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Lectura de muestra

Mujer de negro

Julio Pareja Velásquez

Índice del libro
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En un mundo de injusticias, matar o morir es la ley; sentir piedad es un atropello a la felicidad.

1 | VIOLENCIA… ¡MALDITA VIOLENCIA!

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Hacía exactamente tres años de aquel nefasto crimen; las autoridades no le dieron mayor importancia, como si se hubiese tratado de un perro sin dueño. Habían archivado el caso, supuestamente por falta de pruebas. Como si fuera una burla a la justicia, muy orondos, indicaban la no existencia de pruebas, pero el cadáver de la niña, con signos de haber sido asfixiada por manos asesinas, ¿acaso no era una prueba del execrable crimen? Los jueces que vieron el caso no lo entendieron así y, a pesar de los reclamos de la familia, todo quedó en nada y pasó al túnel del olvido.

Los rumizapinos y cacatachinos (naturales de Rumizapa y Cacatachi), cada 13 de mayo, recordaban, con una masiva romería en el lugar del fatídico acontecimiento, llevando flores blancas y encendiendo velas a las seis de la tarde, momento en que el sacerdote de la iglesia del catolicismo moralino oficiaba una especie de Santa Misa, siendo la Homilía un llamado al respeto y dignidad de las niñas y adolescentes del mundo entero. Oración bien intencionada, pero caía en saco roto por aquellos desalmados que se burlaban de los derechos de las demás personas.

Una de las hipótesis más consistentes era aquella que daba cuenta que el asesino había planificado su crimen con mucha anterioridad y solo esperaba el momento oportuno para soltar las bridas de su malsana conciencia, a fin de cometer sus atrocidades. Aquella tarde, como todas las anteriores, la niña “Atenea”, luego de asistir a sus clases en la escuela pública de Cacatachi, entre claros y oscuros, regresaba con su hermana, dos años menor que ella, a la casa de sus abuelos con quienes vivían desde que sus padres, sin querer, emprendieron el viaje al infinito.

Casi a medio camino, antes de pasar la quebrada seca, así llamaban a este pequeño espejo de agua, alimentada mayormente por las lluvias invernales, las dos inseparables florecillas fueron interceptadas por más de un monstruo, quienes, al verlas, ampliaron sus malévolos deseos y salieron presurosos de la espesura del monte, en el cual horas antes se camuflaron, dispuestos a cometer su terrible fechoría.

El cuerpo de la hermana mayor, a pesar de sus trece años, se había desarrollado de modo precipitado, tomando la apariencia de una joven de diecisiete o diecinueve resplandecientes soles, lo cual habría influido para que los malhechores se preocuparan más por ella, permitiendo que la escuálida hermana menor huyera despavorida de las garras de los asesinos. Además, esa terrorífica situación habría sido la causa para que perdiera el habla.

Los depravados, para satisfacer a plenitud sus bajas pasiones, arrastraron a su ocasional víctima hacia la quebrada, colindante con el tomatal de don Abelino Centurión. Luego le habrían tapado la boca para evitar que gritase pidiendo auxilio. En seguida la habrían despojado de su vestimenta y, ya totalmente desnuda, procedieron a violarla sin compasión, una y otra vez. Las bestias, soltando sus dotes de sadismo, se ensañaron e hicieron con la niña cuanto quisieron. Uno o los siete desfloraron su sexualidad, desgarrando no solo su virginal vagina, sino también abusaron de ella incluso contra natura.

Seguramente más que el dolor y la ardencia de sus partes íntimas, al haber sido deshonrada de manera tan brutal, con saña y alevosía premeditada, era el dolor de sentir su dignidad hecha astillas y de saberse mancillada de forma horrenda, lo que habría ahogado su alma y sus ganas de vivir.

Según las evidencias observadas al otro día del crimen, habría perdido mucha sangre. Su cuerpo se pintó de un blanco humo mortecino, quedó por entero vacío y sin más defensas para vivir; había perdido el sentido para siempre. Quedó con la mirada triste, borrosa. Con la boca entreabierta, como clamando auxilio. Con las manos moreteadas, como el resto de su cuerpo, por los jalones y forcejeos. Triste final para un capullo de rosa blanca en flor.

Es cuestionable, pero las voces del pueblo dicen que tal vez, antes de quedar por completo desvanecida, habría reconocido a uno o todos los causantes de su desgracia. Por ello los facinerosos terminaron por asfixiarla, antes de darse a la fuga. Los moretones de su cuello y las roturas de sus labios así lo atestiguan.

—Pero me las pagarán, ¡malditos! Dios les conservará con vida hasta la hora que paguen su criminal factura.

Desde lo más íntimo de su existencia había expresado en silencio la niña que presenció, segundo a segundo, tan brutal, fatídico acontecimiento. Hecho que le marcó el alma para siempre, que se impregnó en su memoria visual y auditiva con tanta urgencia. A partir de ahí, se fueron opacando los colores de la luz y los sonidos más sublimes que en el bosque desplegaban las criaturas cantoras.

2 | MALAYA MI SUERTE, ¡MALAYA!

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Mis atribulados abuelitos, al esperar horas y horas nuestra llegada, salieron a preguntar a los vecinos cuyas viviendas estaban de trecho en trecho a lo largo del camino, y no encontraron respuesta alguna. Pasaron por el lugar del crimen sin darse cuenta. Llegaron a la chocita de don Gabriel Alegría a preguntar y esto es lo que contestó:

—Pero las niñas, a eso de las seis y media más o menos, pasaron saludándonos a mí y a mi vieja, ¿no, Justina? —preguntó don Gabriel.

—Sí, así fue… Luego de darnos las buenas tardes, como siempre tomadas de la mano, continuaron su camino —contestó la doña.

Como si el cielo cayera sobre los ancianos, se desplomaron en el suelo, como dos troncos de pandishos, cansados de soportar desgracia tras desgracia, a llorar su desconsuelo. Sus nietas éramos como verdaderas hijas para ellos, nos habían criado desde muy pequeñitas, de uno y tres años de vida respectivamente. Después de que nuestros padres perdieran la vida en un terrible accidente de tránsito en la carretera marginal, cuando esperaban una camioneta para llevar unos cuantos racimos de plátanos al mercado de Tarapoto. Accidente que quedó en la impunidad y el olvido, pues, cuando se es pobre y, peor, no letrado, todas las injusticias caen sin misericordia sobre uno. El dinero lo compra todo.

A la mañana del día siguiente, la mala noticia se regó como el agua de lluvia bajando presurosa de la cima de los cerros.

—Hay un muerto en la quebrada, hay un muerto en la quebrada. Vengan, vengan —llamaba con insistencia el Andrés… Un personaje popular cacatachino, un poquito tocado de la cabeza, y no creíble por sus continuas bromas.

—Anda, mentiroso —le contestó don Arcadio, el curandero del pueblo, quien pasaba por ahí en ese momento.

El Andrés, agitando sus brazos, insistía en su dicho, señalando el lugar de la quebrada donde estaba el cadáver.

—Hay un muerto en la quebrada, hay un muerto en la quebrada seca. Vengan, vengan a ver, parece una mujer.

Con tantos gritos no faltó quien le hiciera caso, y fue la tuerta Lucinda, otro personaje singular, una anciana mujer peregrina que andaba de velorio en velorio y en las fiestas religiosas, en las comunidades vecinas de Cacatachi, saciando su sed y hambre. Ella, de jovencita, había perdido el ojo izquierdo, por acción de un brujo malero, piurano.

—A ver —dijo la Lucinda. Y fue casi corriendo al lugar que señalaba el Andrés—. ¡Santo Dios!... —se contagió del pregón, haciéndolo más evidente—. Hay un muerto en la quebrada, hay un muerto en la quebrada seca… Vengan, vengan a ver. Parece una niña.

Al escuchar la mala noticia, que corría con más rapidez que el viento, la gente, cayéndose y levantándose, se acercó al lugar de donde provenían los tremendos gritos lastimeros. Pronto ambos lados del seco espejo de agua se vieron rodeados de un enjambre de personas inquietas, interesadas en descubrir quién era la persona muerta.

—¡No! —exclamó el maestro Alberto. Y llevando ambas manos a su cara rompió en llanto—. Es mi Atenea, alumna del sexto año, es mi alumna —repicaban entre llanto sus palabras—. ¡No!... no puede ser, si ayer nomas le despedí al terminar la clase. ¡Malditos asesinos!…

—¡”Alausita”!… Tanto, ya pues… ¿Qué daño les ha hecho, esta pobre criatura?... Era la niña más noble de estos lares —decía don Manongo, el carnicero.

Todos los que llegaron a la quebrada seca, testigos del acto criminal, al ver desparramado el cuerpecito de la niña inerte, mirando al cielo, cubierto en partes por el vestido hecho girones; todos, en un acto solidario, dejaban salir expresiones de dolor, al mismo tiempo de repudio y condena hacia los malhechores.

—¡Qué barbaridad!... Haberle quitado la vida a una criatura que tenía mucho por vivir —decía doña Claudia, la matrona del lugar, quien le había hecho nacer a la niña, la cual hoy yacía sin vida.

—Él o los malditos asesinos merecen estar en el infierno —expresó don Pascual, peón arrocero.

—¡”Sí, hom”!… Son un peligro. Cómo vamos a convivir con asesinos —agregó don Martín Sifuentes, el teniente gobernador de Cacatachi.

—¿Con la justicia que tenemos?… Seguramente quedarán libres. —replicó doña Celina, la vendedora de cocos y papayas.

—Para eso están los ronderos, ellos son más efectivos —dijo don Clemente Pérez, Agente municipal de Rumizapa.

—Si llegamos a saber quién o quiénes han sido, juro que les daremos su merecido —afirmó don Gabriel Chichipe, presidente de la asociación de ronderos de Rumizapa.

—Tienen que averiguarlo, y rápido, nuestras niñas están en peligro. Inclúyanme en la ronda —manifestó don Shanty, el guardián de la escuela donde estudiaba la occisa.

Todos hablaban y hablaban, y nadie se acordaba de los abuelitos: don Ishaco y doña Lucila, quienes, cansados de buscar toda la noche, se habían quedado dormidos, sin pensar que tendrían un escalofriante despertar.

—Que sea don Abraham, el rezador, el que les “dea” la triste noticia —opinó el juez de paz.

—¡Sí!... que sea él, con doña Claudia —respaldaron todos los presentes.

—Pucha… penosa misión, pero ahí vamos —contestó el rezador, y agregó—: En camino, señora Claudia.

Anduvieron con rapidez y lo que debían hacer en veinticinco minutos, lo hicieron en quince. La misión apremiaba y tenían que ganar tiempo. La puerta estaba cerrada, por lo que doña Claudia, tomó del suelo una pequeña piedra y comenzó a golpear. A la tercera llamada, se abrió la puerta y aparecieron los dos ancianos, con caras de haber pasado mala noche. Los comisionados, pálidos como la flor de algodón, se miraron los rostros, como diciendo quién les daría la mala noticia. Fue la matrona la que rompió el silencio:

—Quisiera darles los buenos días, pero…

—Es un momento difícil —complementó el rezador—. Estamos muy apenados por lo sucedido con sus nietitas.

—¿Qué saben de ellas?... ¿Dónde están?... ¿Por qué no vienen?...

Fueron algunas preguntas de papá Ishaco; de momento no arrancaron respuesta alguna. Ante el silencio que, a pesar de su brevedad, parecía eterno, arremetió la mamita, primero con una mirada, mezcla de nerviosismo y melancolía, y luego con la palabra.

—Hablen pues… ¿A qué han venido? ¿Solo a mirar nuestras caras arrugadas? ¡Hablen! ¿Qué saben de nuestras hijas?

—No es tan fácil, doñita, Lo qué tenemos que decirles es muy grave —les contestó el rezador, empuñando en sus manos el rosario de nácar que le regaló un monseñor en Moyobamba.

—Mejor aún… Si la cosa es grave, hablen de una vez —insistió el patriarca de la familia.

—Ustedes saben que hemos nacido para ser felices. Dios, nuestro padre celestial lo quiere así. Pero…

—Pero ¿qué?

—Pero a veces esa felicidad se ve trunca, afectada por malas energías.

—Hable más claro, señor, que no somos letrados.

—Decía que la felicidad en algún momento se convierte en fatalidad, que nos llena de tristeza y desesperanza… Ayer les tocó a otras familias, hoy les tocó a ustedes.

—Una de sus nietitas, que ayer no regresaron a su casa.

—¿Qué le pasó? ¡Hablen por favor! —casi sollozando, les imploró la mamita Lucila.

—Bueno… la mayorcita amaneció muerta y la otrita…

Sin decir nada, los dos ancianos se abrazaron fuerte y empezaron a llorar con desesperación.

—¡No!... no puede ser —expresaron ambos y continuaron llorando amargamente.

Los comisionados, por tan infausta noticia, contagiándose del llanto desolador, abrazaron a los ancianos a modo de consuelo. Pasado el álgido momento, los abuelos dijeron:

—Si no pueden traerlas, llévennos a dónde están.

—Sí, vamos.

Dejando la puerta abierta y sin refrescar su angustiada cara, maltratada por el desvelo y la peor noticia, emprendieron la caminata tristes, sollozando internamente, con sus entrañas hechas polvo, sin dejar de suspirar profundo. Avanzaron lo más rápido que pudieron. No importaron los tropezones ni rasguños, la meta era llegar lo más antes posible al lugar del siniestro.

Arribaron, y el alboroto de las voces que iban y venían se transformó en un inmutable y abismal silencio. Abriéndose paso entre las personas que habían acudido al funesto lugar, dieron con el cuerpecito inerte de su amada hija. Se arrodillaron con torpeza y, en un abrazo gigante, reiniciaron su potente llanto

—¡Ateneaaa!… ¡Ateneaaa!… Despierta, niña mía… me parte el alma verte así, angelito mío… —le lloraba mi mamita Encarnación, o Encarna, como le llamábamos con cariño.

—¡Ateneaaa!... —fueron los gritos desgarradores de mi papito—. Despierta, vamos al tambo… no me dejes, mi Atenea. ¡Atenea!... ¡Ateneaaa!... ¡Mírame, hijita hermosa!... Aquí estoy con tu mamita. Despierta, hija hermosa, no nos hagas esta fea broma.

Los ojos de todos los presentes se llenaron de lágrimas ante el llanto desgarrador de los ancianos. No hubo una sola persona que no sollozara por la muerte de la niña.

—Atenea… Míranos, hija mía… Aquí estamos tu familia, tus viejitos que te aman más que a su propia vida. No nos dejes, sin ti existir ya no tiene sentido. Si te vas, llévanos contigo, princesita hermosa —exclamaba mi papito abuelo.

Como salida de la nada, como un rayo, ¡ran!, aparecí en la escena del crimen. Abracé a mis abuelitos. No pude pronunciar una palabra. Hice el esfuerzo necesario y nada, ni un solo murmullo. Por alguna razón estaba tiritando, temblaba de pies a cabeza, sostenerme en pie fue un tormento. Mi mente en mil revoluciones, pero en nada. Lloré en silencio junto con ellos, mis lágrimas eran brasas de candela que quemaban el rostro compungido que llevaba. A mi hermana no le gustaba verme llorar, pero esta vez no pude contenerme y lloré… lloré lágrimas amargas, mezcla de tristeza y rabia. Lágrimas que aún suelen rodar horadando mi piel y mi alma.

Quisimos llevar el cuerpo inerte y frío de nuestra Atenea, y no nos lo permitieron. Un custodio del orden nos dijo que tenía que venir el juez para ordenar el levantamiento del cadáver. Quizás el juez tenía otras cosas que hacer porque vino al otro día. Después de todo, una niña muerta, de una familia con su pobreza a cuestas, qué le podía interesar. Un juez encorbatado —como la gran mayoría de ellos—, sumiso al reinado del dinero, seguramente tenía otros asuntos más importantes que atender.

Esa noche me pareció la más fría y eterna de todas las que había pasado. Algunas personas caritativas improvisaron una capilla ardiente con las velas que también nos regalaron. Alguien, no sé quién, nos llevó chompas para abrigarnos, la noche estaba densa, y amenazaba con llover, por lo que tuvieron que sacar de la quebrada el cuerpo de mi ñaña Atenea y ponerlo en el camino, ante la gruesa mirada del policía, encargado de cuidar el cadáver; luego la cubrieron con una sábana blanca para evitar que algún bicho se aprovechase del cuerpo inerte.

Aclaró el día siguiente. Al comenzar al calentar el sol, una bandada de aves negras, se acercaba de modo peligroso sobre nuestras cabezas, el olor a sangre seca y carne humana en descomposición atraía su olfato, apto para los organismos en proceso de putrefacción. El indolente fiscal, medalla al cuello, llegó cuando el sol dejaba caer su ardiente ojo rojo sobre nuestras cabezas. Todo apurado y torciendo la nariz, ordenó la diligencia; tomaron fotos, medidas, hicieron apuntes y levantaron el acta. Murió por asfixia y pérdida de sangre, por algunos indicios se presume que, posiblemente, haya sido vejada, lo cual se determinará en la autopsia de ley. Fue lo que dijo, presuroso, el doctor; tan esquivo como llegó, salió del lúgubre escenario.

Otro atraso más que no permitía darle cristiana sepultura a quien con toda seguridad no deseaba morir. Mis viejitos y yo no nos despegamos del cuerpo yacente de mi hermanita Atenea. Hacíamos una guardia rigurosa, y junto a nosotros —creo yo— la gente, que de una u otra forma nos tenía cierta estima.

En una camioneta blanca, junto a la de policía, llegaron unos hombres cubiertos con un guardapolvo blanco y además con tapabocas y guantes. Haciendo algunos gestos de desagrado, sin la menor delicadeza, metieron en una bolsa negra de polietileno el cuerpito inerte de mi Atenea y se la llevaron, dijeron, a la morgue de Morales; allí, luego de la autopsia, nos entregarían el cadáver.

En la Municipalidad de Rumizapa, por orden del señor alcalde, habían improvisado una especie de capilla mortuoria, adornada con flores blancas. La velamos durante toda la noche entre rezos, cánticos religiosos y lágrimas de dolor. A partir de las quince horas del día siguiente, con la gente que estaba ahí, ya por curiosidad o coraje, en una romería multitudinaria, partimos al cementerio para dejar a la occisa en su última morada. Durante el trayecto la gente hacía mil comentarios, desde los más prudentes a los más disparatados —como era la costumbre en estos casos—. Antes de enterrar el cuerpo, algunas personas hicieron uso de la palabra para decir no sé qué mentira; solo escuché el final, cuando el presidente de los ronderos condenó el hecho y ofreció capturar lo más pronto posible a los culpables.

Mil cosas, mil recuerdos agitaron mi mente al escuchar cada palada de tierra que iba cubriendo el féretro de color blanco, que cobijaba los restos físicos de mi ñañita. De pronto, sentí que su alma fuertemente se pegó a la mía, fundiéndose en una sola; entonces, con todas mis fuerzas decidí que ahí permanecería, como el sol a la tierra para toda mi vida. Siempre será la luz de mis ojos, el pulso de mi corazón, el verbo de mis pensamientos, el accionar de mis manos. Nada que yo haga o piense estará fuera de ella.

Casi al atardecer, la mayoría de los acompañantes, algo compungidos por la crueldad del crimen y nuestro dolor, se despidieron dándonos su bendición. Quedamos solos sin saber qué hacer, si continuar mirando la tumba, cada vez más fría y solitaria, o volver a casa con nuestro vacío a cuestas. Enjugamos las pocas lágrimas que nos quedaban, abracé fuertemente a mis atribulados padres —mis abuelitos— sin decirles nada, porque no podía, tratando de comprender su inmensa pena. Hacia intentos por hablar, pero el habla se me había ido a no sé dónde. Entonces, con gestos de mi cara y mis ojos, con ademanes de mis manos y mi cuerpo, les dije que debíamos de volver. Desde entonces, si ya no tenía el privilegio de hablar, los gestos y ademanes me servirán para comunicarme, con ellos.

Los días fueron pasando, grises, cual borrasca lacerante que enmudecía nuestra alma. Las avecillas, conocedoras de la gran congoja que, de a pocos, nos mataba, se compadecían de nuestra abismal pena, y entonaban las más bellas y alegres melodías para reanimarnos y enfrentar la vida, aunque ya nada sería como antes.

3 | DICEN QUE FUE UN MILAGRO

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Al margen de tener que soportar el intenso dolor de haber perdido a su nietita mayor, mis viejitos tuvieron que cargar con la brutal pesadilla en que me había convertido a mi corta vida. Tenían que soportar mi angustia, que significaba no poder articular un sí y un no. Angustia que estaba trastocando mi cabeza, llenándola de pensamientos sangrientos, desquiciados, imposibles de borrar; tan solo, quizá, cumpliendo lo que estaba pensando para aplacar el sufrimiento del alma de mi pobre hermanita.

Puede que el silencio sea adrede, para no descifrar de forma oral los pormenores de las macabras escenas que acabaron con mi ñaña, o sea realmente un terrible trauma, que en el momento más crítico se reventaron mis neuronas, afectando la consciencia y trabando las conexiones cerebrales para hablar, era el decir de los entendidos. Por lo menos, ese fue el dictamen del psicólogo que atendía mí caso, al cual nunca más asistí, repudiaba las preguntas y la forma cómo las hacía.

Antheia… así me llamo desde que nací. Nombre que mi padre, conocedor y amante de la mitología griega, me había puesto, en honor a la diosa de las flores, la vegetación y, sobre todo, del amor entre humanos. Desde el execrable crimen ya no soy la misma; mis ojos negros habían perdido el brillo dorado que irradiaban; mis labios rosados, de niña angelical, habían palidecido y estrujado, cuales pétalos de rosa, expuestos a los severos látigos del abandono. Tenía la mirada triste, de frente al horizonte infinito, como buscando a mi Atenea. Al no divisarla, gruesas lágrimas de angustia rodaban por mi marchitada mejilla. Y sentía por dentro, en lo más recóndito de mis entrañas, un llanto cruento y desgarrador.

Mirar mi alrededor me causaba una sensación de pobreza humana, de carencia de amor, de una deshumanización aterradora. De un muevo mundo, en el cual predominaba la dictadura de los zombis, dejando de ser un cuento de ficción. El caminar de la gente me parecía el repicar de los tacones de la muerte, al interpretar la danza del “Danubio”. Todo en sí era misterioso. Un remolino de vientos apacibles, al mismo tiempo huracanados, cuyo aletear golpeaba mi conciencia. Si los pintores de la desgracia quisieran, yo sería la perfecta modelo, contraria a la estatua de la Venus de Milo, o la Gioconda de Leonardo da Vinci.

Con el pasar de los días, al notar la permanente angustia de mis queridos abuelos, ablandé un poco el temperamento, pero solo con ellos, quienes, tal vez recordando a su quería Atenea, me brindaban múltiples cariños y atenciones, a los que yo correspondía con fugaces gestos de alegría, para volver pronto a mi eterna agonía silenciosa.

Luego de tres años ininterrumpidos, al celebrarse la misa de un año más de la forzada desaparición de mi ñañita, cuando el señor cura terminaba de rezar el Padre Nuestro, se me escuchó decir:

—¡Aaamééén!

—¡Milagro!... ¡Milagro!... —gritaron los presentes.

—La Antheita ha hablado —con total alegría dijo mi abuelita Lucila.

Todos los asistentes a la misa de inmediato fijaron en mí sus grotescas miradas, como la estocada final que conduce a la muerte. Me sentí aturdida y enjaulada, víctima del “qué dirán” de la gente. Juro que me sentí mal, ¡muy mal!, era como si los ojos y oídos de todo el mundo estuvieran pendientes, esperando que algo extra sucediera en mi vida. Que también fuese violada y asesinada… ¿tal vez?...

Amén… Fue lo único que dije y de nuevo se me perdió el habla, o tal vez a propósito no quise hablar. Tendría mil y no sé cuántas más preguntas que responder, desde las más decentes hasta las peores cochinadas; seguramente primarían las mal intencionadas y macabras suposiciones, porque somos así de malos y suspicaces con perversidad, gozamos con el sufrimiento ajeno, disfrutamos a más no poder haciendo daño. Nuestra naturaleza es más compleja, sanguinaria y avezada que la de las más monstruosas criaturas salvajes, las cuales van sueltas, cruzando por el mundo.

¿Qué hacer? Así somos… ¡Así nos creó Dios! Son las justificaciones más simpáticas y comunes, que se nos ocurren de primera intención. Del daño que ocasionamos a otra persona, otro ser tiene la culpa. Nosotros nos presentamos siempre como los más inocentes cachorros de “yanapumas”, los que no matamos un “suri” para dejar que las ciudades civilizadas se conviertan en bosques de vida plena, en manantiales de flores, desplegando sus pétalos al compás de trinos de avecillas cantarinas. Bosques floridos de amor humano con alas de blanco color.

La gente, a excepción de mis abuelitos, quisiera que le cuente en detalle, segundo a segundo, el cruel momento; como si no tuviera derecho a olvidar los recuerdos que perturban y envenenan mi mente y mi espíritu, a olvidar los momentos aciagos que transformaron mis rayos de sol en ráfagas turbulentas y macabras somnolencias. Tengo la plena seguridad que, mientras camine abriendo trocha para seguir andando, no olvidaré los instantes presenciados. Me negaré de modo rotundo a que ello suceda y tengo la certeza de que esos recuerdos serán un martirio, una cuesta dolorosa, hasta que ocurra otro milagro.

Querrán estrujar mis sentimientos, gozar mi dolor a mandíbula batiente; al fin y al cabo, el morbo se ha apoderado de la conciencia humana. El morbo y sus risotadas malignas aprisionan en sus tétricas telarañas, quitan la respiración y apasionan ciegamente, surgen como la mala yerba en los campos más llanos o agrestes, matando la buena semilla.

Con los días y los meses me fui acostumbrado a no acentuar mi voz, a que el aparato fonador se me atrofiara; apenas unos imperceptibles susurros para dar los buenos días o las buenas noches al oído de los míos, nada más. Por fortuna, vinimos provistos de un cuerpo maravilloso, capaz de generar otros lenguajes para comunicarnos con los demás. Gestos y ademanes corporales que comencé a desarrollar por pura necesidad, en contrapunto al milagro suscitado en aquella misa de recuerdo, llamada también “Misa del amén”.

4 | MORBO A LOS CUATRO VIENTOS

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El crimen de la niña rumizapina fue noticia de primera plana en los diarios locales y de la capital. Como siempre, para la prensa amarilla y sensacionalista el principal insumo era el morbo en primera fila.

Niña de 13 años es brutalmente asesinada luego de ser violada, cuando retornaba de la escuela.

Regresar tarde de la escuela le costó la vida. Padres, mayor cuidado con sus hijos.

Pánico en escolares y padres de familia. Camino de Cacatachi a Rumizapa se vistió de sangre.

Confirmado… niña escuelera cacatachina antes de morir habría sido cruelmente violada.

Hombres sin corazón humano acabaron con la vida de quién tenía mucho vuelo por vivir. Pánico en escueleros.

Niña de 13… Sin buscarlo encontró la muerte. Y qué muerte.

Pena capital para depravados sexuales. El sadismo marcha con banda de músicos por todas partes.

Un caso más para el “derecho torcido”. El dinero comprará juramentos y conciencias.

Su bien desarrollado cuerpo habría obsesionado a los criminales. ¡Alto a las violaciones de niñas inocentes!

Autoridades cierran filas con abusadores sexuales. Parece chiste de mala leche.

La tragedia de la niña Atenea de ningún modo pudo pasar desapercibida por los diarios y programas televisivos de la prensa internacional, cien por ciento sensacionalistas, quienes veían en estas magras oportunidades incrementar sus ganancias monetarias sin importarles el dolor ajeno. Respecto al execrable asesinato de la niña “Atenea”, en Tarapoto fue tratado como un espectáculo más, entre otros comentarios se escribió:

En Tarapoto… Depravados violan al derecho y al revés, causando la muerte a niña campesina.

Niña agraciada salió de su casa para ir a la escuela y no volvió más. Fue cruelmente asesinada.

Una víctima más de los depravados sexuales. No les importa la edad. Esta vez fue una niña de 13 primaveras.

Niña físicamente bien proporcionada fue violada hasta encontrar la muerte. Podría ser crimen pasional.

Tarapoto, tierra de violadores. Asfixian a niña de 13, luego de ser cruelmente violada.

Matan a niña de 13 luego de violarla. Sospechan de familiares.

Ser bonita puede ser la causa de asesinatos y violaciones infantiles. Depravados hacen de las suyas en Tarapoto.

Bella jovencita de 13 años fue víctima de violadores, hasta causarle la muerte.

Todo un mes el maldito crimen fue charla de las tres comidas en la mayoría de hogares tarapotinos, y ni qué decir de sus alrededores. Las hipótesis iban desde las más creíbles a las más inverosímiles. Algunos noticieros y las redes sociales, encargadas de regar el chisme, se vacilaban de lo lindo con la desgracia ajena. Además, era su negocio sucio, a la gente descarnada le daba buenos dividendos, sino económicos, de fama, de una fama diabólica, como gustaba a los amantes del morbo. Sin el mínimo reparo ni respeto por el dolor de la familia.

Después del “Amén”, la niña Antheia, es decir yo, no volví a pronunciar palabra. Sin participarle a nadie, con el apoyo de la fatalidad y sin quererlo, me declaré en “cura de silencio”. Mi estado de ánimo, como se dice en buen cristiano, “estaba por los suelos”; eso era una puñalada en el corazón de mis abuelos, quienes no soportaban veme así, les parecía: “un tímido cadáver andariego”, “un rayo de luz atravesado en cuerpo y alma por la más gris de las tinieblas”, “una avecilla sin aire para entonar su más bella canción”. Es decir, sin haber muerto, sin que aún la parca me llevara a su palacio, parecía un alma en pena, un fantasma de carne y hueso, trastabillando en la negrura del calvario.

Pasados los tres meses, ya nadie se acordaba, de la cruel tragedia, a excepción de la familia más cercana. Otros crímenes… otras humillaciones a la dignidad… otros ríos de sangre ocuparon su lugar. Se supone que el Estado lucha contra el crimen, la policía realiza las pesquisas, el Poder Judicial llena las cárceles de supuestos delincuentes, los menos peligrosos; los criminales de alto rango tienen sus jueces y fiscales especiales. Especiales en dejarles libres de polvo y paja, libres como el viento jugueteando en el espacio, prestos para sembrar más sangrientas atrocidades. Es puro bla, bla, bla, lo de la justicia y el Estado de derecho. La verdadera justicia cuesta ¡y cuesta bien! Por eso no está al alcance de los pobres, pues, para pleitear legalmente, hay que tener tiempo y dinero; sobre todo, dinero contante y sonante.

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