La isla de los expatriados
Welmer Cárdenas
Índice del libro
En vuelo a Madrid, mayo 26 de 2016
↑ Volver al índiceVi el avión ardiendo entre árboles cuyas ramas, semejante a brazos humanos, se retorcían crujientes. Tras sacudirme de mi aturdimiento alcancé a instalar en mi conciencia la idea de que la nave se había estrellado, y explosionó. Imaginé entonces que el impacto me había arrojado unos treinta metros, hacia un lodazal. Tumbado ahí la veía llamear con un humo negro, espeso, que se elevaba hasta ensombrecer el cielo. Siluetas fugaces se entrecruzaban por mis ojos. Las vislumbré como de pasajeros huyendo de las envolventes lenguas de fuego. Me sentía vivo. Y eso era lo importante…
Desperté sobresaltado, sudoroso, sintiendo un golpeteo sordo en el pecho. Pensativo, en busca de quietud, me senté al borde de la cama. Enseguida prendí la luz y miré el reloj de pared: once con cuarenta. Me resultaba imposible seguir durmiendo. Sobre todo, cuando horas más tarde, habría de venir por mí el coche que debía conducirme al aeropuerto. De modo que me puse a fumar un cigarrillo tras otro, mientras, en un ir y venir, caminaba meditabundo de mi cuarto a la sala.
El amanecer me sorprendía, ensimismado. En mi cerebro repicaba la idea de que al cabo de muchos años de haber subido a una que otra nave aérea, jamás, una noche antes del viaje, había tenido sueño semejante. Quizá me acometió, pensé, porque esta vez habría de ser el más extenso, y ello me había puesto en estado de tensión.
Sentado ahora dentro del avión de Iberia, que acoge a un aproximado de doscientos pasajeros, ese sueño me llena de inquietud. Mucho más, en este instante, cuando, acomodado ya en el asiento 26 C, en ventana, percibo iniciar su despegue del aeropuerto Jorge Chávez de Lima rumbo a Madrid. Miro mi reloj: 12.05 horas. Tan rápido ha pasado el tiempo, me digo, pues había llegado a la terminal portuaria bordeando las seis de la mañana. El ajetreo del embarque: embalaje, control de maleta, registro del vuelo, muestra de documentos, revisión personal, sala de espera, ingreso a la nave, hicieron correr el tiempo deprisa. Mi reloj, cuyas manecillas no congeladas por los rigores del frío limeño, así me lo confirma. Tengo a mi lado a una persona con la que todavía no he intercambiado comunicación. Suele ocurrir en los viajes aéreos. Uno no sabe con quién va a compartir el vuelo. Puede ser hombre o mujer, joven o de edad madura. Algunas veces ha ocurrido que mi acompañante apenas sí ha cruzado palabra conmigo; en otras, muy pocas, fluía una extensa conversación. Pero, por lo general, cada uno asume el viaje sumergido en el silencio. En el caso mío, casi siempre, mi interlocutor, es un buen libro. En esta ocasión, sin embargo, tengo a mi costado a un español en el asiento lindante con el pasillo, y a quien, a vuelo de pájaro, le echo unos treinta y cinco años. Deduzco su nacionalidad por su voz de acento castizo. La percibí cuando, al acomodarnos en el asiento, tomó la iniciativa diciendo: “Vamos a ser compañeros de viaje durante doce horas. Así que conozcámonos un poco. Soy Damián Suárez”. Su forma amable de presentarse me impulsó a retribuirle con un: Mucho gusto, soy Marcel Jordan. Pero al tiempo del intercambio de identidades, advertí que diferente a la mayoría de pasajeros que ocupaba tres asientos, nosotros lo hacíamos en dos. Lo cual, pensé, resultaba a mi favor, pues me permitiría ir al baño con facilidad, o levantarme para estirar las piernas.
De nuevo su voz en mis oídos; pero esta vez: “Trabajo en una empresa de conservas de atún, que ya ha empezado a operar en Ecuador y Perú. Conozco la fórmula de distribución del producto, pues soy licenciado en administración de negocios por la Universidad Complutense de Madrid”. ¿La Complutense? ¡Vaya!, me digo. La mencionada en el escándalo de Perú sobre el supuesto plagio de la tesis doctoral del entonces candidato a la presidencia de la República: César Acuña. En la secuencia de ese episodio recuerdo que un programa televisivo emitió un reportaje donde Acuña aparecía entregando dinero a comerciantes de un mercado en Chosica, lo que estaba prohibido en campaña política. Se puso énfasis al señalar que, con ello, Acuña buscaba ser favorecido en la votación. El desliz, aprovechado por sus opositores, rebotó en los diarios: “Acuña violó la ley electoral”. Una campaña orquestada, de modo letal, terminaría por liquidar al candidato de Alianza para el Progreso, el que había sido congresista de la República, alcalde de Trujillo y gobernador de la región La Libertad. El cargamontón opositor concluyó en que el Jurado Nacional de Elecciones lo excluyera de la contienda. Pienso que, al dejarlo fuera, sin embargo, en la conciencia colectiva quedó registrada una frase suya: “Tengo plata como cancha”. Enseguida, la voz de mi acompañante: “¿Y cuál es el trabajo que realizas?”. Entiendo que su pregunta obedece al haberme confesado lo suyo. Soy escritor y periodista. “Ah, interesante”, dice, mientras esboza una leve sonrisa que no alcanzo a definir si es de agradable sorpresa o de desencanto. “¿Y qué escribes?”. Escribo narrativa de ficción y de no ficción. En la escritura de no ficción elaboro textos donde combino periodismo y literatura. “Si, pero ¿en qué universidad estudiaste?”. Guardando calma, respondo: Para ser escritor y periodista no se necesita estudiar en universidades. Lo importante, según mi criterio, es leer mucho y escribir de continuo, meterle diente al asunto con cierta dosis de talento. Y a eso me dedico.
Entonces, con mal disimulada actitud, elude el tema donde me ha sumergido, remitiéndose a decir: “Es la primera vez que he venido a Perú. Y en el poco tiempo de mi visita, me sorprendió sobremanera la pobreza y el tráfico brutal de Lima”. Es cierto, pero el Perú no es solo Lima, y tienes razón en cuanto a la pobreza, pues esta campea en su territorio, de la cual no es ajena la Amazonía, de donde provengo. Allí se registra una siniestra historia propiciada por la invasión europea. Pero hoy el saqueo continúa a cargo de las transnacionales en complicidad con el propio gobierno, lo que solo favorece a los dueños del gran capital…
Damián Suárez no retruca, calla, tal vez porque se considera un eslabón de ese sistema. Sabe que el viaje es largo y que durante horas no se puede limitar a una conversación con visos de controversia, la cual muchas veces no conduce a parte alguna. De ahí que, como quién la evade, dice: “Necesito ir al baño”. Se levanta y lo miro caminar en esa dirección. Luego vuelve, y se arrellana. Ahora sí, en silencio, lo veo sacar el control remoto que está como escondido en uno de los costados del guardamano. Prende la pantalla ubicada en el respaldo del asiento delantero y, de reojo, le observo buscar una película. Yo hago lo mismo con el control que tengo a la mano. Me coloco los auriculares, comprado por cinco euros a uno de los asistentes del vuelo. Poco antes noté que alguien había intentado pagar con soles, pero el asistente asumiendo una actitud gentil, lo rechazó. Desde ese momento me di cuenta que la moneda peruana ya no tenía valor y, por lo tanto, pensé, la fiesta en Europa se haría en medio de la danza de los euros. De reojo miro a mi acompañante concentrado en la película escogida, en tanto yo me limito a escuchar música clásica. Intento relajarme con temas de Beethoven, Schubert, Tchaikovski, Mozart, Chopin, interpretados por orquestas sinfónicas.
De pronto, mi arrobamiento se interrumpe al entrecruzarse con la voz del piloto, sonorizada en el parlante: “Deben permanecer sentados en sus asientos con los cinturones abrochados, estamos a punto de ingresar a una zona de turbulencia. Por el momento se prohíbe utilizar los baños”.
Las sacudidas de la nave, luego, me llevan a pensar que todo vuelo, quiérase o no, es riesgoso, pues resulta imprevisible lo que pueda ocurrir en el aire. Sobre todo, cuando el recorrido es de muchas horas, directo, sin escala. Entonces una asociación de hechos luctuosos sucedidos con aeronaves en Perú, se agolpan en mi memoria. Desfilan en ella monomotores, bimotores, cuatrimotores, turbohélice, de turbina. Lo cual me lleva a colegir que no existe avión chico ni grande, librado de la tragedia. Puede, me digo, producirse por una falla humana o mecánica, o por vientos y lluvias que, a las naves, como si fuesen aves ciegas, las llevan a estrellarse en el mar, en una colina, o en el propio suelo. Pienso entonces en lo sucedido el 27 de noviembre de 1983 en Barajas, Madrid, al vuelo del Boeing 747 de Avianca que venía de París. Allí donde la tragedia se ensañó con María Traba, Rosa Sabater, Jorge Ibargüengoitia, Ángel Rama Y Manuel Scorza. Intelectuales de reconocida valía y de quienes los medios decían: “Viajaban a Colombia, invitados por el gobierno de ese país al Primer Encuentro de la Cultura Hispanoamericana”.
En torno a la tragedia me remitía a la conclusión de los especialistas: “Falla humana. Erróneo cálculo del piloto en el aterrizaje. Nave impactada tres veces contra el suelo, antes de explosionar. Accidente ocurrido a 12 kilómetros del aeropuerto con un saldo de 183 fallecidos y 11 heridos”.
Al noticiarse el suceso me impactó la muerte del poeta y narrador peruano Manuel Scorza. No concebía que en un pestañeo se trizaran sus cincuenta y cinco años cuando aún tenía mucho camino por recorrer en la escritura. Pero el destino a veces frustra vidas talentosas, me dije.
Como un estallido de relámpagos asediaban mis ojos las escenas terribles del accidente pasadas por la televisión: la nave destrozada, ardiendo, humeante, cuerpos calcinados, esparcidos por uno y otro lado. El mismo espectáculo macabro visto también por algunos amigos con quienes compartía vasos de licor en un bar céntrico de Lima. “¡Qué jodida forma de morir!”, dijo entonces un médico oncólogo.
En medio de nuestros vasos se empozaba la muerte, pues en tanto una y otra vez hacíamos salud, como irónica paradoja, venía a cuento la tragedia aérea. Una atmósfera fúnebre imperaba en el recinto donde estábamos reunidos esa noche. La misma atmósfera, pensé, que debía atosigar a Lima. El médico hablaba como si él mismo temiera morir de esa forma, o de la forma en que, según refirió, habían muerto varios de sus pacientes terminales: esqueléticos, intubados, hiperventilados, mutilados. “La jodida metástasis de la cual ni Cristo te salva”, dijo ya con muchos tragos adentro. El tema de la muerte se había centralizado en la reunión al conocerse lo de Barajas. Cada uno hablaba, en detalle, de algún que otro accidente similar del cual se tenía noticia. Pero cuando el médico se metió de lleno en el tema de las experiencias tanáticas, sustentadas en su profesión, simplemente asentíamos. “¿Saben cuál es la mejor forma de morir?”, inquirió en cierto momento. Él mismo se respondió con alterada voz: “¡De un infarto al corazón! ¡Zas, y punto, ahí murió el payaso!”. Al expresarlo, hizo un gesto burdo con la mano derecha simulando el paso de un cuchillo por el cuello.
¿Podría darme a mí un infarto? me pregunto ahora. Podría suceder, según lo referido, que en estos viajes largos donde no existe médico a bordo, hubo gente que murió de esa forma, sentadita, como si estuviera durmiendo. Lo cierto es que esta nave va directo al aeropuerto de Barajas, Madrid, donde, a poco de llegar, se estrelló el avión en que viajaba Manuel Scorza. De pensar nomás en que eso volviera a suceder me asalta el miedo y mi cuerpo se estremece. Sobre todo, cuando vuelve a reflejarse en mi conciencia el sueño de anoche.
El avión surca el espacio a una velocidad que, según indica la pantalla ubicada al frente de mi asiento, se aproxima a los 900 kilómetros por hora. Mientras la nave atraviesa nubes que a veces la estremecen, yo hago un viaje retrospectivo en el tiempo. Me sitúo en la mañana del 15 de julio de 1981, antesala de la celebración de fiestas patrias en Perú.
La Ciudad Roja aparece pálida ante mis ojos debido a los nubarrones que cubren el cielo, mientras los árboles parecieran destilar lágrimas a través de sus hojas. Observo gallinazos, inmóviles, cual vigías espartanos, posados sobre los postes de la red eléctrica. También percibo que el polvo de las calles se ha atenuado en tanto un fango espeso dificulta el desplazamiento de vehículos. No imagino, sin embargo, que “Chachín” Hoyos, alto, voluminoso, relacionista público de cervecería San Juan, muy temprano haya salido en su camioneta en busca de periodistas. Con ese propósito, ha enfilado hacia las tres radioemisoras de la ciudad: Sideral, Pucallpa y Nuevo Mundo. Tiene la misión de comunicar a quienes trabajan publicitariamente con la empresa, de que al mediodía está llegando Manuel Scorza. Tal como lo hace al llegar a la radio donde laboro, pero de manera apresurada, con el agregado de: “Tienen que ir al aeropuerto. Manuel Scorza debe ser entrevistado, alisten sus grabadoras”.
La aeronave que trae a Scorza de Lima está por tocar suelo. Lo advierto a través de las lunas transparentes de vidrio del terminal portuario con mirada hacia la pista de aterrizaje. También lo hacen los periodistas notificados. Pero, al parecer, ninguno está enterado de quién se trata. Se percibe eso en sus miradas inquisitivas sobre el anunciado visitante. Salvo Raúl Zevallos, director de la revista Carta Abierta, Javier Dávila Durand, director de la revista Proceso y yo, sabemos quién es el personaje. Pero alguien, rompiendo el silencioso interrogante, se aventura a decir: “Debe ser un nuevo funcionario de la empresa”. Otro, como quien intenta buscar una certeza, le pregunta a Raúl Zevallos: “¿Quién es Manuel Scorza?”. Raúl, entre una media sonrisa, despeja esa ignorancia: “Se trata del escritor de Redoble por Rancas, a quien los de cervecería San Juan han venido a recibir para instalarlo en su hotelito”. Luego, a este, se le observa replicar a sus colegas lo dicho por el director de Carta Abierta. En tanto yo estoy ávido de conocer en persona al poeta primigenio y ahora narrador cuajado. Tengo noticias de él desde cuando yo estudiaba en Lima, en el 63, a propósito de haber publicado los populibros donde consignaba autores de reconocida trayectoria. He leído su poesía de contenido amoroso y social, y su saga épica novelada estatuida como La guerra silenciosa: Redoble por Rancas, Cantar de Agapito Robles, Garabombo el invisible, El jinete insomne y La tumba del relámpago. Mi pregunta es: ¿Qué le trae a tan renombrado escritor a la selva?
La nave desciende; se estaciona con lentitud, mientras los pasajeros bajan triunfales, alegres. Entre ellos descubro a Scorza. A paso calmado, se aproxima hacia la puerta de ingreso. Lo acompaña un hombre alto, delgado, con aires de gentleman, cuya cabellera bate el viento. ¡Claro!, me digo, al fijarme bien en él, es César Calvo Soriano, el poeta y autor de Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía.
Son recibidos con muestras de afecto por “Chachín” Hoyos y representantes de la empresa cervecera. Lo mismo percibo hacer a Raúl Zevallos y a Javier Dávila Durand. Pero con el añadido de que Dávila Durand y Calvo se abrazan efusivos, como si fuesen dos entrañables amigos encontrados después de larga ausencia. Un reencuentro que me sumerge en el recuerdo de una noche bohemia, allá por el 79, en la pollería Oriental de la Ciudad Roja. Compartía con ellos y Raúl Zevallos, en una mesa de fuera, cualquier cantidad de cervezas. Se hablaba de poetas y de poesía. Desfilaban en la conversación vates antañeros y contemporáneos. Sus versos más redondos fluían en las voces de Dávila y Calvo. En determinado momento Dávila Durand recordó al pucallpino Jorge Nájar, radicado ya en París. París, entonces, como la propia torre que lo simboliza, se alzó en las voces de Calvo y Dávila. Coincidían en señalar que la llamada “Ciudad de la luz” atraía a los artistas e intelectuales del planeta en busca de cimentar su propia iluminación, pero las más de las veces la brillantez de París solo era un espejismo que rebotaba en los ojos oscureciendo los sueños. Se remitieron a las penurias y desesperanzas allí enfrentadas por Henry Miller, Ernest Hemingway, Vicent Van Gogh, Horacio Quiroga, Julio Ramón Ribeyro, George Orwell, César Vallejo… Dávila Durand, volvió a lo de Nájar: “Jorge no debe escapar a esa realidad inmigratoria, pero como todavía es joven ha de pugnar por superarla”. La ocasión, no obstante, en mi fuero interno, me permitió medir los pareceres de Calvo y Nájar en cuanto a repetir los versos apelando a la memoria. Calvo se regocijaba al recitar sus versos, distinto a Nájar a quien alguna vez lo escuché decir: “Recitar mis versos de memoria sería como mirarme en un espejo”.
En medio del fluir de la poesía afloraban variadas ocurrencias, y las carcajadas de Dávila y Calvo estallaban y se esparcían por el jirón Tacna, moviéndome a presumir que hasta agitaban las aguas del Ucayali, río que se deslizaba rumoroso apenas a unos cien metros de nosotros. Calvo, entonces, le daba el toque final a una obra de carácter mágico y le buscaba un título. Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía martilleaba en su voz. Y allí estaba esa noche con uno de sus “brujos”: Don Javier. Cuando la publicó Proceso Editores, apareció con el título de Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía. Previo a ello, sin embargo, se comentó que Calvo la había presentado al concurso de novela Planeta en España, sin el logro propuesto. Porque ¿Qué era en sí el texto? ¿Novela, crónica múltiple, variados relatos, reportaje a los duendes, a los vivos y a los muertos? Diversas opiniones se tejieron luego. Esteban Pabletich, dijo: “Un relato extraordinario”; Arturo Corcuera la calificó de “novela realmente mágica”; Manuel Scorza la resumió en “Más que un libro, es un vuelo”.
Ahora, en este mediodía, en el aeropuerto, los periodistas, tal vez sin saber quién es Calvo, fijan sus ojos en Scorza y pulsan sus grabadoras para la entrevista. Yo estoy cerca, como siempre, sin portar grabadora alguna, como si fuera un curioso más. Advierto a los periodistas, no obstante, mostrarse dificultosos, remitiéndose a lanzar ese retintín perogrullado: “¿A qué obedece su visita a esta ciudad?”. Manuel Scorza, responde pausado: “Mi propósito no es el de hacer turismo, sino que me anima el deseo de un retorno a los orígenes”. Trato de entender que Scorza, al hablar de esa forma, se remita a su primera esposa de profundas raíces amazónicas. “Retorno a los orígenes, porque en los bosques, los ríos y el aire oxigenado de la Amazonía se encuentra la nutricia vitalidad que necesita el ser humano. Ecosistema que se debe cuidar y renovar combatiendo a quienes asesinan el bosque. Porque la selva es vida generosa y, a la vez, combate cotidiano por preservarla. Así lo entendió y asumió Calvo de Araujo en su novela Paiche, Hernández en Sangama, también mi amigo César Calvo en su escritura mágica Ino Moxo... En el marco de ese derrotero mi presencia en la selva obedece a un hecho fundamental: recabar material para completar la última parte de la novela que estoy escribiendo”.
Yo intervengo y le pregunto si esta novela formará parte de las ya publicadas en la saga La guerra silenciosa. Scorza hace un gesto de negativa con las manos y, enfáticamente, dice: “No. He cerrado ya ese ciclo de escenario eminentemente andino. Porque soy un convencido de que hay otras batallas por librar en el campo de la escritura, así como el pueblo libra sus batallas a veces con sangre, sudor y lágrimas. Lo importante es luchar, imponerse a las borrascas, llegar al objetivo, a la meta propuesta. Tal como acá se hizo, con un pueblo monolíticamente unido que le permitió romper con un centralismo opresivo, maligno, para arribar a la creación de su departamento. En cuanto a mi nueva novela, tiene múltiples escenarios, entre ellos Atalaya con sus espacios hidrogeográficos: Tambo, Urubamba, Sepa y Ucayali”. Los periodistas guardan silencio como si no se atrevieran a realizar alguna pregunta sobre lo último que ha expresado el escritor. Lo que al ser advertido por Scorza, le mueve a decir: “Envío un saludo fraterno a través de la radio a los habitantes de esta parte del país”.
Yarinacocha es un distrito situado en la zona norte de la Ciudad Roja, a poco más de seis kilómetros, y cuyo acceso a ella es a través de una vía asfaltada. Su laguna de aguas claras enmarcada por una floresta verde ha permitido calificarla como el primer balneario de la Amazonía peruana. Un área de sus orillas, en Puerto Callao, la capital distrital, tiene un embarcadero y en su planicie se yerguen restaurantes que ofertan comidas regionales.
Javier Dávila luego de observar que el día, distinto al anterior, ha asomado con un sol resplandeciente, le propone a Manuel Scorza ir hacia allá para la entrevista programada.
Es media mañana y el lago espejea, destella en colores verdes, azules. El reflejo del cielo y de los árboles que lo circundan, como centinelas protectores de su cauce, le dan esa tonalidad. Pequepeques, esas naves pequeñas utilizadas por los ribereños, se desplazan por sus aguas, algunas en su afán de pesca; otras, transportando turistas hacia Las Brisas, La cabaña, La Isla del amor, San Francisco. Van por el lago ancestral en cuyas orillas, hace centenares de años, se asentaron los shipibo - konibo. Hoy, sin embargo, los dueños de su territorio son mestizos; avasallados por estos, se replegaron a las zonas boscosas de Tushmo y San Francisco. Los hombres, allí, se dedican a la pesca, la caza, a la incipiente agricultura; las mujeres, siguiendo el legado de sus ancestros, a elaborar cántaros, collares, pulseras, bordados. Después, ellas, vistiendo blusas coloridas y faldas con diseños geométricos, salen a ofrecerlos en venta por la ciudad.
Javier Dávila, periodista trashumante, conocía esta realidad. Pero sabía además que, en una faja de su territorio, desde finales de los cuarenta, los norteamericanos del Instituto Lingüístico de Verano, mediante convenio con el gobierno peruano, habían construido una ciudadela con aeródromo. Que desde entonces los extranjeros tomaron el lugar como enclave propio, excluyente para mestizos. Que el ingreso y estadía solo estaba permitido a docentes indígenas los meses de enero, febrero y marzo. Que se instalaban allí en bungalows para seguir cursos de capacitación pedagógica denominados de verano y cuyos directores, fundamentalmente lingüistas, eran peruanos, entre ellos Martha Hildebrandt. Pero Dávila Durand conocía mucho más sobre la realidad del ILV y de su relación con el gobierno, ahora regido por militares. Como que entraron en preocupación cuando el jefe de Estado, Juan Velasco, decidió cancelar el convenio y, por lo tanto, debían abandonar el lugar. El gobierno asumía esa postura argumentando que los lingüistas, con el pretexto de traducir la biblia al idioma indígena, utilizaban su léxico como claves de comunicación entre los soldados norteamericanos combatientes en Vietnam. Postura del gobierno, reclamado nacionalista y revolucionario, también conocida por Calvo y Scorza, pues estaban al tanto del actuar político del jefe de Estado. Tampoco lo decidido escapaba al conocimiento de la gente de la Ciudad Roja; el que, literalmente, obligó a los “gringos” ofertar al público sus muebles, radios, refrigeradoras y motocicletas; también, en actitud, diríase, remordida, buscaron hacer amistad con el poblador mestizo.
Pero Javier Dávila no lo supo entonces, sino años después, cuando nos conocimos, porque yo mismo habría de contarle, que había tenido amistad con uno de ellos. En mi devenir bohemio conocí al norteamericano mientras, a dúo con el “Chino” Chuquizuta, interpretábamos baladas en el restaurante El gran paraíso. Bordeaba los treinta, alto, blanco, rubio, de quien supimos luego no solo admiraba el arte de cantar, sino que elaboraba un licor con frutas de naranja y mandarina que él denominaba vino. Nos lo dijo; y una noche, a invitación suya, recalamos en su vivienda.
Desde el patio, cuyas luces se proyectaban hasta el lago, nos pusimos a interpretar canciones criollas y baladas, mientras sentíamos llegar un aire fresco alborotando nuestras cabelleras. Canciones que calaban hondo en los sentidos de los ahí congregados, hombres y mujeres extranjeros, pues, ante cada tema interpretado, los veíamos aplaudir de manera emocionada.
En breve descansar bebimos una copa del vino, ofrecida por el anfitrión. El “Chino”, entonces, me dijo al oído: “Marcel, permíteme ahora cantar como solista; voy a interpretar un tema de registro alto de Nino Bravo. Quiero emocionar más a estos gringos”.
Convertido en otro espectador, lo veía rasguear la guitarra al tiempo que su voz, repotenciada, hendía el aire con “América”. La canción debía causar aflicción en el corazón de los americanos, pues esta se traslucía en sus rostros entristecidos. Sumidos en profundo silencio, lloraban. Alcancé a percibir cómo las lágrimas resbalaban mucho más por sus mejillas, cuando el “Chino”, a todo pulmón, expresó: Todo un inmenso jardín esto es América. Cuando Dios hizo el edén pensó en América. Advertí que de veras la canción los conmovía, vibraba en sus entrañas, como si ella hiciera germinar la añoranza de sus días felices en ese edén del cual estaban próximos a despedirse.
Avanzaba entonces el año 75, cuyo derrotero signaba el inminente adiós. Se advertía aquello en sus actitudes meditativas, como si pensaran en que todo estaba consumado. Ninguno era capaz de imaginar lo que a poco ocurriría en el país. Un golpe de estado contra Velasco, propiciado por la facción militar derechista, cuyo rostro visible era el de Morales Bermúdez, les abrió una brecha esperanzada. Deduje eso cuando, al poco tiempo, cubrí una información sobre la presencia de un ministro del nuevo gobierno en la ciudadela norteamericana. Este se situó ante el atril del auditorio, para dirigirse hacia los concurrentes, lo que me obligó a poner oído atento sobre lo que podría manifestar. En tono serio, pausado, al ministro lo escuché decir: “Amigos, la alianza estratégica que tenemos con ustedes para capacitar a los maestros bilingües y seguir traduciendo la Biblia a las lenguas aborígenes será prolongada hasta el año dos mil”. Tras lo manifestado, vi encenderse el rostro de los audientes; murmuraban, al tiempo que se abrazaban, alegres, felices.
Yo me dije, entonces, el año dos mil todavía está lejos, y a los gringos aún les queda rato para seguir disfrutando de su paraíso. Tal como ahora, pensé, lo estaban haciendo (y lo hicieron hasta el 2004) a orillas de tan edénica laguna en cuyas aguas sosegadas, sin embargo, se habían ahogado incontables niños y adultos.
Me parecía increíble que ello ocurriese a poco de la orilla en Puerto Callao, donde mayor preeminencia tiene el lago. Lugar donde uno se encuentra con embarcaciones de pesca y de transporte, y restaurantes de carácter turístico: El gran paraíso, Puerto Rico y la Maloca. En este último, de amplia terraza, techo de hojas de palmera, tranquilo, se habían dado cita: Manuel Scorza, César Calvo y Javier Dávila Durand. Pero sería Javier, el poeta amazónico y contador de historias increíbles, quien me relataría del modo en que se produjo la reunión. Y cuyas imágenes de aquella mañana, ahora, basado en su relato, cobran vida de esta forma en mi memoria:
“Sentados a una mesa que bordea la baranda, observan el paisaje: un sol amarillea haciendo huir aborregadas a unas nubes blanquecinas, lo que permite a los árboles fulgurar con intenso verdor. Mientras una brisa fresca, oxigenada, invade la Maloca. Es la hora de la cita programada. Manuel Scorza prende su pequeña grabadora. Javier Dávila, el incansable viajero de ríos, pueblos y ciudades amazónicas, desde el multifacético país de sus recuerdos, ahora ya serio, con voz calmada, empieza a relatar: “Nicolás Centenario se llamaba el hombre, había sido guerrillero de innumerables combates…”. Así empieza su relato el brujo memorioso sobre ese personaje que ha perseguido a Scorza y lo ha traído a la selva para dar vida a su novela La danza inmóvil.
Casi dos años después La danza inmóvil danza entre mis manos. La que se agita, infatigable, gozosa, a través de sus doscientas treinta y nueve páginas. Esa misma danza, me digo, debe repetirse entre las manos y los ojos de millares de lectores. Un libro por mí ya vislumbrado desde la tapa con ilustración sencilla: una boina oscura impregnada de una estrella roja, una rama de oliva de hojas verdes, un fusil, y el sello de Plaza & Janés, editada en Barcelona, febrero de 1983.
En medio de un vaivén cadencioso de hechos registrados en París y la selva peruana, mis ojos se deslizan en su lectura. De entre todos sus personajes el que cala mucho más en mi conciencia es Nicolás Centenario, el ex guerrillero fugado del penal del Sepa. Fuga frustrada por la delación de millares de luciérnagas que se adhirieron a la balsa cuando pasaba el último puesto de control policial. Ese fulgor masificado de la noche que el común de la gente ribereña lo asume como la lamparilla del diablo. La desmitificación del mito secular, la metáfora de la siempre ansiada libertad. Eso y mucho más testimoniado a Scorza por Javier Dávila Durand aquella mañana relumbrante en Yarinacocha. Material recabado, convertido en novela, que danza entre mis manos acompasada de una prosa musical, rítmica, diáfana. La que también, pienso, debe atravesar el tiempo, las distancias, los cerebros.
Ahora, mientras viajo, me digo, esa obra fue la última danza gloriosa del escritor, hoy, en definitiva, inmóvil en su tumba.
El hilo de mis cavilaciones se rompe cuando una de las aeromozas, alta, rubia, con un asombro desbordante en el rostro, recorre el pasillo diciendo: ¡Estamos volando sobre el Amazonas! ¡Pueden verlo desde las ventanillas! Miro a los viajeros, diligentes, curiosos, asumir la sugerencia. También lo hago yo y mi compañero de asiento. El luminoso día nos permite ver, por entre algunas nubes blanquecinas, a ese portento de río. Semeja una sierpe plateada, quieta, adormecida, en medio de la inmensa fronda verde que lo escolta o acaricia. Sin duda estamos sobrevolándolo en la ruta de su cauce brasileño, cuyas aguas van a desembocar en el Atlántico.
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