El despertar de los zombis – Capítulo 4

4

Evaristo Zuela llegó temprano al burdel. La semana estuvo buena, no podía quejarse. De entre todos los trabajos de la tierra, no le cabía duda, el suyo era el mejor. Amaba ver un cliente satisfecho. Si descubría a un lector selecto y podía intercambiar impresiones con él, o si un niño, en loca carrera, celebraba la llegada de un libro de Dinosaurios o una Mandala, la felicidad lo embargaba por partida doble. A diferencia de los lectores comunes, a Evaristo solo le gustaba sentir el libro. Lo palpaba, lo olía, e incluso dormía con algunos de ellos; pero leerlos, jamás, le era suficiente memorizar los títulos. 

Pidió una cerveza. Que sean dos, muñeca.

Las luces tenues del puterío le hacían sentir en confianza. Ese era su hábitat natural, ahí se sentía feliz, cómodo, como un verdadero rey.

—¿Te acompaño, papi?

—Bueno…

—¿Me invitas algo para tomar?

—¿El aire que respira le parece poco?

—El aire es de todos, y es gratis.

—No tanto, mi señora. Fíjese, Epicúreo tiene una teoría al respecto. Le explico…

—No gracias. 

—No se cabree. El aire… 

—O me invitas un trago, este de aquí, el de limón, o no quiero nada.

—Ese bendito trago cuesta treinta soles. Mejor toma agua del caño.

—Si no tienes cómo, ¿a qué vienes a este lugar?

—Epicúreo dice…

—Vete al diablo, conchatumadre.

Evaristo se acomodó en el respaldar del asiento. Qué se habrá creído esta loca, pensó. Uno viene a divertirse con la carnecita de verdad, no a gastar pólvora en gallinazo. 

—Su cerveza, señor —le pasó la voz una mujer joven, vestida de conejita.

—Gracias —Evaristo se quedó mirándola atentamente, “qué puta tan hermosa y a mi medida”, pensó, fuera de sí—. ¿Quisiera acompañarme?

—Yo no soy puta, señor. Búsquese una aquí, hay muchas —le indicó la ubicación de varias mujeres, dispersas en el salón —¿las ve?

—Estoy carretón, pago capricho.

—No insista…

—Cuánto por ese culo, mi amor.

La mujer se tocó el mentón. Necesitaba pagar la luz, el teléfono, el agua, la pensión de su hija. Ese cliente no parecía de los entendidos en las artes amatorias. Tenía cara de eyaculador precoz que se notaba a kilómetros, ¿y si se animaba a ganar unos cuantos soles en poco tiempo, con una movidita? No, no, y no. 

—Respete, tengo marido.

—Mamacita, me tienes loco cocoroco —Evaristo le agarró la mano y la abrazó por el talle.

—Deje, señor. Yo trabajo aquí obligada por la necesidad, honradamente. No soy puta. De esas hay muchas aquí, ya le dije.

—Ando en busca de una mujer decente, creame.

—No mienta, señor, las chicas dicen que es un putañero empedernido, un cacherito sin remedio. 

—Ellas no saben nada —Evaristo la miró atentamente—. No te vi antes por aquí.

—Soy nueva.

—¿Y cuánto te pagan en este antro?

—Setecientos, ¿por?

—Hagamos un trato. Yo te pago esa cantidad para que estés a mi lado esta noche. Siete ferros para ti solita, ¿qué dices?, ¿quieres?

—¿Cómo dice? 

—Que trabajes para mí —le enseñó un fajo de billetes.

—Me ofende… pero, es su dia de suerte, acepto. Eso sí, nada de besitos ni poses.

La puta de hace un rato, desde un rincón, ahora en la mesa de otro comensal, le mostró un puño cerrado. El desparpajo de esta veterana no tenía límites, se molestó Evaristo. Aún si le dieran mucho dinero a cambio, u oro, o diamantes, a una mujer de esa calaña, desdentada, sin forma, no se la tiraba ni cagando, tampoco se pondría a gastar su dinero invitándole tragos, ni hablar.  Para no verla más, abrazó a la conejita. Se sintió feliz. Nuevamente, Epicúreo tenía razón, se convenció Evaristo, “el placer es el principio y el fin de una vida feliz”, no podía ser de otra forma. 

La música estridente salida de los altoparlantes, y las luces multicolores, y la voz de la animadora, de pronto, cesó sin previo aviso. 

—Documentos a la mano, señores —se impuso la voz de un policía recién llegado.

—Ay, estos policías, me van a matar —se lamentó la conejita.

Evaristo no dijo nada. Con discreción, se fue apartando hacia el fondo del establecimiento. A duras penas, logró introducirse en el pabellón de las putas. Por suerte, la linterna del uniformado no lo descubrió, qué alivio. Evaristo no quería mostrar sus documentos, se rehusaba, nadie debía obligarlo a eso. Para evitar esa gran molestia, entró en la primera habitación que pudo, sin pensarlo.

—Me quieres robar, ¿no?, grandísimo chupaculos —escuchó una voz, de pronto. Era la dueña de la habitación, que llegó volando al ver que alguien entraba en su cubículo.

—No te quiero robar, solo entré aquí para evadir a los policías. 

—Mentira. Eres un pendejo. 

Evaristo, para su desgracia, reconoció a la puta de hacía un rato, a quien no quiso invitarle el trago de limón.

—Te pagaré lo que sea, no digas nada.

—¿Ah, sí? ¿Cuánto?

—Veinte soles. Y una súper tirada de regalo.

—¿Qué? No me hagas reir, pendejo de mierda. Ahorita te voy a tirar dedo, por tacaño.

—¿Cuánto quieres?

—¿Cuánto tienes?

Evaristo revisó su billetera. Tenía diez billetes de cien, ocho de cincuenta, tres de veinte y unas cinco monedas. La puta le arranchó todo en una, sin darle tiempo a reaccionar.

—Qué te pasa. Devuélveme, zorra.

—Con esto alcanza —se ufanó la guarra. Enseguida salió de la habitación e hizo un escándalo sin precedentes. Dijo, entre sollozos, con una teta afuera, lágrimas sentidas y mucha convicción, que el señor Evaristo Zuela, librero de profesión, culto, filósofo, no era ese hombre respetuoso y amable que decía ser. No solo la quiso violar por el culo, aseguró  (era riquísimo hacerlo por ahí, a ella le gustaba, pero con consentimiento, no a la fuerza), también se atrevió a golpearla sin razón, por puro placer.

El pobre Evaristo, esa noche durmió en una celda. Le darían, para empezar, tres años de prisión efectiva, por lesiones contundentes en el omóplato y desgarramiento de esfínter anal, en agravio de la señora Yenifer Salcedo, trabajadora sexual, con carnet sanitario 2341, pose favorita, perrito, hijos, cuatro, edad, sesenta. Archívese y procédase, en el acto, con el encarcelamiento del individuo implicado.

“La madre de Evaristo se enteró de la fatal noticia el día de la sentencia. Se la vio llegar cubierta en un manto negro, en señal de luto, de tragedia. En el canal oficial de las buenas noticias, de las primicias, seguiremos informando de este impactante suceso”. El reportero respiró hondo. “Corta ya, mierda”, ordenó.  

—No puede ser, me siento triste, él era mi hombre, mi sostén —declaró sumida en un mar de lágrimas la pobre mujer.

—Señora, ¿su hijo siempre fue violento?

—Nu, papá, él es buenito —señaló la mujer. 

—¿Y qué le pasó?, ¿por qué le pegó a esa pobre mujer?

—Quiero aclarar, joven, mucho ya están confundiendo —la mujer aseguró su dentadura, no fuera que se le caiga como en la mañana en el mercado—. Yo no soy su madre, joven, yo soy su mujer. 

“Impactantes declaraciones de una octogenaria mujer ha dado un giro brusco a la historia de Evaristo Zuela, el pegaputas. Sale a luz revelador vídeo en el que se puede ver, claramente, a un Evaristo maltratador e inconsciente. Insólito, señores. El dinero obtenido de la venta de libros, lo invertía en putas, ni más ni menos. Hijos son los más afectados”.

Dos hombres robustos, totalmente tatuados, se apresuraron a cerrar el paso de los periodistas.

—Dejen tranquila a nuestra madre —habló uno de ellos.

—¿Quiénes son ustedes?

—Los hijos de Evaristo, huérfanos ahora.

—Pero el implicado no llega a los treinta. Ustedes ya van a ser cincuentones. 

—Cállese, mierda, es nuestro papi y punto —respondió el otro.

Todos los medios, en ese día y en los siguientes, hablaron del caso sin parar.

A Evaristo lo escoltaron, dos días después, al puesto médico de primeros auxilios. Según relató, un tal Mamani Di Caprio y otros reos de regular porte, quisieron ultrajarlo en los pasillos de la ducha. No pudieron. Se defendió con puños y mordiscos, cabeceó, pateó, e hizo todo lo humano e inhumano posible para no dejarse violar. La defensa se prolongó a puño limpio, con huesos rotos para el fiero Evaristo, hematomas, chichones y más; pero con el cuerpo invicto, nada de mariconadas con él, primero muerto antes que ser cabro.

En esos días, la prensa siguió hablando a más no poder acerca del librero pegaputas. En tanto, el Congreso de la República dio la aprobación definitiva para la nueva ruta de impuestos a la exportación de minerales e hidrocarburos. Nadie tomó en cuenta esta decisión del estado. Otra noticia que generaba pánico, era la aparición de un nuevo virus. Según informaban los medios, en cuestión de días estaría llegando al país. 

Domínica Púrpura lloró en silencio el encarcelamiento de Evaristo Suela. La escasez del maldito dinero, una vez más, se empecinaba en hundirla en la peor de las desgracias, todo por culpa de ese marido inútil e inválido. Barajó la posibilidad de pedir ayuda a sus amigas para pagar una fianza, pero la animadversión contra el pegaputas era el sentir popular de todas las mujeres del país, incluyendo el de ese ramillete de cucufatas. Además, nunca les había pedido un sol. No, definitivamente no, prefería ahorrarse la vergüenza de tener un hermano tras las rejas. Nada más podía hacer, poco serviría ir a verlo porque eso no le daría la libertad, mejor se olvidaba de él para siempre, total, a quién le hacía falta un librero mediocre, adicto a las putas. La noche del despertar de los zombis, no obstante, Domínica pensaría en su hermano. Después de su perrito, aun con muchos defectos y pocas virtudes, aun siendo un putañero empedernido y pegalón, él no dejaría de ser lo más importante para ella. En algún lugar del país, no obstante, a cientos de kilómetros, en una reducida celda para procesados por hurto agravado y violación, Evaristo Zuela no la recordaría ni un solo segundo. En el último momento de lucidez, creería ver a la conejita del burdel donde empezó su desgracia, ansiosa de darle una súper chupada. Enseguida las venas de su cuerpo empezarían a abultarse, hasta que, finalmente, terminaría convertido en zombi. En ese estado, con la bragueta abierta, provisto de un descomunal, venoso y abultado falo entre las piernas, Evaristo Zuela, exlibrero, conocido en las portadas de los periódicos como el pegaputas, acabaría sus últimos días en los pasadizos de una cárcel.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir chat
Hola. 😊
Te podemos ayudar por Whatsapp.
Es más fácil por aquí.