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Con ayawasca no se juega

Walter Pérez Meza

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Con ayawaska no se juega

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Nerviosos hilos eléctricos iluminaron los negros nubarrones que cubrían el firmamento aumentando los misterios y lujurias nocturnas de la ciudad. Noche de noches en Pucallpa. Noche para el insomnio.

Al encender el foco de su habitación, Edwin Vásquez vio brillar, en el gran espejo de marco dorado, como relámpago azabache, su escasa cabellera recién pintada. Le hizo un guiño pícaro a su varonil imagen. “Tengo pa’ rato”, pensó, sintiéndose joven, pleno. Caminó alrededor de una mesa de centro con adornos, acomodó las dos sillas de madera, revisó su enorme ropero y cuando se recostó en su enorme cama, cubierta por transparente mosquitero, musitó: “mañana, mocosa, mañana, estarás entre estas sábanas o, sino, dejo de llamarme Edwin”. Retozó, suspirando feliz. La noche se pintaba ideal para sus decisiones.

Como si fuera un buen augurio, al prender su receptor de radio, escuchó: “… ha decidido tener una aventura… a lo Casanova y le ha propuesto a una vecina que es casada, de la manera más vulgar y descarada que cuando su marido al trabajo se haya ido, lo llame para él ser su enamorado…”. “Sí”, dijo Edwin, entusiasmado, “grande Rubén Blades, tú sabes”... “Decisiones (Ave María) /Cada día (si señor) /Alguien pierde, alguien gana Ave María! /Decisiones, todo cuesta /Salgan y hagan sus apuestas / Ciudadanía”. Se sintió identificado. Apostaba a ganador. El premio sería la “mocosa” como llamaba, con cariño, a la Mycsi Paola.

Recordó cuando la vio por primera vez en un caserío del alto Ucayali. Huérfana, a sus 7 años de edad, estaba destinada a morirse. Tuvo pena al verla tan flaca como una vara de isana y la adoptó.

Se compadeció al mirar sus enormes ojos, deslumbrados, ante la gran ciudad donde la trajo a vivir. Día tras día, la vio crecer.

Cuando se convirtió en una bella adolescente, la deseó para él. Le hizo regalos, la llevaba a comer en lugares lujosos y caros. La asedió, la enamoró ofreciéndole una vida sin privaciones y hasta le construyó una hermosa y amplia casa, cerca de la suya. Ella lo rechazaba, a veces, con una mueca de asco.

“Te haré tragar tu desprecio esta noche”, se animó Edwin.

Afuera, los grillos frotaron campanillas oxidadas para espantar el silencio en la noche de carbón.

Edwin siguió alucinándose impetuoso y joven (alocado dirían los mal hablados). Un mes atrás, con abundante comida, ríos de licor, charros mejicanos había celebrado 77 años bien vividos. No se consideraba viejo.

Sus ansias de disfrutar eran tan inapagables, cómo desde aquel día, en que, tras cumplir 15 años, dejó la casa paterna para irse a trabajar en el campamento maderero de su tío Melecio, uno de los tantos habilitados del aserradero Astoria Importing de Iquitos.

En el campamento conoció a Panduro, un viejo matero y a su muy joven esposa, la huanuqueña Carmela, quien oficiaba de cocinera. Desde el instante en que se miraron, se gustaron. Ella no tardó en hacerlo su amante.

A los dos meses de conocer a Edwin, ella dejó a Panduro. Y, diez años después, ella lo había guiado por los laberintos del negocio de la madera, convirtiéndolo en uno de los más afortunados jóvenes madereros, especializado en la extracción de cedro, caoba y lupuna, las maderas más finas y apetecidas.

Carmela le enseño el secreto del éxito: esclavizar a los “indios” y habilitar a los mestizos de los caseríos haciéndoles trabajar para que paguen deudas impagables.

Hasta que una sorpresiva muyuna en el caudaloso río Ucayali, se tragó la embarcación donde viajaba Carmela. Su cuerpo nunca apareció.

Desde entonces, Edwin se convirtió en cazador de cuanta mujer se le cruzaba en caseríos o comunidades. No le importaba si tenían marido o eran solteras. Bastaba que aflojen el calzón en sus arrebatos de lujuria y licor. Según su estrategia, después de un par de tragos, ninguna se resistía.

La mayor parte del tiempo lo pasaba en sus campamentos, rodeado de bellas cocineras como si, con eso, rindiese homenaje a su Carmela. Los otros patrones madereros lo calificaban de “chusco” por no reunirse con ellos. No le importaba. Su fortuna atraía a las mujeres. Eso bastaba. Se consideraba un prohombre de la selva, incrementando la población con hijos desperdigados en barrios, caseríos y comunidades, algunos reconocidos con su firma, la mayoría adoptaba otros apellidos. “El que nace para ser gallo, hasta morir”, era su lema.

Sin embargo, su vida de rompecatres había sufrido un duro revés, aquella noche de la celebración de su cumpleaños 72, cuando Mycsi Paola, la “mocosa”, apareció en la fiesta con un vestido ajustado y un peinado de reina de belleza que la convirtieron en un mujerón, una diosa de ojos caramelo.

En ese momento (hacía de eso, cinco años), Edwin, sintió algo que sólo había sentido con su primera mujer: ¡se encendió de amor! Desde entonces, la enamoró, la requirió, la acosó. Ella, sistemáticamente había decapitado todas sus esperanzas. Cinco años duraba la decepcionante batalla para doblegarla, sin lograrlo. Él no se rendía.

Por eso, esta noche, la historia iba a cambiar. El brujo Amaringo se lo había dicho.

Protegido por un paraguas y alumbrado por una linterna, salió de su casa a la oscuridad de la calle mojada por una llovizna sin tregua. “Lluvia de viejo… no se sabe cuándo va a parar”, se dijo, riéndose. Edwin, no se sentía viejo.

Evadió charcos. Llegó al jirón Lago Titicaca, el renacal donde una débil alcuza iluminaba la entrada al tambo del ayawaskero Amaringo. Al descalzarse para entrar a un piso circular de madera de pona, reconoció un par de sandalias femeninas entre la larga hilera de calzados. Se sobresaltó. Fue su primer mal presentimiento de la noche. Quizás debió retroceder. Pero una fuerza (¿orgullo, vanidad?, quién sabe) lo empujó a seguir adelante, caminando lento, en la penumbra del tambo.

—Ven aquí —lo llamó una voz gruesa, firme, que le trazó un camino invisible.

Tropezó con pies de gente sentada en el piso de pona. Llegó hasta un punto luminoso que se avivaba y decaía, luciérnaga roja. Era un cigarro. Una mano le hizo arrodillarse y soplaron humo de tabaco sobre su cabeza, manos, pies. Shiuuuu, fiuuuu, shuuuu. Un canto telúrico abejeó en sus oídos llevándolo a otro mundo. En ese momento, surgida no se sabe de dónde, una voz lejana y débil le rogó detenerse, abandonar la sesión, irse de allí, hasta que escuchó que le decía: ¿no sientes la desgracia?. Pero él, no quiso ¿o no pudo?, abandonar el lugar. La fuerza implacable del canto, apoderándose de su cuerpo, de su espíritu, lo arraigó a la sesión.

Manos, apenas visibles en la penumbra, le acercaron un pate conteniendo el líquido sagrado, esencia de ayawaska y chakruna, preparada por ayawaskeros expertos en ikaros. Ayawaskero no es cualquiera. Durante años, se abstienen de comer sal, azúcar, grasas, carnes rojas, reprimen sus deseos sexuales para buscar la sabiduría, transmitida en sueños continuos por la milenaria soga de los muertos. Romper la abstinencia, lleva a la locura o la muerte, a veces lenta y dolorosa. Cualquiera no se atreve a ser ayawaskero.

El viejo Edwin, había escogido al mejor de todos: al Amaringo.

El oscuro líquido en sus labios tenía el aroma de la selva virgen, sudores del bosque, exótico perfume. Desde el fondo de su conciencia, la voz tenue, le volvió a advertir que si bebía ese líquido, ya no habría marcha atrás. Él, resuelto, testarudo, apuró el trago de sabor patco, amargo que no es amargo, dulce que no es dulce, ácido que no es ácido.

Lo sacudió una descarga eléctrica.

—¿No sientes miedo, no te arrepentirás de tu deseo? —preguntó una voz cuya ubicación era difícil de precisar.

El viejo, impulsivo, vanidoso, irreflexivo, respondió:

—¡El arrepentimiento es para los débiles y yo no lo soy!

Sin embargo, vaciló un par de segundos, luego, impetuoso, agregó:

—No le des tantas vueltas al asunto, maestro Amaringo, ¡haz lo que debes hacer!

Ni siquiera ha tenido que decirle lo que quiere, el maestro lo sabe. Por algo es el mejor.

Los ayudantes de Amaringo, lo llevaron hasta un rincón del tambo y como a los otros pacientes, lo recostaron en la pared de tablas.

Una voz vibró con los ikaros, cantos mágicos, combinación de idiomas. Poco a poco, Edwin se fue sintiendo leve, como si su cuerpo fuese humo. Mareado, cerró sus párpados. Luces de colores se movieron como serpientes luminosas. Múltiples sonidos. Aromas y perfumes. Enigmáticos símbolos aparecieron y desaparecieron en su cerebro. Intentó descifrar su significado. Imposible. Vértigo. mareo. De pronto enloquecieron sus tripas con ganas de vomitar. De alguna forma dominó sus entrañas. Otra vez volvió a sentirse laxo, un bienestar nunca antes sentido, especial, agradable. Le gustaría estar así, toda la vida, libre de preocupaciones, leve.

Pero no.

Sus ojos, se abrieron al ver una flotante túnica luminosa. Figura humana sin rostro, ni brazos, tampoco piernas. Fantasma danzando en el aire.

—Tranquilo, Edwin —dijo la voz de Amaringo— por última vez te preguntaré, ¿estás seguro de lo que quieres hacer?, después no me culpes a mí, porque eso hacen todos. Los brujos, como nos llaman ustedes, terminamos calificados como malditos, cuando sólo cumplimos los deseos de gente como tú.

Se produjo un silencio muy breve.

—Maestro, estoy muy seguro, pero, ¿puedes o no? —replicó, insolente.

En ese momento, lo asaltó un segundo presentimiento. Esa voz no era la suya. En algún lugar de su cuerpo, surgió un deseo, débil, de huir, abandonar ese lugar, esa sesión, la idea estúpida que lo había traído donde el Amaringo. Se angustió. Muy tarde. Shiuuuu, fiuuuu, shiuuuu, soplaron humo de tabaco sobre su cabeza. Shiuuu, fiuuuu, shiuuuu. Nuevo vértigo. Imágenes indescriptibles, en remolino. Sueño consciente.

Se vio volando sobre la calle, débilmente iluminada de su casa. De otra bonita casa, cercana, construida de madera fina, brotaron un joven de bigotes y una mujer. Eran su hijo y su nuera. “¡Que hermosa eres, mocosa!”, se deleitó el viejo mirando el cuerpo y rostro de Mycsi Paola. Escuchó besos. “Chauamorcuidate”. Su hijo, con uniforme de vigilante, subió a su bicicleta y pedaleó hacia la oscuridad.

Edwin, odió a ese hijo, engendrado en una de sus tantas mujeres. Ese muchacho le había “robado” el amor de la carita de luna, la “mocosa” Mycsi Paola. Por ella había dejado su agitada vida de maderero destructor de hogares, abusador de niñas vírgenes. Ya no disputaba, a balazos o machetazos, el amor de coquetas quinceañeras. Las que todo lo saben decían que había “doblado su rabo”. Como si fuera un tímido adolescente incendiado de pasión, pedía un guiño afectuoso, quizás una mirada de amor de la Mycsi Paola. Inconmovible, la “mocosa” ni siquiera lo miraba, aunque el viejo, enamorado hasta el delirio, le había construido y regalado esa casa, esperanzado en acostarse con ella. Y no había sido así.

En cambio, su hijo, recién salido del Ejército, en apenas una semana, la había cazado. ¿Por qué lo había preferido? El Viejo Edwin, que no quería ser viejo, al principio enloqueció cuando supo que su hijo se iba a casar con la Mycsi. Pasó tres días sin salir de su habitación. Después, a regañadientes, aceptó ese matrimonio, con la esperanza de que, cortándole toda ayuda, ella lo buscaría para implorarle dinero.

No fue así. Seis meses después, la pareja vivía, aparentemente sin problemas. Fue entonces cuando, ciego de rabia, Edwin decidió acudir donde el Amaringo para que hiciera ese “trabajito” decisivo, ese trabajito después del cual, ella seria sólo de él, de Edwin, el conquistador de los corazones más duros.

Desde su vuelo de ayawaska, gritó: “mocosa hoy serás mía”. Con placer, imaginó el desenlace: “vendrás a buscarme, carajo, sin calzón, vendrás”. Pero, en lugar de la dulzura del triunfo, se le agrió la boca. Fue otro presentimiento. Pero tampoco hizo caso. Su obsesión había puesto una venda en sus ojos.

De pronto, en su visión de ayawaska, vio una parvada de murciélagos atacando a su hijo en plena calle. Intentando escapar, el muchacho cayó a un hueco y se desnucó. Tras un largo suspiró se inmovilizó. “¡No, no, no!”, exclamó el viejo, espantado, pero después, pensándolo más, se sintió favorecido con esa muerte, se dijo: “¡a lo hecho, pecho!” y abandonó todo remordimiento. Su boca parecía un limón agrio.

Las visiones no terminaron. Lo que vio en la calle donde estaba la casa de su adorada “mocosa”, lo desquició.

De un árbol de mango, al costado de la casa de la Mycsi Paola, apenas se había alejado su hijo, se descolgó furtivamente un muchacho. El viejo reconoció al ágil “gato”, su vecino, y vio a su nuera, gatita golosa, abrazándolo, apasionada. “Mi hijo no era el único dueño de ese cuerpo”, pensó el viejo, e intentó gritar lisuras. “¡Mierda de arrecha!, conmigo te haces a la estrecha”, renegó.

Le pareció haber gritado escandalosamente, pero los pacientes de otros sueños en el tambo del ayawasquero Amaringo, no se movieron. Cada quien vivía sus propias visiones, sus pesadillas.

Estallaron rojas burbujas en el cerebro del viejo, un bombardeo de colores y figuras desconocidas, incontrolables. Entre sentimientos contradictorios, angustia, odio, miedo, sed de venganza, abrió los ojos, redondos, desorbitados.

Apareció Amaringo cabalgando una luz violeta y le dijo:

—Ya lo viste, has sacrificado mucho por alguien que no lo vale.

El viejo asumió su apresuramiento, y, quebrándose, suplicó:

—¡Ya no quiero, no mates a mi hijo, maestro! La que debe morir es ella, esa mujer maldita, maestro, esa mujer…

—Imposible. Te di varias oportunidades para detenerte y tú hasta me faltaste el respeto dudando de mis poderes. Si doy marcha atrás, los malditos demonios me comerían vivo. Tú mataste a tu hijo, tú lo pediste, viejo tonto, ¿para que has vivido tanto si nunca aprendiste que no se le desea la muerte a su propia sangre? Shiuuuu, fiuuuu, shuuuu. La sesión terminó para ti. Shiuuuuuu, fiuuuu.

—No, maestro yo sólo quería separarlo de la Mycsi.

—Lo que tu querías era desaparecerlo para siempre. Lo hecho, hecho está.

Shiuuuu, fiuuuu. Humo de tabaco cubrió la cabeza de Edwin. También sus manos en oración, todo su cuerpo. Como si se lo hubieran arrancado del cerebro, desaparecieron el mareo y las visiones. Cuatro brazos lo guiaron a la puerta. Autómata, salió a la calle mojada. No llovía, pero la tormenta sacudía las entrañas del viejo Edwin. “¿Es una pesadilla?”, se preguntó. El viento helado en su cuerpo lo trajo a la realidad.

Desesperado, corrió a buscar a su hijo. Pediría perdón. Se alejaría de su vida. Los latidos del corazón golpearon su boca. Ansioso, gritó “¡Ayawaska, nunca más! ¡Amaringo, brujo maldito!”. Y se silenció. Cayó al suelo como si un invisible rayo le hubiera arrebatado la vida. Lo envolvió la oscuridad.

Shiuuu, fiuuu, shuuuuu. Amaringo sopló humo de tabaco sobre el voluptuoso cuerpo de Mycsi Paola. Shiuuu, fiuuu, shuuuu. Sus ayudantes la habían traído desde un rincón especial del tambo del ayawasquero, donde, durante toda la sesión, estuvo soñando plácidamente. Le hubiera gustado seguir así, feliz.

—Listo, niña linda. Ya no tienes marido ni suegro.

—¿Qué hiciste, maestro?

—Librarte de ellos. Tú lo pediste. Yo no hice nada, ayawaska lo hizo.

Mycsi Paola, entonces, tuvo una visión final: el viejo maderero Edwin y su hijo sonreían, felices, en lujosos féretros de madera chilena en un velorio con escasos dolientes. Se puso nerviosa, sintió miedo. Después de un rato, serenándose, dijo:

—¿Cómo le pagaré, maestro?

Silencio. Amaringo desapareció sin responder. El misterio era su mejor arma.

La mujer salió del tambo al frio del renacal. Quiso vomitar, pero se contuvo. Recordó que, una semana antes, ella había buscado al Amaringo para quejarse de los manoseos descarados del viejo Edwin, sus intentos por someterla con violencia. Se había casado con el hijo del viejo, para poner una barrera pensando que la respetaría. Fue peor. El viejo la acosaba, descaradamente. Y el hijo no se quedó atrás. Comenzó a maltratarla, acusándola de tener un amante. No se equivocaba. Ella tenía un enamorado oculto: su vecino de ojos gatos. La vida de Mycsi Paola se convirtió en un infierno. Por eso, buscando una tabla de salvación, le propuso al ayawaskero: “líbrame de los dos”. En ese momento, el curandero, mirándola bien, le había preguntado: “¿algo más, estás segura de lo que has pedido?”. En segundos ella dio marcha atrás en sus propósitos y escogió al más odiado: “no, solo líbrame del horrendo viejo”. El ayawaskero respondió: “no depende de ti, ni de mí, lo que diga ayawaska eso se hará, lo que diga la planta madre, eso será”.

Y la madre de todas las plantas, la soga de los muertos, había hecho su trabajo. Ella ya no podía remediarlo. Una ligera turbación la fue envolviendo.

En la oscuridad de la calle, sin la mareación de la ayawaska, Mycsi Paola pensó en lo que había ocurrido y se asustó: “¡dos muertos!”. Pero después de respirar como si le faltase el oxígeno, serenándose, se justificó: “yo no pedí esas muertes”. Para calmarse, intentó negar la visión que había visto y se dijo: “es un sueño de ayawaska, todo es mentira, mentira”.

Se equivocaba. Con el Amaringo, cien por cien efectivo, todo era real. Los que acudían a su ciencia y resultaban favorecidos, lo consideraban un emisario de Dios. Los perjudicados lo calificaban como un maldito demonio. Al Amaringo no le importaba. Su poder venía de algún lugar impenetrable del bosque, donde todo tiene su lado bueno y su lado malo. Sólo los que saben no se desesperan y dejan que la vida fluya.

Paola en cambio, se flageló: “he sido estúpida, no debí desear lo indeseable”.

En esos momentos angustiosos, una voz, como revoloteo de abejas, llegó a sus oídos: “¿no te queman el cuerpo las cicatrices de las golpizas de tu marido? ¿no te espanta la violencia obscena de tu suegro? ¿no llorabas al escuchar a padre e hijo gritándote ¡puta!?, sin embargo, ¡te sientes culpable! De qué. No seas sufrida, aguantadora. ¡Valórate! Además, no eras la única con ganas de cobrarle al Edwin lo que les hizo a cientos de mujeres abusadas, a miles de hermanos indígenas esclavizados hasta la muerte, a ribereños cuyo dolor aumentó el caudal de los ríos cuando les quemaban sus parcelas; también el bosque sentía rabia por los centenarios árboles semilleros destruidos de raíz, por los millones de seres muertos cada vez que caía un árbol. Tranquilízate ¡tú no hiciste nada! fuiste apenas el último eslabón en esa larga cadena. Ayawaska lo decidió. Ayawaska cobró. Tarde o temprano somos víctimas de nuestras propias acciones. Siéntete libre, mujer, sin culpa ni pecado, libre, tú no has hecho nada”.

Mycsi Paola se calmó. Dejó de sentir frío. Espantó sus culpas. Su desgracia era haber nacido bella y en la pobreza.

Su odio iluminó la noche fría con una luz rojiza. Indignada, gritó: “bien, maestro Amaringo, ¡carajo!, bien madre ayawaska”.

Ya en su casa, extrajo del bolso, un frasco de perfume que le entregaron al salir del tambo del Amaringo. Lo mezcló con agua en una bandeja y, mirando hacia el punto por donde aparece el sol cada día, roció todo su cuerpo con esa fragancia. Escuchó un lejano ikaro. Se sintió relajada, limpia. “Nadie me acusará de pecadora. Amaré a mi vecino, de ojos gatos, sin esconderme. Ayawaska love”. Y se durmió.

Horas después, al despertar, abrió la ventana. Respiró aire fresco. Un cielo azul reemplazaba a la nocturna tormenta. Mujer renovada, pura en cuerpo y alma, supo que debía volver al tambo de Amaringo a pagar su deuda.

Porque, con Amaringo no se juega. Con ayawaska, tampoco.

Ángel o manshán

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Con el sabor de la sangre entre los labios y la intuición de la fatalidad, el hombre se refugió en su fe. “Los ángeles con sus enormes y santas alas vendrán a salvarme”, pensó con desesperado fervor. Quizás el propio arcángel San Miguel, matador de infernales dragones, con su espada de fuego arrasaría la maldad. ¡Gloria a Dios! ¡Aleluya!

Sus labios, como flores de esperanza, repitieron el Salmo de David: “El Señor es mi pastor, nada me faltará… En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce”. Calma. Valor. El camino al paraíso está plagado de dolor. Fortaleza.

Intentó levantar la cabeza. No pudo. Parecía soldada al pecho. Esforzó su voluntad. Nada. Rogó: “Padre celestial, ayúdame”. Después, recordando la humildad, castigó su soberbia por pedir ayuda: “perdona Señor, la carne es débil”.

Respiró intensamente el aroma de la resina del árbol de mango en el cual lo habían amarrado, golpeándolo hasta desmayarlo. “Respiro, luego existo”, ironizó.

Su descolorida y raída túnica flameó con el viento frío de junio, víspera de la fiesta de San Juan en la selva.

Pensando en su desesperada situación, se preguntó: “¿Nunca debí venir?”. Recordó el despertar de su vocación religiosa, durante su niñez, con la intensa lectura de crónicas, biografías, martirios, de los misioneros de la época de la conquista y coloniaje español. Tiempos bárbaros y heroicos. Admiró el sacrificio de audaces propagadores de la fe cristiana. Los misioneros que cayeron bajo nubes de flechas o devorados por “feroces indios antropófagos”, fueron su inspiración. Por eso, cuando, en la última década del siglo XXI, se ordenó sacerdote, había pedido una misión en algún lugar perdido de la selva para vivir como sus piadosos héroes de los siglos XVI al XIX.

“Sí señor Obispo, envíeme al rincón más apartado a predicar la palabra divina”. Ahora lo recordaba. Así había comenzado su camino sin retorno. ¿Se arrepentía? Sólo sabía que lo último en perderse es la esperanza y, él, esperaba a sus ángeles. Esperanza.

En sobrehumano esfuerzo, por fin, logró levantar la cabeza. Ante sus ojos, velados por delgadas costras de sangre, una mujer de contextura delgada, estatura pequeña, intensos ojos negros, nariz aguileña, rostro alargado, lo apuntaba con una pistola ametralladora. ¿La conozco? Su memoria, golpeada, no la recordó. Al verla tan tensa, temblorosa, murmuró: “mujer, te perdono, porque no sabes lo que haces”.

Alguien se acercó por detrás y le cubrió la cabeza con una capucha hecha con viejos trapos. Oscuridad. Respiró con dificultad, pero decidió mantenerse tranquilo, espigado. Parecía un muñeco haraposo, atado al grueso tronco. Sólo un milagro podía salvarlo. Su fe: “¡los ángeles vendrán por mí!”. Claro. Los enviados celestiales.

“¿Nunca debí venir?”, volvió a preguntarse. Recordó el ardiente sol de esa tarde de diez años atrás, cuando desembarcó en el precario puerto del caserío Nueva Jerusalén. Caserío perdido entre árboles de pandisho, con aire de pueblo fantasma, a orillas del río Sheshea, río que recién apareció en los mapas oficiales de la Amazonía peruana cuando compañías exploradoras descubrieron petróleo en sus entrañas.

Se alegró: era ¡ideal para iniciar su cruzada religiosa! Hasta el nombre parecía propicio. Pero, cuando llegó frente a una cancha de fútbol plagada de matorrales y, vio, al costado, una capilla sin techo, con las maderas de las paredes cayéndose a pedazos, más una enorme cruz de madera besando el suelo, sintió que se le iba el alma. ¿Algún religioso, antes de él, se había marchado, abandonando todo? ¿Por qué?

Por un momento, dudó. El entreverado gorjeo y trinar de las aves, los chillidos, el ulular, los broncos gritos entre el follaje, le produjeron temor y desánimo. “Señor, aparta de mí este cáliz”, parafraseó.

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