El despertar de los zombis – Capítulo 9

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Los negocios turbios de Constantino Caponi Putoski, cordillerano de nacimiento, treinta años, casado, dos hijas, tuvieron mucho más auge con la llegada de la pandemia. A Constantino, pocos lo conocían por su verdadero nombre. Para todo el mundo, él era el capo Sotelo. 

Llegó a la ciudad en un camión frutero, a los siete años de edad, huyendo del acoso de su padrastro. Perdido en una larga travesía de orfandad, padeció hambre, frío y maltrato; pero se supo sobreponer. Otros niños de su entorno, agobiados ante tanta miseria, se lanzaron al abismo sin salida de las drogas. Otros, débiles de corazón, víctimas de una sociedad inmisericorde, dejaron de parpadear para siempre. Él no. Él, desde un principio, aprendió a enfrentar los peligros del mundo, o a sortearlos, a fin de cuentas, tarde o temprano, sabría arribar a buen puerto. 

La habilidad para sacar ventaja de lo bueno o de lo malo, la obtuvo en vivencias extremas. Aprendió a no respirar mientras inflaba el pecho para simular que hacía lo suyo con la bolsa de Terokal y así pasar desapercibido, a raíz de recibir una golpiza al negarse a hacerlo. Con la pasta básica, marihuana u otras drogas que recién conoció cuando empezó a comercializarlas de adulto, también se las ingenió de manera parecida, de modo que, mientras la adicción cercenaba el futuro de muchos niños y adolescentes solitarios, él se mantuvo incólume. La presión de grupo fue algo que nunca entendió del todo. Esas actitudes sin sentido, gregarias e irracionales, de obligar a alguien a hacer lo que no quería, lejos de fortalecer la continuidad de una pandilla o clan, así lo entendió desde el primer momento, no tenían razón de ser, eran absurdas, inútiles e innecesarias. En la percepción de Constantino, no se equivocaría, debía romperse ese ciclo de interdependencia para no fracasar en el intento de supervivir. 

La necesidad de agruparse, en la experiencia de Constantino Caponi, alias Sotelo, no tenía excepciones para los desamparados. O se unían a una pandilla y se adaptaban a ella, o se exponían a una muerte segura, así de simple. En su caso, gracias a los brazos fuertes que poseía debido al trabajo forzado en el campo, pasó por alguien de más edad. Solo una vez, el mayor de los once integrantes del clan, un esquelético joven de unos dieciocho años, tal vez, totalmente drogado, intentó violarlo. Mientras los demás dormían, le tapó la boca con un trapo, confiado en llevar las de ganar. Sotelo se había preparado para algo así. Nada bueno, lo sabía, era de esperarse de esa horda de fumones, por eso, escondido en un bolsillo secreto de su pantalón, guardaba un aguijón de unos veinte centímetros, fabricado de un alambre oxidado. El flaco Cocoroco Box y el colorado Santi, al parecer, no habían sido precavidos en ese plano. Si bien nunca estaría seguro de lo que pudo haberles ocurrido, algo debió pasarles, en definitiva, nadie cojeaba de la nada de un día para otro. Aquella noche incierta para Sotelo, en tanto, el avezado perpetrador amenazó con estrangularlo si no cedía a sus bajos instintos. Mientras una mano se ocupó de sellarle la boca, obligándolo a morder el trapo, la otra, en un santiamén, con una polera sucia, le hizo un bozal que poco lo deja sin aire. Ejecutada esta maniobra, extasiado, garañón, sin descuidar los pequeños brazos de su víctima, se bajó el pantalón. En medio de la oscuridad, tras despejar el camino, tanteó ese puntito añorado que estaba a punto de desflorar, casquito, delicia, e hizo una mueca de placer, llevándose los dedos a la boca. Enseguida trató de llenar de saliva sus dedos, para masajear el botín un poco, pero la boca la tenía reseca. Al no tener éxito, quizás pretendió usar su lengua, esa incógnita Sotelo no la resolvería nunca, porque justo cuando sintió que le cogían las posaderas, al fin pudo extraer el aguijón y, dominado por la furia y el miedo, acelerado por la adrenalina que recorría cada centímetro de su pequeño cuerpo, se lo clavó en el cuello con todas sus fuerzas. El agresor se detuvo. Aparte de un leve quejido de dolor, no dijo nada más. Se fue tambaleándose. Al día siguiente unos campesinos lo encontraron sin vida en un extremo del camino. Estaba desangrado.

Más o menos cuando Sotelo tenía catorce años de edad, el país se sumió en una inflación descontrolada. Los entrañables amigos de las buenas y las malas, camaradas al fin y al cabo, uno a uno fueron dejando este mundo cruel. A Pacho, o Pocho, la policía lo mató de un balazo al descubrirlo, in fraganti, robándose un televisor. Paulin murió en un accidente. Otros, de sobrenombres ya olvidados, murieron acribillados por un grupo paramilitar que mataba drogadictos y homosexuales, según decían, para limpiar la ciudad de la escoria. El loco Munrra murió con SIDA. Los únicos sobrevivientes, reformados, por lo menos con trabajo decente, en el tiempo de la inflación, fueron Evaristo Zuela Cocoroco, o Cocoroco Box, y el colorado Saturnino Antígeno, o Santi. Los tres, para pagar el alquiler de una modesta casa, repartían periódicos por la mañanas y en las tardes hacían de todo, desde limpiar frutas, lavar pescado en el puerto o cosechar leguminosas u otro sembrío según la estación. En la noche, gracias a un comisario que les seguía los pasos de cerca, se vieron obligados a estudiar en una escuela nocturna. 

La situación actual del país, lejos de ser una tragedia para Sotelo, fue una gran oportunidad. Ser repartidor de revistas y periódicos, a diferencia de los repartidores convencionales, le traería una gran ventaja, lo descubrió el día que pudo leer y entender, de largo, un párrafo completo de una noticia. Desde entonces, madrugó aún más para leer los periódicos y las revistas antes de repartirlas, no solo con el propósito de practicar una lectura fluida, sino con el afán de informarse del actual acontecimiento mundial. De ese modo, con información de primera mano, más los análisis de opinión de los entendidos en economía y bienestar social, dedujo, por pura lógica, mucho antes de que ocurriera la inflación, lo que pocos vieron venir. Cocoroco Box y Santi, alertados por Sotelo de la crisis venidera, en vez de aunarse a la propuesta de juntar las utilidades de los tres para invertir en un negocio sin pierde, lo mandaron a la mierda. No solo les pareció descabellado lo poco que entendieron, también el hecho de ser un mocoso de menos edad que ellos el de la iniciativa, un cholito cara de cuy, igualante, los ofendió hasta el tuétano.

—Guivones de mierda, si van a joder por incrédulos —se ofuscó Sotelo, al recibir la negativa de sus amigos.

—Cállate serrano conchetumare —le respondió el Santi.

—Aquí no estás en tu puna, causa, arranca nomás —reforzó Cocoroco Box.

El plan de Sotelo fue simple. Todos los días, con lo poco que ganaba, compraba una o dos cajas de cigarrillos importados, los más baratos. También, en menor escala, se proveyó de diversas conservas, solo de las que tenían fecha de vencimiento prolongado. Durante meses, estuvo en este afán. Para cuando los precios se dispararon y la gente hacía largas colas en los supermercados en busca de artículos de primera necesidad, Sotelo tenía lo suficiente para sobrevivir varios meses. Las sopas instantáneas resultaron siendo el premio mayor. A Cocoroco Box y Santi no les quedó otra opción que disculparse con el ahora amo Sotelo. En el fondo, le tenían miedo, sabían que pegaba duro, era una mole, esos brazos de acero de cholo recio contrastaban con el metro y medio de estatura que poseía. El mayor acierto del capo Sotelo, amo y señor de la venta de cigarrillos, fue venderlos en moneda extranjera. Las utilidades obtenidas, fueron cuantiosas. 

 A los dieciséis años, Sotelo debutó en el Farolito Rojo. En aquel histórico día, estrenó su primer esmoquin. El portero, al verlo llegar bien vestido en una camioneta de lujo, súper elegante, con una buena propina en las manos para él, lo dejó pasar no sin abrumarlo con cálidos mensajes de bienvenida.

—Pase, pase, divina majestad —le dijo.

—Gracias cujudo, me alegra que sipas quien manda —le respondió, orondo, orgulloso de ser alguien importante.

Antes no fue así. El portero igualado, dejándose llevar por las apariencias, más de una vez le había prohibido el ingreso. 

—Serrano hijo’eputa, ¿a dónde mierda crees que vas? —le había detenido en la puerta, la última vez que lo vio en andrajos.

—Adintro, pi, a dónde más.

—Aquí se viene con plata, chusco.

—Tingo plata pi, por eso vengo.

—Cállate, baboso. ¿Dónde está tu terno? —se había burlado el portero, entre risas—. Este lugar es de primera clase, no es para serranos. Te me vas yendo, o me veré obligado a botarte a patadas.

Con dinero, en cambio, el trato fue diferente. Constantinto Caponi Putoski, alias el capo Sotelo, esa primera vez de incursión al burdel, se sentó en la misma mesa donde se sentaría, años más tarde, Evaristo Zuela Cocoroco, medio hermano de Domínica Púrpura, el primer gran amor de su vida. Una puta de nombre Josy, veinte años, piel blanca, le dio la bienvenida. Sotelo miró la carta de pedidos. Vino tinto, wiski, habano y hielo para él, y para ella, ¿quí dijiste qui ti gustaba?, pidi numás, margarita blu, piscu, lo qui quieras, yo voy pagar. Esa noche grandiosa, descubrió el placer, o lo redescubrió de una forma más bonita. Con el Robert, para qué, antes de que se fuera a España a casarse con su novio mexicano, tuvo buenas experiencias; pero besar a un hombre nunca le agradó del todo, no había magia, incluso a veces sentía asco. En cambio con Josy, olorosa ella, muñequita, el deseo fluyó de otra manera. Llegar al clímax sin necesidad de recibir esos masajes “naturales” tanto en la intersección del escroto y el ano, como en el ano mismo, masajes indispensables para un buen desempeño sexual a los que le había acostumbrado Robert, fue un gran descubrimiento. Por primera vez, seguro de no tener traumas, se sintió un verdadero hombre. A Robert le estaría agradecido siempre. Él supo portarse bien de acuerdo a las circunstancias, le tuvo paciencia, fue un gran amigo. Sotelo lo conoció en la escuela nocturna. “No mi gustan los cabros”, le advirtió ni bien lo vio, sin imaginar que terminarían, más pronto que nunca, haciendo el amor todas las noches durante meses. En esa época Sotelo quería ser al menos como el flaco Cocoroco Box, pajero profesional, pero tampoco eso podía. Por alguna razón, la imagen de quien alguna vez pretendió ultrajarlo, se le aparecía en su mente justo en el momento que tenía erecciones. Veía una cara pálida, con la lengua salida, a punto de meterle lenguazos en el culo. Esas visiones no lo dejaban en paz, lo tenían loco. Robert, enterado del problema, encontró una solución a cambio de casi nada, solo de ligeros toqueteos. Lo logró. Esa noche en el burdel, tras lograr lo que creía imposible, Sotelo volvió a nacer. 

A Domínica Vivanco, maestra de escuela, veinticinco años, soltera, el capo Sotelo, antes de aceptarle llevar una relación de pareja, novios, enamorados o como ella quisiera llamarlo, le advirtió que solo se verían de vez en cuando, sin ningún compromiso de por medio. La llegó a querer más de lo debido, se sentía bien en sus brazos, pero él era un capo, un gangster, un mafioso del alto vuelo, no uno de esos payasos del montón que le daban a importancia a esas cosas, se sinceró una tarde, sin dejar de fumar, como ya le era costumbre, un enorme habano. La reciente mayoría de edad, dieciocho años, le permitió a Sotelo, al fin, no depender de intermediarios. Lo primero que hizo al cumplirlos, fue regularizar las acciones de Universus Buk y Asociados, empresa dedicada al rubro de impresiones, maquetación de revistas y libros, y librería en general. El primero de los dos locales de esta floreciente empresa, en realidad fachada de sus verdaderos negocios, empezó a operar en pleno centro de la ciudad con bombos y platillos. Precisamente en los interiores de este local, en un amplio salón repleto de cuadros pintados al óleo, Sotelo citó a Domínica para ponerle al tanto de cómo sería, en adelante, muy a pesar suyo, la relación amorosa que mantenían. La ilusión de tener hijos y de envejecer junto al hombre amado, de ser una luz cálida, se volvió, de la nada, en un abrir y cerrar de ojos, una noche oscura y fría, Dios santo, qué maldad, qué perverso, malo, misógino. Las lágrimas de Domínica, cargadas de odio sincero, mojaron de resentimiento al flaco Evaristo Zuela Cocoroco, amigo y socio de Sotelo. Bueno, no tanto; en realidad, amigo y trabajador de Sotelo. Cocoroquito, así lo llamaba Sotelo por aprecio, llegó iracundo, ebrio de ira, dispuesto a romperle el alma al amigo traidor, deshonesto y poco hombre que se había burlado de su hermana. 

—Pulga asquerosa, eres un maldito cobarde —le gritó, ni bien lo tuvo al frente. 

—¿Quí tienes oy? ¿Quí bicho ti ha picado? —se defendió Sotelo.

Evaristo le dio varios puñetazos en la cara. El capo Sotelo no quiso reaccionar, pero sí tocó el botón rojo de su escritorio. En contados segundos varios hombres corpulentos, por orden expresa suya, el jefe absoluto, se llevaron al agresor con la consigna de liberarlo sano y salvo a varias cuadras de distancia. Cocoroco Box entendió que el capo Sotelo le había perdonado la vida, lo supo cuando abrió los dos maletines llenos de dinero que le dejaron al lado. La señal era clara: él y su hermana debían largarse lejos, cuanto antes. En todo el tiempo que lo conocía, el proceder del capo de capos respondía a la justicia, obraba de ese modo, con una razón determinante, por eso jamás le había quitado la vida a alguien sin que se lo mereciera, por el contrario, siempre solía dar una nueva oportunidad antes de tomar el veredicto final. 

Pudo, Cocoroco  Box, largarse según la propuesta implícita de Sotelo.

Pudo haberle entregado el maletín con dinero que le correspondía a Domínica y quizás ella, con esa ayuda, no se hubiera visto en la necesidad imperante, algunos años después, de recurrir a la sombra de Diana Vivanco y otras mujeres de clase, para obtener migajas de reconocimiento. 

Pero no. Cegado por la ira, no en defensa de su hermana, de quien se olvidó una vez puesto a buen recaudo el botín, sino más bien instigado por la envidia de ser él un simple empleado y Sotelo, esa pulga de mierda, ese enano asqueroso, el jefe absoluto, decidió delatarlo. Lo odiaba desde el fondo de su corazón, más todavía desde que le dio la potestad a Santi para hacerse cargo de grandes cosas, ignorándolo por completo.

“Tras la denuncia de un ciudadano anónimo a una de las mafias más consolidadas de contrabando de licores importados y cigarrillos LAKI, ingresados al país en contenedores procedentes de Europa y Asia sin registro y sin pago de impuestos, los peritos especializados de la Aduanas y de la Policía Nacional, en presencia del fiscal de turno, el doctor Augustus Domingo de Ramos, allanaron un almacén subterráneo, ubicado en la calle Pichula, número 332, propiedad de Saturnino Antígeno Cali, conocido como Santi. En dicho inmueble, se encontró ingentes cantidades de los productos antes mencionados. El dueño del inmueble, en donde también funciona, en el primer piso, las oficinas de la editorial Universus Buk y Asociados, se mostró bastante sorprendido y adujo desconocer los negocios ilícitos que ahí se gestaban. La coartada que presentó para librarse de ser detenido, fue unos contratos escritos en idioma ruso que ya los peritos identificaron como verdaderos. Esta mafia, presumiblemente rusa, se cree que opera en otras partes de la ciudad”. En el lado izquierdo del periódico, se mostraban dos fotos, una de la casona y otra de los productos incautados. El capo Sotelo respiró hondo tras leer la noticia. Enseguida, con aires de importancia incluso en los momentos cruciales, ese era el proceder de los verdaderos gangsters y por supuesto, el suyo, dio una chupada a su habano. Por lo general, cada vez que fumaba, fingía tragarse el humo, pero esta vez, atosigado por la cólera y el nerviosismo, se tragó una cantidad considerable. 

—¡Mi ahogo, mierdas! —gritó, en medio de una tos imparable.

Todos se movieron para darle aire.

—El loco nos ha tirado dedo, patrón —habló Santi, luego del retorno a la calma.

Todos los presentes, murmuraron entre sí.

Los pasos de Cocoroco Box desaparecieron sin dejar rastro. Años después, Sotelo, el capo que seguía siendo capo, dueño de tres burdeles clandestinos en las afueras de la ciudad y de un laboratorio ultrasecreto de procesamiento y empaque de heroína, dio con los pasos de Evaristo Zuela. Lejos de hacer alguna inversión que le permitiera vivir en el futuro, el zampón traidor se había ido al Caribe a darse la gran vida. De playa en playa, rodeado de exuberantes morochas, rubias y mestizas, durante un buen tiempo, sin pensar en el futuro y sin mediar las consecuencias de sus actos, se gastó los dos maletines llenos de dinero. Al quedarse en la ruina, regresó a su país. En el afán de pasar desapercibido a los mil ojos de la mafia liderada por Sotelo, cambió su apariencia, o trató. Un corte de cabello al ras, lentes oscuros en el día o de medida en la noche, barba afeitada, maletín de rigor y un toque de filosofía en su discurso de rutina, hicieron de él un hombre nuevo, irreconocible. Su propia hermana, al verlo más delgado sin esa odiosa barbilla de toda la vida, tuvo dificultades para identificarlo. Así empezó, cambiado, a ganarse la vida vendiendo libros. Pero el haber estado en el paraíso, sintiéndose un rey en el regazo de muchas mujeres, era algo que no estaba dispuesto a olvidar, por eso, cada fin de semana, después de una larga jornada de caminatas y entregas de libros, visitaba uno de los burdeles de la ciudad, para engreírse un poco. Lo que no esperaba, fue caer en la trampa de Sotelo. Para empezar, no lo sabía, el burdel al que iba le pertenecía al capo de capos. Evaristo Zuela Cocoroco, más conocido como Cocoroco Box, de ser el rey de las putas, pasó a ser el despreciable “pegaputas”. Su detención fue confusa y fabricada. En torno a él se tejieron muchas historias absurdas, para ridiculizarlo. La mente maestra del capo lo orquestó todo al milímetro. El caso se volvió mediático, de interés nacional.

Con el arribo de la pandemia, se abrieron nuevos horizontes para Sotelo. Como era de esperarse, se aprovechó de la escasez de alcohol medicinal y medicamentos para lucrarse, igual que muchos. Los otros negocios en boga de su propiedad, es decir, los tres burdeles en las afueras de la ciudad y el laboratorio de procesamiento y empaque de heroína, se renovaron acorde a las exigencias actuales. El colorado Santi, experto en marketing para redes sociales, el número dos del imperio construido por Sotelo, trabajó día y noche, durante semanas, en la línea gráfica de lo que vendría a ser, en Instagram y Facebook, el canal de ventas más sofisticado de la ciudad. De ese modo surgió “YODYCA”, siglas de “Yo me Drogo y Cacho en Casa”. El logo, amigable y fácil de recordar, contenía un corazón en la O de la palabra YO. Fue un gran acierto, en palabras de los artistas y escritores asociados a la casa editora Universus Buk y Asociados, la ide era “brutal”, “formidable”.  El genio Santi se las sabía todas. En cada actualización, subía a las redes sociales memes con contenido subliminal, para captar no sólo clientes, sino adeptos. Desde que había sugerido, con éxito rotundo, inventarle una esposa octogenaria y dos hijos cincuentones a su “hermanito”, el felón Cocoroco Box, la mente la tenía más lúcida que nunca. Los clientes potenciales empezaron a llover a los pocos días. Frases o palabras como “Sublime pasión”, “Partidazo”, “Clímax”, “Cucú”, “Lluvia con antojo”, en medio de imágenes sugerentes, alusivas al sexo o a drogas de alta pureza, fueron la sensación del momento. El éxito de la campaña ganó terreno gracias a lo sutil de la información vertida. Lo demás, previo filtro, era trato directo. El rango de edades de putas para el delivery, en promedio, era de dieciocho a veinticinco años. Y en el caso de las drogas, a la heroína se sumó clorhidrato de cocaína, morfina y metanfetaminas. A raíz de las exigencias de algunos clientes, Sotelo extendió el rango de edad de las putas de catorce a cincuenta años. Fue un error hacerlo.

En paralelo a los negocios turbios, Universus Buk y Asociados, para mantener el estatus que le permitiera declarar grandes sumas de dinero al cierre de cada mes y así ir “limpiando” las ganancias mal habidas de manera legal, desde el inicio se dedicó, entre comillas, a promover el arte y la creación literaria nacional. En el lujoso auditorio del tercer piso, era usual hacer recitales de poesía, presentaciones de libros o exposiciones artísticas. En ese mundo de intelectuales, el otrora capo de capos, se hacía llamar el doctor Sotelo. Por ser mecenas de muchos escritores, organizar concursos literarios y ser un ferviente coleccionista de obras de arte, tenía mucha popularidad. Dentro del catálogo de obras cumbres publicadas, por supuesto, estaban incluidos el escritor y Youtuber Manolo de las Rayas, el dramaturgo Wiwi Velo, los poetas Richi Egosadth y Consagración Fernández, y la escritora, ex primer amor de Sotelo, poetisa, magister y especialista en literatura especializada para personas que aman los animalitos, Domínica Púrpura. El capo, como siempre, no se equivocó. Invertir en esa sarta de engreídos, egocéntricos y caricaturas de seres superiores, fue una jugada maestra. Quien en su sano juicio podría sospechar de él, le aseguraba al colorado Santi, orgulloso de pasar inadvertido a los ojos de la justicia, siempre con un habano encendido. Ninguno de esos mariquitas uniformados le pondrían el guante nunca, imposible, a un intelectual de ligas mayores, promotor cultural, baluarte de la cultura, se le debía rispito, sí siñor, condor pi papa, de alto vuelo.

El imperio de Constantino Caponi Putoski, alias Sotelo, reforzado con influencias de políticos, jueces, fiscales y gran parte de las fuerzas policiales, de pronto, con la conversión obligada de la moneda nacional a la nueva divisa internacional impuesta por NOWA, se desestabilizó en un abrir y cerrar de ojos sin que pudiera tomar en cuenta las medidas correctivas del caso. Para colmo, el jefe mayor de la división especial de casos de trata de personas y de contrabando, de la gloriosa Policía Nacional, le advirtió, en persona, sobre el mega operativo en marcha, dirigido no desde su dependencia, sino de las mismísimas oficinas del Servicio de Inteligencia Nacional, SIN, a cargo del Dog. Trescientos efectivos totalmente armados, preparados para desmantelar organizaciones criminales, incursionarían a la misma hora, seis de la mañana, en el plazo de dos días calendarios, en todos los locales del capo. Para salvaguardar la integridad de su mujer e hijas, Sotelo intentó ponerlas a salvo en una de sus propiedades, la más discreta, pero las fiebres de hacía dos días, se intensificaron en ellas. No le quedó otra opción que arrinconarlas en el sótano, donde morirían acribilladas a balazos, dos días después. La mujer que conoció en la llamada ciudad imperial, madre de sus dos hijas, a quien amó y amaría con intensidad hasta el último minuto de su existencia, le dejaría un vacío imperecedero, abismal. Aquel suceso sangriento, sería un antes y un después en su vida. Nunca más, en adelante, volvería a ser el mismo. 

Alertado de la incursión policial, en las instalaciones de Totos, el burdel más alejado de la ciudad y el más grande, luego de despejarlo de las putas y demás trabajadores, Sotelo armó su propio ejército para resistir la acometida. No tuvo opción. En las actuales condiciones, movilizarse le habría resultado imposible. O se batía a balazos o lo perdía todo, ese fue el panorama desde el inicio. Algún día tenía que suceder, el capo ya lo había previsto. El armamento sofisticado, provisto de cerros de municiones, guardado en un compartimento especial, en una especie recámara protegida con una contraseña de diez dígitos, fue una gran revelación para sus hombres. Querían guerra, la tendrían. En el tiempo restante, con mucha precaución, compró todas las divisas internacionales impuestas por NOWA que le fue posible, para emergencias futuras, y las escondió en el lugar al que nadie, con toda seguridad lo pensó, iría a buscar: la librería Universus. Para esta acción, se caracterizó de mujer. El uso obligatorio de cubrebocas ayudó en parte.

El enfrentamiento fue sangriento. Lucharon horas y horas. La toma de Totos se transmitió por Facebook y YouTube, aunque después desaparecieron casi todos los videos porque contenían imágenes de violencia explícita. El capo resistió junto a sus hombres, ni un solo rasguño lo lastimó. La estrategia de dejar que los demás negocios operaran con normalidad para no darse a sospechar de que conocían el plan venidero de las fuerzas especiales de la policía, fue acertada, le permitió a Sotelo ganar tiempo. Cuando los comandos de NOWA y varios batallones armados del ejército se unieron al diezmado, casi nulo, pelotón policial, decenas de helicópteros sobrevolaban el cielo del derredor. Para entonces el capo de capos, seguido de un reducido grupo de sobrevivientes, trece exactamente contándolo a él, se encontraba a varios kilómetros de distancia. Túneles, caminos secretos, bosque denso, fueron los parajes recorridos. Los seguidores de Sotelo, incluído el colorado Santi, habiendo sido testigos de la osadía y pericia para matar del capo, no solo le temían más, también le guardaban absoluta lealtad y respeto. 

En los siguientes días, el gran Saturnino Antígeno Cali, limpio de toda investigación, en teoría dueño de la casa en donde funcionaba Universus Buk y Asociados, se encargó de recuperar el dinero o divisas extranjeras escondidas en el ambiente que funcionaba como librería y, tal como le había indicado Sotelo, llenó el sótano con todo tipo de abarrotes comestibles. El plan del capo no fue preciso. Creyó que ocurriría algún tipo de crisis en el país, que sería objeto de una persecución implacable, o algo parecido. No imaginó, ni en sus putos sueños, que pronto la gente empezaría a convertirse en zombis y que él, el sanguinario Sotelo, el capo de capos hasta el fin de los tiempos, terminaría volándoles la cabeza para sobrevivir. La copiosa despensa, al fin y al cabo, serviría para mantenerlos con vida en los próximos meses.

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