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Explosión Kaliente

Cayo Vásquez

Índice del libro
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Dedicado a mi padre

Miguel Vásquez (†),

mi madre Teresa Pinedo

y a mi maestro Solón Tello.

A Cecilia Barletti, gracias a ti y a tu padre pude encontrar de cierto modo ese camino que me hizo escritor. A Gaby Cárdenas, Christian Bendayán, Milagros Rodríguez, Milagros Villacrés, Roger Rumrrill, Rolando Riva, Henry Beltrán, Paty Yataco y Magali Huayane. A Rommel Gonzalez “Winsho” y Goering Gonzales, excelentes músicos y amigos. A Miuler Vásquez por creer en lo que escribo. Dieter, Lina y Alex en Cali, Colombia. A Donna Cotrina por volver a darme luz. Christopher Vásquez (Lima), Elmer Sánchez (Madrid), Alex Almerí (Cartagena de Indias) y Gianfranco Quattrini (Buenos Aires) por ser mis hermanos.

A Oswaldo Reynoso (†), Pepe Barletti (†), Dieter Baumann (†), Igor Panduro (†), Erick Cappa (†) y Eliseo Reátegui (†).

A todos los músicos de mi tierra.

Y a todas las personas que hicieron algo por mí. Gracias por todo.

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Los siguientes hechos narrados en la presente novela, han sido inventados por el autor. Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.

Introito

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Desde que tengo memoria, que fue hace muchas décadas, oscilando la mitad de una centuria, desde esos tiempos y sumando más décadas en retrocesión, siempre existieron y nunca morirán.

Desde que mi prematura embriaguez me llevó, con la humeante y feroz velocidad de mi motocicleta de juguete, rumbo a esa viciosa luminosidad lunar de alegrías baratas, de voraces caderas de incendio y de innumerables placeres que sólo Iquitos sabe brindar, siempre existieron y nunca morirán.

Cuando llegué a mi destino apagué el minino rugir del motor. Levanté la cabeza, encendí mi olfato, encendí los receptores auriculares repletos de bolos de cera marrón incrustados en mis dos orejas, encendí los faroles-visores de mi mirada abriendo al fin mis ojos, mis dos ojos. Estaba despierto después de catorce años, desde aquella madrugada nebular cuando me vomitó el vientre de mi madre y fui enceguecido por la humana humanidad.

Despierto con la mirada estelar de mi nuevo ser, vi gente. Mucha gente. Gente feliz. Refrescaban sus ardores de ansias haciendo flotar sus cuerpos en las dulces e inmensas burbujas de cerveza que se elevaban desde el río de la lujuria y el hartazgo. Curaban sus penas tragando cápsulas que contenían canciones para bailar y mataban sus males de amor pisándolas como si fueran cucarachas con cada paso de baile.

La alegría también bailaba, sola y borracha de un rincón a otro, balbuceando palabras de la canción que tocaba la brillantina orquesta. Un sol mayor bajando desde el sol lunar. Brillantina cegadora de dolores y perdidas sin nombres de personas ni calles.

Un espectro idéntico al obrero pobre, vestido con trapos sucios, el cierre del pantalón abierto, zapatos empolvados, zapatos encuerados de barro seco, hombrecillo de baja estatura acompañado por el dolor del recuerdo de una mujer elástica y panza colgante, hombre fuerte de brazos gruesos y sobaquina de animal de monte o «huangana» de carne deliciosa, tambaleándose por la embriaguez de los besos del pico de botella con aguardiente (oculto en el bolsillo agujereado de deudas). «¡Qué asco!», dijo una linda señorita con excesivo maquillaje de catálogo provinciano, cara pintada al igual que las facciones de Chapita, un payaso alcohólico de tómbola e infantiles fiestas de cumpleaños en casa. Así maldijo aquella Dulcinea de chongo cuando el hombrecillo en su torpe caminar le rozó su linda espalda quemada por un sol morboso, dejándole un brochazo de sudor espeso con sabor a miseria. Esa señorita volvió a maldecir a regañadientes su destino, cuando el sudor no era sudor, sino un riachuelo de saliva babosa que corría como gusano sin cien pies por su trajinado trasero… «¡Concha su madre…!». Ella estaba a la «moda» con las ropas más caras que podían comprarse en Iquitos (¿la bruta no sabe que todas sus prendas son de naturaleza bamba?). Esas ropitas, compradas con monedas que brotaron de un colchón de hostal, salían de una fábrica clandestina escondida en el emporio de Gamarra, en el emergente distrito de ladrones al paso, veredas de arroz con pollo y tallarines rojos, serranos emigrantes con olor a queso peruano y colonia Hugo Boss, La Victoria, Lima, Perú; ¿entiendes cholita?

Hasta los olores de la sierra se entremezclaban en el fiestero local en el centro de un centro sin capital, en el centro de la selva. La diversidad de olores era tan desbordante e indescriptible, era como estar aglutinado en un zoológico con muchísimos más animales que la cantidad de bestias que alcanzaron en el Arca de Noé. Cada animal expele un olor distinto a otro animal. Cada humano huele distinto a otro animal.

El local donde volaba ese festival de olores se llamaba «La Shiringa». Los innumerables olores estaban servidos en platos voladores de plástico desechables. Cualquier rincón a donde ibas, caminando con una botella de cerveza en la mano (acción obligatoria si quieres que la gente, específicamente las mujeres, te reconozcan y no piensen que eres un misio), en todo lugar podías atrapar en el aire un plato con la nariz y comías usando tus fosas nasales, sin poder evitarlo. Olor de perfumes con cuerpos de fantasmas, olor de perfume barato de mujer comprado en el mercado de Belén a un vendedor ambulante con mercadería expuesta en una vereda, olor de otro perfume barato escogido en una fotografía del catálogo fantasioso que te muestra la vecina gorda y al instante te entrega el frasco chino, lo miras bien y es tan diferente al frasco plasmado en la foto. La gorda cobra punzantemente el día de la quincena o a fin de mes, fechas de pago del jornal. Olores de perfumes sin nombres para hombre o mujer, se mezcla con los olores que tienen nombres y apellidos de seres humanos, un zapallo gigante que se abre a cuchillazos y olemos sudores que ahogan, alientos que duelen, olor de grasa color petróleo en un cuello de mujer que ensucia la camisa de su pareja, ventisca de olor fétido semejante al olor de comida de chifa fermentada, olor de cabellos flotantes y alborotados al ritmo que impone la orquesta, te remoja la cara y debes ser fuerte para que la cerveza no escape de tu panza por el olor asquiento que digeriste, olor concentrado de variadas razas de carne humana, licuadas y después hervidas en «la olla de querer ser lo que nunca serás». Olor lujurioso, semejante al olor que vive en un chonguito de madera, olor de pasión que es violado por el olor a orines y el olor de caca que expulsa el asqueroso baño del local fiestero, como dragón lanzando fuego, olor del amor atrapado por el olor de las axilas huérfanas de desodorantes.

Y saltando de un lado a otro los olores de vaginas solitarias y hambrientas de una pasión efímera, si es que el baile, el río de cerveza que mata por ahogamiento la timidez y los recuerdos centellantes les regalan la venganza contra el hombre que de verdad amaron. Venganza que según ellas es perfecta. Venganza de sexo sin amor.

Intenté bajarme de mi moto de papel, me caí con moto y todo. Nos enterramos en el arenal donde había más de quinientas motocicletas estacionadas, o, mejor dicho, también enterradas. Así me enterré en el mundo de las «Fiestas Populares» que se realizaban, y se siguen incendiando, en locales amplios y sucios. Me adapté a sus reglas que se entendían cuando uno tenía la cabeza como una pelota, rebotando en la embriaguez del alcohol y el infernal sonido de inmensos parlantes que te asestaban poderosos golpes de gravedad del golpe-corazón del Bass.

En los días en que un canal de televisión local de Iquitos, Canal 19, filmaba un mini-documental de mi vida como escritor (presagiando comunitariamente mi muerte), junto al equipo de filmación (que, hablando verdades, el «equipo» era sólo una persona: José Carlos, una cámara y su gran talento como camarógrafo, editor y director). Después de dos días de grabarme hablando solo, como un loco, frente a una cámara y despotricando de los políticos que me habían hundido económicamente, a la mañana del siguiente día, creo que era sábado si es que no es otra burla de mi deteriorada memoria, al encontrarme con José Carlos no sabíamos qué más grabar. Entonces no se me ocurrió mejor idea que visitar a Gueri, entrañable amigo, y a su acogedora familia; quienes tienen una gigantesca sabiduría para enfrentar la vida y ser felices, sin necesidad de leer innumerables libros ni estudiar enmarañadas ideologías, cada uno de ellos siempre era un cúmulo de historias jocosas y fascinantes. Tal como siempre me jalaba a un rincón papá Gueri y me contaba las peripecias que pasó en su juventud con su grupo de músicos viajando por los ríos y tocando en cuanto pueblo celebrara su Fiesta Patronal, la campaña electorera de algún político ladronzuelo, un matrimonio, un velorio o lo que sea.

Sus viajes por ríos bravíos en botes, «chalupas», o canoas largas endebles, con un pequeño y ruidoso motor que llamamos: peque-peque; viajaban como una fábrica de alegrías, llevando música a pueblos tan remotos y olvidados por los gobiernos «de siempre» en la infinita selva. En esos viajes crecieron Gueri y su hermano menor Rommel (más conocido como Winsho), quienes jugando y escuchando los ensayos de los músicos viejos que acompañaban a papá Gueri, y entre correazos y reprimendas para subir al escenario, porque alguno de los músicos se quedó desmayado por tanto aguardiente antes de la presentación, aprendieron la magia de la música.

Sin escuelas ni pentagramas se hicieron músicos de gran calidad, natos y de gran talento. Cuando la banda de papá Gueri ya no rendía económicamente como antes, Gueri y Winsho tomaron vuelo y tocaron en varias orquestas provincianas de renombre, viajando por casi todo el Perú.

Cuando conocí a Gueri y Winsho, ambos tocaban en la orquesta Kandente, y yo un escritor y músico frustrado, inicié un proyecto musical que llamé: Bombobaile. La idea era fusionar la música folklórica mestiza e indígena de nuestra región amazónica con ritmos, instrumentos, sonidos y corrientes foráneas, haciéndola (debo recocerlo) más comercial y traspasar fronteras. Un buen ejemplo fue el trabajo que realizó Carlos Vives en Colombia con el vallenato. Gracias a su trabajo de años, abrió el camino para que la música colombiana (qué importa que fuera comercial o no) se escuchara y bailara en casi todo el mundo.

Yo me preguntaba: ¿Por qué la música de la sierra, que es tan triste, traspasó fronteras y en calidad artística y empresarial nos lleva kilómetros? Las orquestas y grupos de Iquitos sólo se encasillaban en hacer covers. Tocar canciones de otros músicos y eran pocos los temas que se componían en Iquitos.

Al final de ese proyecto, como la mayoría de proyectos hechos en el Perú, no importa si están hechos con el amor del corazón y el valor de los «huevos», murió, así como murieron muchas partes de nuestros seres. Me refiero a todas las personas que en esos meses empeñamos sin retiro nuestros huevos y corazones.

Menos mal que hace muchos años pude conocer y conversar íntimamente con uno de los mejores músicos y creativos de la selva peruana: Don Eliseo Reátegui. Ya convaleciente, tuvo la delicadeza de recibirme en su casa como un extraño visitante al que se le ofrece una silla para conversar. Eso fue unos cuatro meses antes que él muriese. Para mí, don Eliseo fue y es el mayor juglar de todo Loreto, si queremos hablar de toda la selva peruana habría problemas, porque no sabría elegir entre él y el maestro Juaneco. Menos mal que Juaneco nació y reinó en Ucayali.

En los días en que sentía cada vez más cerca mi partida de este contradictorio mundo, mis dedos tuvieron que sacudirse las historias de las orquestas de Iquitos. Yo viví ciertas historias con ellos y, al recordarlas, me es inevitable sonreír, sin importarme que esté en la silla de Fausto, sentado tres días seguidos sin dormir, con una botella de suero mezclado con un coctel de drogas compradas con receta médica, con una manguera de metal y un clavo pinchado en una de mis náufragas venas de mi brazo izquierdo que ya no es más comunista.

Fue necesario e imprescindible no dejar las historias tiradas en un rincón más de mis dolorosos y felices recuerdos. Pasaron cuatro años desde que las historias dormitaban en mi carcomido cerebro. O tal vez pasaron cincuenta años en que las historias a ritmo de vals me seguían como una «Nube gris» desde que abandoné Lima y me fui a refugiarme en Iquitos. Así, al ritmo del son afro-peruano, como me enseñaba el negro «Cotito» cuando intentaba enseñarme a tocar el cajón peruano. Él era invidente pero no tenía ninguna ceguera cuando quería ver almas.

En los días en que ya no iba a ninguna de esas Fiestas Populares, ni a ninguna otra, pues había agarrado fobia a la gente; gente conocida y peor si no las conocía.

Me enclaustré acompañado de cigarrillos, alcohol y cocaína de buena calaña (en ciertas temporadas). Mi cuerpo sentía el peor de los dolores al no inhalar cocaína. No dormía, no comía, mi único objetivo era terminar, este y otros libros, aunque yo no creía que alguna editorial las publicase. Mi deseo sólo era escribir mis últimas palabras en siete libros. Y en esa colección absurda y sagaz, donde tenía que estar clavada como nota musical, precisa en ritmo y sincronización, podría lograr una explosión de alegría, acompañada del meneo kaliente de los culos de las deseadas bailarinas.

En esos días ya no me envolvía en sudores y jadeos con bailarinas de orquestas, ni las enamoraba con regalos caros como si fuera un viejo verde sin erecciones de navidad ni noches de sortilegio, ni me emborrachaba en fiestas, discotecas o bares alfombrados de espesa saliva de licor y cenizas de cigarrillos contra el cáncer. Mi encierro era total, acompañado (solo) con los fantasmas de mi soledad.

Estaba escondido del mundo y sus inmundicias, de sus falsedades e hipocresías. Estaba tan solo que hasta la mujer que decía que me amaba me había dejado con mi enfermedad criminal y se fue con otro tipo, a disfrutar del sexo que tanto le gustaba. Innegablemente yo fui el culpable de que le gustara tanto. Así que, en estos momentos, otro imbécil está disfrutando de mi legado.

En esta soledad perpetua, me atrevo a contar ciertas historias de las dos orquestas más reconocidas de Iquitos. Será verdad o ficción, nadie lo sabrá, ni yo lo sé. Eso no importa. La realidad no existe, existe el mundo que uno mismo construye y camina a través de él. Suena a locura, pero si no fuera así, ¿se imaginan vivir en un mundo que otro inventó? Yo no acepto.

Esta novela no es para analizar o mirar a los personajes (la mayoría personas queridas) como animales raros o payasos que sólo sirven para divertir a la gente, sino de admirarlos por su talento artístico y sobre todo admirar el enorme corazón y su espíritu limpio de maldades, pero jocosamente ebrios de placer, licor y amores sin nombre.

Señoras y señores, tengo el agrado de presentarles la alegría, el canto, el ritmo, la embriaguez de nuestras penas, el hechizo de nuestras noches en una ciudad que no quiere ser llamada pueblo, un emporio multicolor de alegrías enclavada en plena selva inhóspita y aún salvaje, llena de mitos y magia exagerada.

Aquí, de pie, con un vaso de plástico en la mano, con cerveza helada en mi sed de amor, licor burbujeante ante mis ojos llorosos, la botella en el piso. Aquí, de pie, cerca al escenario, del lado donde cuatro bailarinas me castigan con el movimiento frenético de sus perfectos culos, con el poco sentimiento de felicidad que aún puedo robarle al destino, les entrego diciendo esta frase (anémica plegaria al veneno del desamor) que grita a viva voz el sarcástico animador de orquesta: «Goza de la vida, goza del amor… Báilala, vive, siente…».

Con ustedes: Explosión Kaliente

Cayo Vásquez

Una Rica Bailarina: Al fin mía, fantasía mía

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…Todavía no quería quitarle toda la ropa. Acaricié sus piernas con tal suavidad que sentí cómo se ponía su piel de gallina, o tal vez como piel de gallinazo. Ave carroñera de mal agüero. Yo estaba llevando la dirección de la «coreografía», hasta que la maldita me desbancó de mi «cargo». Me empujó y caí echado bocarriba en la cama. Me quitó las zapatillas, luego los pantalones a jalones, después las medias y por último mis calzoncillos. Me encontré totalmente desnudo, y ella en brasier, minifalda y calzón. Sin que yo le diga nada se agachó y empezó a darme besitos en mi pene, desde la cabeza hasta los testículos. Sin preservativo. Luego empezó a chupármelo con intensidad ondulante. ¡Qué peligro…! ¡Qué delicia…!

—¡Oh, Karlita, sigue así… ¡No pares…!

Yo estaba a punto de reventar. Hacía esfuerzos denodados por no eyacular. El fluido que sale del pene, llamado vulgarmente «agua de coco», brotaba como un géiser; ella se lo tragaba; y, cuando era demasiado, lo escupía en un moño, que hizo con una punta de la sábana. Mis dos manos empuñaban con fuerza una almohada, entonces ella cesó su cruel y delicioso jugueteo de su boca en mi pinga.

El sueño de todo asiduo concurrente a las Fiestas Populares con orquestas es tirarse a una de las bailarinas. Hombre viejo, maduro, joven o pajero adolescente, hasta lesbianas regordetas con camisa manga larga de hombre. Todos, todos las imaginan calatas, haciendo en sus colchones lo mismo que hacen en el escenario: mover sus empalagosos culos y tetas, al ritmo del desenfreno tropical.

Estas bailarinas son tan crudas, tan candorosamente salvajes, tan ciegas de modales y tan alegremente chabacanas que dan ganas de criarlas. Como visten no es una forma de vestir, sino una forma de alarmar. Como caminan no es una forma de caminar, sino una manera de joder a los pobres hombres. Típicas cholas selváticas, altas, algunas chatas, otras sin estatura que calificar, pero todas con el cuerpo bien proporcionado. En fin, son carnes andantes que despiertan hambre, hambre y sed, en cualquier hombre que tuviese al menos algunas gotas de licor en las dos cabezas, y un poco de venenosa saliva clavada en los caninos del deseo.

Así como en la gran Lima, las vedettes siliconeadas y acuchilladas por un cirujano plástico destrozan las pantallas de los televisores con el meneo de sus tremendos culos, aquí, en Iquitos, las bailarinas de orquesta son las vedettes de este pueblo. Lo más apreciable en ellas, fuera de sus eternos cerebros nuevos, que nunca tendrán uso, la mayoría nunca pasó por la camilla de un sádico cirujano plástico, ¿y por qué?, porque todas ellas son de condición humilde, y el viejo o el idiota (como yo) que «sangra» sin piedad, no contribuye para pagar esas operaciones que se realizan en Lima. Pero, aún sin cirugías, son mujeres con cuerpos esculturales, tallados al natural, sólo para joder a Dios, al gusto del señor artista Satanás.

Esos cuerpos, que supongo será un tema para momentos de debate con vino y tabaco entre Dios y el Diablo, son pulidos con tanto ensayo de baile, fuera de su público ávido de sal sin yodo. Luego son oleados sin sacramento en los escenarios, por tanto mover sus partes por seis horas continuas, cuatro veces a la semana. En temporadas de carnaval o elecciones políticas, son maléficamente perfeccionados todos los días.

Cuando la fiesta está por empezar, los músicos ocupan sus lugares en el escenario, cada uno toma su instrumento, los «plomos» pasan y repasan y conectan, y reconectan, acomodan los cables, zumbidos de acoplamiento. El sonidista hace los últimos arreglos, el animador empieza a probar los micrófonos diciendo: «¡Uno…! ¡Uno…! ¡Sí… sí… sí…!». E inevitablemente la invitación de siempre:

—¡A ver…! ¡Todos, todos, a entrar ya a este lindo local que la fiesta está por comenzar…! ¡Compren sus entradas…! ¡Compren sus entradas que sus amigos de la orquesta están por empezar…!

Ellas… (pues, para ellas su espacio no es el escenario, ni debajo del escenario, su espacio no tiene espacio. ¿La gloria tiene espacio? ¿La lujuria y el temperamento tienen escenarios?) Ellas… siempre se ubican en grupo de cuatro, al lado derecho del escenario, visto desde el público. O, dependiendo del local, cambian al lado izquierdo, o se reparten en dos grupos flanqueando a los músicos. Total, a los músicos sólo los escucho, a ellas las veo, y bebo, y bebo.

Fuera del escenario, abajo, en el piso donde mueren los inútiles mortales, justo frente a donde se ubiquen ellas, estos mortales hincan sus miradas en dirección a sus traseros, se aposentan como mosquitos parapléjicos, puntualmente. ¡Mañosos...! Sin ninguna vergüenza están al pie del escenario, viendo de cerca los movimientos de esas partes que amorosamente llamamos: «culos».

El contorneo de nalgas y el salto sobre salto de los pares de senos, son los latigazos más fuertes a la impotencia de no tener lo que queremos tener. Mientras los imbéciles que están a mi lado, y que no los conozco, me molesta verlos, acumulan cajas y cajas de cervezas, sin pensar (y sin importar) que el dinero que se están «chupando» es para pagar las deudas o la comida de la familia del día de mañana. Pobres borrachos folklóricos, no saben de verdaderos culos de mujer. En Lima sí hay culos de verdad, en Night Clubes de prestigio, a donde solía ir y emborracharme con una, dos o tres putas, quemando todo mi sueldo, sólo para matar la pena de la separación de mi familia. Y el resto de días del mes sobrevivía con la reventada de mi tarjeta de crédito del banco de los Romero.

Pero, como soy victima de mis propias mentiras y mi manía funesta de luchar por ser un hombre de verdad, lo admito, yo también formaba parte de ese grupo de gente que sólo miraba y admiraba el trasero movedizo de aquellas sirenas de tanguitas sudadas y botas brillantes. A esa zona muchos la llamaban «el rincón de los pajeros», a mí me llegaba altamente al pájaro.

Me encantaba ir a esas fiestas con cualquier amigo o conocidos, que después los dejaba olvidados en algún lugar y me deleitaba bebiendo un vaso de cerveza bien heladita, muy cerca del escenario, disfrutando de esas caderas que se movían cual diosas del deseo asqueroso, deseo delicioso. Cuando hacían el pasito de baile en el que sacudían sus cabellos como una sábana de hostal de amantes, me caía en la cara una lluvia de sudor, aceites de pelo malolientes y ganas, muchas ganas, de fornicar como un toro. Entonces cerraba los ojos y su perfume barato se metía en mis fosas nasales directo al corazón, como un petardo de orgasmo y goce no permisible. Hasta que se me acababa el dinero y entonces yo dejaba de existir.

Tambaleándome, medio, casi o bien borracho y más arrecho que nunca me subía a mi motocicleta, y manejaba a toda velocidad esperando morir colisionado por un camión de basura. Si me moría, entonces, Camila, mi ex-esposa que ahora se convirtió en mi post-fantasma, se sentiría culpable por abandonarme. Eso deseaba, pero llegaba ileso a mi departamento de soledades. Dormir para levantarme mañana temprano y volver a mi rutina de idiota de oficina, tarjeta marcada, sueldo con C.T.S. y boca cerrada cuando el jefe gritaba. ¡Malditos hijos de puta! Me siento un monigote. Ya no tengo mujer, mi hijo cada día me reconoce menos, el otro día que lo visité me dijo tío. No tengo enamorada, ni conozco alguna mujer que se enamore de mí. Sólo cuando cobro mi sueldo a fin de mes, me divierto con «perras», todo por dinero. Tres perras en mi cama haciéndome de todo. Me vence el sueño, al fin. El sabor en mi boca y corazón es amargo. «No son drogas, son mujeres…». Me digo, para no castigarme más y caer de una puta vez en el sueño de dormir.

Me levanté en este carbonizante mediodía, pensando que era lunes, y un susto amainó mi resaca: ¡Puta, me quedé sin trabajo! Sin fijarme cómo estaba vestido, caminé y salí a la calle, todo estaba vacío, no había gente, había silencio, entonces me di cuenta de que era domingo. Pasó un tipo gritando nombres de periódicos con la cabeza tapada con una bolsa de plástico, levanté mi mirada al cielo y una leve llovizna suavizaba la temperatura y el asfalto de mi cráneo. Después de no sé cuántos minutos me percaté que estaba en media pista empapado por la lluvia que se hacía cada vez más intensa. Me dije a mí mismo: ¿Si quiero algo, por qué no lo tomo? ¿Acaso no vivimos en un mundo de mierda, donde todo es caos y tristeza?

Entré a mi departamento. Me senté no sé dónde, me hablé con sinceridad y sin necesidad de mirar mi estúpida cara en el espejo.

—¡Hoy día me voy a cachar por primera vez en mi cojuda vida una bailarina de orquesta!

Busqué en todos los números de teléfonos garabateados en las paredes de todo mi departamento. Hice algunas llamadas y no encontré nada creíble. Ya hace tiempo, varios cafichos me habían desplumado con el cuento de la bailarina de orquesta que cobra cien dólares. Así que no me fié de esos sátrapas.

Sigo en el mismo domingo de rebeliones, son casi las nueve de la noche y ya estoy borracho. Las fiestas de domingos con orquesta empiezan en las tardes, con olor a almuerzo de pollada mal sazonada y humo de carbón. El local se llama: «TOA». Menos mal conocía al dueño de esta orquesta y la mayoría de músicos eran mis amigos, por eso me daba el lujo de chupar en pleno escenario al lado de los músicos mientras tocaban. Claro que el que mandaba a comprar las cajas y cajas de cerveza era yo. A los dueños de la orquesta les convenía, era más ingreso de dinero a sus arcas. Con Yadín, el guitarrista, manteníamos una amistad más sólida. Mientras tocaba una cumbia dolorosa, le dije al oído: ¿Cómo hago para tirarme a la bailarina Karlita?

Karlita. Una hermosa bailarina de pelo disfrazado de semi-rubio, pintado con el tinte de la huachafería y secado con un ventilador viejo, en el baratísimo centro de belleza «Cristo vive», de un homosexual llamado Llasira.

Karlita con «K», de Kilos de dinamita, para una gran explosión, o con «K», de kaliente. Diecisiete años, alta, un cuerpo de proporciones más que apetecibles. Hace meses me la habían presentado en una fiesta de una empresa maderera de unos amigos que tienen traza y fama de narcotraficantes, después de esa noche volví a ser un extraño para ella. No tengo ni traza ni fama de nada que signifique: dinero y diversión a borbotones; peor si estoy al lado de narcotraficantes, la comparación me achata más.

Yadín me contestó en medio de los miles de decibeles que tronaban nuestros tímpanos.

—La huevona creo que cobra sus trescientos soles.

—¡Yo pago!

—Pero, primero hay que llevarla a chupar unas chelas y luego a comer y de ahí ya les dejo solos.

—Listo.

—¿Estás en tu carro?

—Sí. ¿Cómo hacemos?

—En una hora más o menos terminamos de tocar. Cobramos nuestro «bolo» y de ahí la atrapo a la huevona y voy a ver si me sigue otra chola…

—¿Otra huevona?

—¡Para mí, pes’!

—Ya… Yo me voy al grifo Quiñónez. Ahí me estaciono y me tomaré una cerveza esperándoles, después ya vemos si vamos por la ciudad. Llámame a mi celular cuando estés con ella, para encontrarnos.

—Ya… ¡Pinga loca!

Esperé casi dos putas horas. Y no me tomé una, sino varias botellas de cerveza. Entre llamada y llamada con Yadín, cada timbrada era para mí un martirio, ya estaba perdiendo las esperanzas y escudriñaba la posibilidad de llamar a algún caficho para que me «ponga» cualquier hembrita y poder dormir tranquilo, sin tanta frustración.

Según me decía Yadín, por un lado, la jaloneaba Chucho Pecho, el maricón que enseñaba coreografías a las chicas; el maldito chivo se la quería llevar para que la «ponga» a otro huevón. Por el otro lado, Yadín (como no es ningún maricón ni caficho) le carajeaba a Karlita diciéndole que le convenía más conocerme, que no sea cojuda.

Habré hablado por celular con la asediada culona como cinco veces. Me interrogó como si ella fuese una agente de la policía, hasta el punto de decirle toda la lista de mis pertenencias, cuánto ganaba de sueldo, mi puesto y hasta supuestas situaciones de «ayuda» que yo podría brindarle en caso ella así lo necesitase. Claro que era una treta, de esa forma te sacan plata, inventando problemas familiares o de cualquier índole. Todo para no decir: Cobro tanto para tener sexo contigo. ¡Maldita espera! ¡Carajo!

—¡Oye! La huevona me aceptó, pero para vernos en la pollería «El Pollito» en la Plaza de Armas.

—Ya, qué chucha. Voy para allá. Puta, Yadín…, amárrate ese culo, que no se te escape.

—Ya, huevón, nosotros nos vamos en mi moto. Ahí te vemos.

Manejé como un loco hasta llegar a la Plaza de Armas. Me bajé del auto, entré al maldito restaurante y las ansias de la espera no pude ahogarla con tres botellas chicas de cerveza.

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