El despertar de los zombis – Capítulo 8

8

A pesar de no tener un brazo completo y de haber sido mordida en la mitad de la cara, las enormes y curvilíneas tetas de Tetiana Vasco Chupapija se mostraban recias, descubiertas en gran parte. Al igual que otros zombis, llegó a los exteriores del centro comercial atraída por la activación de una alarma que no tenía cuándo dejar de sonar. La parte sana de su rostro, todavía mostraba cierta belleza, salvo por los ojos inyectados de sangre. El cabello ensortijado, en otrora tiempo provisto de exquisita fragancia de flores aromáticas, reposaba sobre sus hombros en franca competencia con vísceras putrefactas, reunidas ahí producto de los recientes festines. A ciencia cierta, no se podía definir si los zombis tenían algún atisbo de inteligencia o si actuaban por instinto. Sobre esta interrogante, en un futuro no muy lejano, los entendidos especularían hasta el hartazgo; sin embargo, en las afueras del mencionado centro comercial, algunas de estas siniestras criaturas parecían no haber perdido la conciencia del todo. Los casos eran particulares. Llamaba la atención, por ejemplo, el de una mujer zombi de unos veinte años. Esta tenía, en una de las manos, un celular encendido en el que cada diez segundos, en modo selfie, se miraba con la lengua afuera. Otro zombi, en la vereda del frente, vestido de traje y corbata, caminaba en idas y venidas todo el día, en busca de atravesar, en vano, la puerta de vidrio del banco BVB-NOWA. Y así habían otros, algunos con marcados tics nerviosos. El caso de Tetiana era extraño. Mientras los demás zombis buscaban en sus ocasionales víctimas las zonas del cuerpo provistas de músculo o las vísceras u órganos, ella, guiada por un instinto salvaje, prefería rebuscar en las entrepiernas de los hombres para comerse una buena verga, con escroto incluído.

La noche del despertar de los zombis, de eso ya hacía varios días, Tetiana decidió salir a fumar en la vereda de su casa. Acababa de chupársela a su esposo, se sentía agotada, la hazaña de succionarle el esperma le había tomado cerca de dos horas. Respiró hondo. Hacía calor. El olor a semen le recordó a Gato Sméagol, lo extrañaba, hubiese dado lo que sea con tal de tenerlo cerca en ese momento, aunque sea un rato. 

—Sméagol —habló en voz baja, mientras se llevaba el cigarrillo a la boca—. ¿Dónde estarás? Quisiera verte una vez más, solo una.

Escribió en el buscador de contactos de su celular, I-N, ahí estaba, Ingeniero JSP, ¿debía llamarlo? Volvió a fumar. 

—¿Teti? —llamó su marido, desde el fondo.

—Mi vagina te extraña, Sméagol, mi loquito —siguió, como si no escuchara—. Tengo unas ganas locas de que me caches toda la noche, pero tú no me quieres, tú ves en mí a un objeto sexual, y así no me gusta, yo quiero sentirme amada, recibir lo que doy. No importa, quiero verte… 

El ruido que produjo un vidrio al romperse en la casa de al lado, donde vivía María Can, alarmó a Tetiana. Los gritos que siguieron, probablemente de Maria, la hizo temblar de miedo. “La están matando”, pensó. Estaba acostumbrada a su vocecita de perro, a veces no podía diferenciar si le hablaba o ladraba a su esposo o hijos; sin embargo, esta vez los gritos realmente la asustaron.

—Teti, ¿estás bien? —insistió el marido.

Tetiana no respondió. La vecina no era santa de su devoción; en alguna pendejada, sin duda, se había involucrado. La conocía bien. María Can le debía dinero a todo el mundo, incluso a ella, quizás ese fue el origen de su tragedia. Igual no merecía la muerte esa ordinaria cara de culo, no de esa forma tan violenta. ¿Pero realmente se trataba de ella? Tetiana fue presa de sentimientos encontrados. No podía olvidar cómo esa prostituta, camuflada en una eficiente ama de llaves, se las había ingeniado para entrar a los lugares prohibidos de la casa, no para robar, peor que eso, la maldita abusó de su único hijo, la violó, le robó la virginidad. Lo peor fue que no pudo denunciarla, Robertito se opuso, amenazó con irse de la casa; además, y tenía razón, ya era mayor de edad. Para colmo, el inútil de su padre no hizo nada al respecto.

Otro grito la sacó de sus cavilaciones, esta vez del otro lado de la calle. No pudo distinguir bien de qué se trataba, hasta que, al acercarse unos pasos, pudo reconocer una silueta forcejeando con otra. Estiró el cuello para ver mejor. Al parecer, eso creyó, alguien se estaba comiendo a una persona viva.

Desde la casa de María Can, mientras retrocedía asustada, ahora sí, dispuesta a entrar a su casa y cerrar las puertas con llave, el gringo Karl Inuma, el esposo abnegado de la señora Can, popular en el sector por ser un bebedor empedernido, salió tambaleándose, bañado en sangre. Detrás de él, gravemente herido, arrastrándose, le siguió los pasos Karl Segundo, su hijo mayor. Finalmente, Karili de los Arrebujos, la hija menor, se detuvo en el umbral de la puerta. Tetiana se llevó las manos a la boca. La escena parecía sacada de una película. 

El gringo Karl, salvo la debilidad por el aguardiente de caña que corría por sus venas, no era un mal elemento. En las horas de sobriedad, pocas al día, era amable, servicial y buen conversador. Se sabía chistes de grueso calibre. Quienes conversaban con él, reían a carcajadas. Si había algo que lo distinguía, era su carácter pacífico y conciliador, por eso cuando Tetiana lo vio lleno de sangre, de plano lo consideró una víctima. Del obeso Karl Segundo, o Karloncho, veinticinco años de edad, secundaria completa, fan destacado, casi friki, del talentoso músico Le Tongué, experto en crear excusas para evadir cualquier trabajo, pésima influencia para Robertito, tuvo ciertas dudas al verlo arrastrarse con tanto dramatismo, a ese gordo haragán le gustaba fingir, era mitómano, y de cantante no tenía ni mierda, por el contrario, esa voz horrorosa, cada vez que se ponía a ensayar para una futura presentación “estelar”, no la dejaba en paz. Baboso. Ridículo. Un día cometió el error de contratarlo para mover unas cosas. En todo sentido de la palabra, resultó siendo un inútil. “Doñita, me vas a disculpar, pero yo no he nacido para esto; yo estoy aquí, porque voy a ser un cantante internacional. Para mí es una gran ofensa cargar cajas, prefiero morirme de hambre”, se justificó. Aquel día fatal, tras darse cuenta de que llevaba las vísceras afuera del cuerpo, le creyó. No, no estaba fingiendo. 

Tetiana extendió sus manos y asió la perilla de la puerta. 

De toda esa gentuza, con la venia del altísimo, la princesa Karili no merecía ese destino, ella era la dulce excepción, la elegida para Robertito, aunque en una época tuvo una etapa de cojuda, prefirió darle bola a un vago, a un estudiante universitario bueno para nada, pobretón. Como se dice en el argot, se emperró con él, despertó a la tragona de amor que cuidaba celosamente entre sus piernas y se empachó de carne fresca, mañana, tarde y noche. Maria Can la encontró en el río, en pleno banquete. Le dio una soberana paliza. Karili se tuvo que resignar, no volvió a ver al universitario nunca más; en cambio, Robertito le extendió una mano amiga, un brazo cálido, dos brazos cálidos, y tanta fue la constancia de sus atenciones, que terminó por horadar, con mucha paciencia, la roca de su indiferencia. A Tetiana no le agradó la unión al inicio. En su lógica, si la madre ladraba, si el hermano emitía rebuznos en vez de canciones, si el padre vivía en la embriaguez, entonces, aquella muchacha de lindos ojos, algún defecto debía tener. Tetiana fue dura, buscó imperfecciones absurdas en los detalles más insignificantes, la cuestionó con casos hipotéticos y hasta le impuso la manera correcta de vestir; pero la nobleza de Karili obró por cuenta propia, ablandando su corazón. Maria Can también se resignó a la desatinada elección de su hija, “tanto ya pues no eliges bien so’ bruta, solo espero que no me salgas con tu domingo siete”, le advirtió, cuidándose de no revelarle lo buen amante y bien dotado, le constaba, que era Robertito. “Ese tiene cara de pervertido, se le nota, cuidadito Karili con hacerle probar, primero termina tus estudios, de ahí ya te vuelves puta si quieres, antes no, mientras te mantenga me respetas la casa”.

—¿Qué demonios ocurre? —preguntó el marido de Tetiana, fastidiado por no encontrar respuestas en su mujer. A duras penas, totalmente desnudo, había logrado llegar al pasadizo principal.

Tetiana lo escuchó a medias. Cuando se conocieron, de eso hacía más de dos décadas, lo amó desde el primer segundo. Supo que él era el elegido, porque nunca antes, en ninguna de sus salidas, se sintió tan cautivada. Todo de él, ojos, boca, pompis, calzaba perfecto en sus preferencias. En la primera cita, la calidez de esa voz melodiosa, pronunciada con tono varonil, la obligó a ir al excusado a bajarse la calentura con las manos. Fue increíble. Nunca antes se había excitado con las voces de sus exs, menos, ni en sueños, pensó hacer lo que hizo, pero a lo hecho, pecho, no pudo contenerse, papi, cógeme las tetas, chúpalas, rómpeme el orto, perfórame la concha, mierda, qué orgasmo tan cabrón, qué intenso. Esa noche fue perfecta, divina. Después de comer, salieron a caminar un rato. No, él no le metió la mano al pastel esa noche, tampoco las  siguientes. Podía tocar, solo eso, otra cosa, imposible; si la quería completa, primero debía llevarla al altar, le advirtió Tetiana. 

—Teti… —insistió el marido. 

Al tercer mes de haberse conocido, se dieron el sí. Desde entonces, el futuro se proyectó prometedor, al menos sin carencias económicas. Robertito creció feliz junto a sus padres. Así pasó el tiempo. Con el devenir de los años, el esposo de la voz melodiosa de cuando se conocieron, dejó de ser atento, se volvió un tipo irascible y solitario. La razón: una enfermedad congénita en los huesos. Aunque Tetiana les decía a sus amigas más cercanas que no tenía problema alguno en el plano sexual y que de hecho, de tenerlos en el futuro, le guardaría lealtad eterna a su único hombre y esposo, la verdad era otra. Le jodía no ser correspondida, ¡ay!, ¡qué cólera!, la falta de orgasmos le producía dolores de cabeza. “No, papacito, soy joven y tengo mucha arrechura, de que cacho, cacho, lo siento mi rey, pero mi vagina necesita una verga bien parada con urgencia”, se dijo un día, ofuscada por la frustración. De ese hombre cachondo que alguna vez fue, del que aún seguía enamorada, no quedaba ni la sombra; entendía que el no poder disparar el pájaro era una consecuencia ajena a su voluntad, pero carajo, ninguna mujer podía vivir sin pinga, además, ella no tenía la culpa de su disfunción. Tetiana aceptó tener un romance con uno de sus colegas del trabajo, con el jefe, para ser exactos, e hizo de su vida una retahíla de emociones nunca antes vividas. Los amantes, ambos casados, tuvieron larga data de encuentros clandestinos, unos más arriesgados que otros, en lugares indistintos. La fiesta se acabó con la aparición de Gato Sméagol. A Tetiana Vasco Chupapijas, casada, un hijo, psicoterapeuta de profesión, experta en felaciones pero solo con sus parejas, mejor amiga de Diana Vivanco, el ingeniero Juan Salvador Pipito del Prado, o Gato Sméagol, la sedujo con poemas de amor y flores. Tarde se enteró de cómo este individuo despreciable, seductor de mujeres inteligentes, encantador profesional y adicto a la mentira, usaba el mismo modus operandi con otras incautas.   

—¿Qué le pasa, vecino? —le dijo Tetiana al gringo Karl Inuma, al tenerlo a pocos metros de ella. La perilla de la puerta giró en sus manos.

—Te-ti… —llamó el marido, con voz débil, imperceptible.

El jefe de Tetiana y Gato Sméagol, no fueron sus únicos amantes, en su haber también había aves de paso de un solo encuentro. A ellos no los recordaba, para qué, no merecían estar en sus recuerdos; en cambio, ella en la memoria de ellos, estaba segura, perduraría para siempre. “A los hombres, para que no te olviden, solo hay que chuparles bien rico la pinga”, le comentaría más de una vez a su amiga Diana Vivanco, en los buenos tiempos, antes de robarle el amor de Gato Sméagol. 

—Chupa como las diosas —le aseguró Gato Sméagol a Mendrock, en ese mismo instante, a varios kilómetros de distancia, en Palitrokes—. Y se lo traga todito. Tetiana es de las buenas. 

—El siguiente poema que voy a leer, se titula Dos luceros. Se lo dedico a mi musa; ella no sabe que yo la amo con todo mi corazón—. Antes de leer, el poeta Consagración Fernández, en otra mesa de Palitrokes, al fondo, en el segundo compartimento, se puso unos lentes de medida. Frente a él, Domínica Púrpura, roja de vergüenza al saber que ella era referida “musa”, para evitar encontrarse con los ojos del poeta, bajó la mirada. No había tenido el valor de mandarlo por un tubo ante los insistentes mensajes de amor recibidos a través del WhatsApp, pero ganas no le faltaba. Si al menos Richi se fijara en ella, tan lindo él, tan encantador, otra sería la historia. 

Tetiana abrió la puerta. Por fortuna, tenía ventaja. En cuestión de segundos estaría del otro lado, segura de lo que sea que estuviera ocurriendo allá afuera.  

Después de que Diana Vivanco le sacara la mierda a Gato Sméagol, por traidor, Tetiana tuvo el camino despejado para seguir con él. Le causó un poco de remordimiento al principio, no lo pudo evitar, pero pronto se sobrepuso, total, la vida era única, para vivirla al máximo. En teoría, tenía todas las de ganar. Sméagol la amaba, no le cabía la menor duda. Era un amor a prueba de balas, de entrega incondicional, de pasión, por eso la entendía y no la juzgaba. Lo de alentar la continuidad de la relación con su esposo, la llenó de ternura, qué nobleza, únicamente un buen ser humano, adelantado a la época, podría entender ese desprendimiento. Ese día Tetiana lloró de felicidad. Solo se lo chuparía de vez en cuando, no por placer, le juró, su marido ya no era el de antes, tenía ardores al orinar, le salían pústulas en la piel de la nada, vivía mal; de lo que fue, un hombre fuerte, orgulloso, capaz de mover montañas, quedaba un estropajo. Chupársela una vez al mes, y a veces ni eso, le aliviaba en parte ese terrible mal que padecía, lo hacía por eso, ¿la entendía, verdad? Y Sméagol le decía sí, le aceptaba beber de esa fuente conocida, mas no de otra.

Con el paso del tiempo, el ritmo de los encuentros decreció. Tetiana, al enterarse que su eterna adoración tenía más de un amor furtivo, dolida en lo más profundo de su ser, lo difamó en el muro de una cuenta falsa de Facebook. Gato Sméagol, denunciaba el apócrifo, tenía decenas de amantes a quienes les enviaba, por WhatsApp, videos de su pene erecto. Al autor y equipo encargado de narrar los detalles que deberían contarse en este párrafo, no se les permitió difundir información al respecto. Pero la conexión entre Tetiana y Sméagol, sobre todo sexual, no se extinguió del todo. Con la promesa de ser respetada, de tener un lugar en su corazón y de no encontrarse solo por horas sino darse un tiempo para estar juntos un fin de semana, o al menos un día entero, Tetiana cedió. Para entonces Gato Sméagol, a diferencia de cuando empezaron a salir, ya tenía una esposa e hijos. 

Las veces que pactaron encontrase, se entendieron muy bien en la cama, de eso no podía quejarse Tetiana. Todo era bonito en ese lapso: besos, caricias, entrega total. La desazón venía después, en los días siguientes. Qué mujer podría estar conforme con esas atenciones forzadas, se quejaba Tetiana, no se merecía esa indiferencia, al menos algunos mensajes o llamadas estarían bien, no ese silencio abismal. Sméagol le respondía con alguna frase corta, monótona, según ella, obligada. “Me tienes descuidada, no eres detallista conmigo, solo me quieres un par de horas para tirarme y listo, después de te olvidas de mí”, le decía Tetiana, hastiada de no sentirse amada y de reconocer que solo era un objeto para el hombre que amaba. Luego de decirle todas sus verdades y de dar por terminada la relación, para siempre, lo bloqueaba en todos los medios, decidida a rehacer su vida en los brazos de quien estuviera dispuesto a quererla de verdad. Al cabo de una semana, o dos a lo mucho, las insistentes llamadas de Sméagol la convencían nuevamente para volverse a encontrar. Así estuvo varios años, le creía una y otra vez, quizás más por costumbre que por convencimiento. Con la llegada de la pandemia, los encuentros se volvieron aún más esporádicos. Todos los días, al levantarse, Tetiana hacía ejercicio, trataba de mantenerse ocupada para no pensar en ese hombre casado que tanto daño le había hecho. Aún lo quería dentro de ella, o encima, o abajo, le resultaba imposible olvidarlo, pero debía, poco a poco sabría sacarlo de su mente y de su corazón. Por mutuo acuerdo, decidieron verse solo cuando a ella se le antojara tener sexo, nada más, sin ningún compromiso de por medio. La noche del despertar de los zombis, de no haber sido interrumpida por el gringo Karl y toda su familia y de no estar en la situación en la que se encontraba, lo habría llamado.

Abrió la puerta, apresurada, e intentó entrar con premura. Algo, no supo qué, la detuvo de los pies. Sintió la presión como de unas garras, pero era Karlocho. Acababa de darle un mordisco en el tobillo.

En algún lugar de la ciudad, las sirenas policiales se activaron. Las escuchó lejanas.

El gringo Karl, Karili, y otros conocidos de la calle a quienes nunca saludaba ni conocía sus nombres, todos empapados de sangre, la rodearon de la nada. Un sueño, debía ser un mal sueño, pensó. A unos metros más allá, horrorizada, vio a Maria Can comiéndose las tripas de Robertito. No le dio tiempo para más. La atacaron en el brazo y la cara, antes de poder cerrar la puerta y caer en el pasadizo, malherida, muerta de miedo. Unas horas más tarde, Tetiana despertó con los ojos inyectados de sangre, pálida, con el cuerpo lleno de venas azules y sobresalientes. Lo primero que hizo, tras levantarse, fue ir hacia donde se encontraba su esposo, que yacía desnudo, tirado en el pasadizo a causa de una caída. El hombre musitó algunas palabras irreconocibles, pidiendo ayuda tal vez, o de miedo a la muerte. Tetiana, impasible, descontrolada, le arrancó el pene de un mordisco.          

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