontrar algo. A nadie reconocía; pero a una cuadra de nosotras un grupo de muchachos de más o menos veinte, veintidós años, no paraba de molestarnos. Nos decían “amigas, ¿no quieren que las acompañemos?”, “amigas qué guapas están”, y muchas otras cosas. De repente pasa una chiquita de más o menos trece o doce años. La miro bien, algo me llamaba la atención en ella. Le digo a mi amiga “creo que es una de mis hermanitas”, “a ver hay que hablarle”, me dice ella y la llama, “amiguita, ¿tú no eres hija de tal señor?”, la interroga. La chiquita se para frente a nosotras y nos hace conversación, nos dice que es hija de fulano, o sea menciona el nombre de mi padre. Dimos en el clavo.

Hasta ese momento yo no decía nada. En tanto, los muchachos de esa cuadra no paraban de fastidiarle a mi hermanita, a toda voz le decían, “oye…, preséntanos a tus amigas”; ella solo reía. “¿Quiénes son ellos?”, le pregunté. “Son mis hermanos”, dijo.

Con mi amiga nos miramos: casi me caigo de la banca.

“¿Quieres saber quién soy yo?”, le digo a la chiquita. “¿Quién eres?”. “Soy tu hermana tal”. “¿Quéeee? ¿Sí?”. Nos abrazamos; mis hermanos, al ver eso, se pusieron a fregar más. “Ya pues, no seas mala, preséntanos a tus amigassss…”. Ella los llamó.

En una, dos de mis hermanos y dos amigos de ellos, llegaron a nuestro lado. “Mucho gusto, señoritas”, se presentaron. Yo me río y mi hermanita les dice, ella es tal, nuestra hermana. Mis hermanos me abrazaron, me dijeron “hermanitaaa…”. Mis hermanos ya no eran esos chiquitos que dejé en el pasado. El tiempo nos cambia.

Estos encuentros, naturalmente, suscitaron rostros de sorpresa e incluso lágrimas de emoción, lo que se estila en casos así.

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