El despertar de los zombis – Capítulo 7

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La pandemia se extendió con fuerza en todos los continentes en menos de lo previsto. Los gobiernos de los países del mundo, a destiempo, cerraron las fronteras, obligaron a la población a lavarse las manos a toda hora, a desinfectarse con alcohol, a no quitarse los cubrebocas ni los protectores faciales, y, lo más importante, en aras de salvaguardar la vida de los más vulnerables, se restringió las reuniones sociales. Eso fue al inicio. A mediados del año, en el segundo oleaje de contagios, con cientos de miles de fallecidos en el mundo, se restringió las salidas innecesarias. Al inicio del segundo año, con al menos diez por ciento de la población diezmada, el comunicado de la OMS, respaldado por la New Order World Alliance (NOWA) y los gobiernos de turno de casi todos los países, bajo orden expresa de abrir fuego ante el desacato, sugirió el confinamiento de los contagiados en coliseos, estadios, teatros y colegios, de manera obligatoria, por el bien de la continuidad de la especie humana. Ante la menor duda de ser portador del virus, para una asistencia inmediata y personalizada, los afectados debían marcar los números que aparecían, cada media hora, en todos los canales de televisión. Al resto de personas se les instaba a mantenerse en sus casas, a la espera de la vacuna Vergus XVIII-CM, producida por encargo de NOWA en tres mil doscientos once laboratorios ubicados en ciento cuarenta países distintos. El éxito de la vacuna fue rotundo, o al menos eso dijeron los medios de comunicación. En el país o tierra donde habitaban los zombis, el otro tipo de zombis, o sea los parásitos, los viciosos, aquellos que deseaban el éxito de los demás sin merecerlo, es decir, los que ya existían antes del inminente despertar de de los zombis como los de las películas, se produjo una crisis social y económica sin precedentes. El colapso fue total. Literalmente, la gente se moría de hambre. El estado, en cambio, hablaba de la vuelta a la normalidad, de la reactivación post-virus y del programa “chapa tu bono”, una iniciativa de NOWA al servicio de los más pobres. Lo que no se le dijo a la población, o no se esclareció de manera precisa, fue la ingente deuda externa adquirida, no solo impagable y en divisas equivalentes a la nueva moneda de circulación mundial, sino con garantías de concesión de uso del agua, hidrocarburos, minerales y zonas arqueológicas. En palabras sencillas, a partir de la nueva normalidad, la New Order World Alliance, en busca del bienestar común, en cumplimiento del Decreto Universal de Convivencia, se encargaría de administrar los recursos de los países deudores. No sería una realidad aislada esta intervención, lo mismo ocurriría, en igual o mayor magnitud, en los países vecinos.  

Al inicio del tercer año de registrado el primer contagio, no obstante, una nueva cepa de alto grado de transmisión, más letal, más agresiva que todas las surgidas hasta el momento, cambió el panorama actual. Los altos mandos de NOWA, en respuesta a esta debacle catastrófica, se vieron en la necesidad de utilizar la nueva vacuna, aún en proceso de prueba, Vergus XXII-CM-9170, para ser aplicada en única dosis en el menor plazo posible. Pero por tratarse no necesariamente de una vacuna convencional, sino más bien de un enorme supositorio de aplicación rectal, esta vez no hubo buena recepción del público. 

—Las clases dominantes quieren someternos, hermano. A estos jijunas no les basta con tener el control absoluto del mundo, su verdadero objetivo es humillarnos. Literalmente, no van a parar hasta rompernos el culo. En mi caso, no sé tú, ni cagando me dejo clavar, prefiero morir antes que ser violentado con ese consolador encubierto de veintidós centímetros que llaman vacuna —le diría Mendrock a Gato Sméagol, la noche del despertar de los zombis, en Palitrokes.    

—Es cierto lo que dices. El numeral dos del Decreto Universal de Convivencia se contradice en ese sentido. La coacción no se ajusta a la búsqueda de la paz bajo ninguna óptica. Debería respetarse el derecho a la abstención.

—Nos han recontra cagado, no me cabe la menor duda. Este virus de mierda ha sido creado en un laboratorio chino por encargo de la New Order World Alliance, con el fin de diezmar la explosión demográfica, implantar un nuevo régimen y controlar la economía de las naciones. Que hayan fallecido los más débiles, no ha sido casualidad, por el contrario, es parte de un plan macabro orientado a una selección inducida, necesaria para el control de la humanidad. En este país, nadie tiene corona, o tal vez los elegidos deben estar contados con los dedos de la mano. No lo sé. Conozco personas de buena posición económica que avizoran un futuro incierto, tienen miedo, el dinero no les es útil para obtener privilegios, tampoco saben a quién recurrir. No se van a detener, hermano, mientras no nos quiten la hombría, el acecho será una constante que nos acompañará día y noche. Lo peor de todo es que gran parte de los ciudadanos de este país, más de la mitad, cree a ciegas en la solución. A estos débiles mentales les han lavado el cerebro, están domesticados, han perdido el norte hace mucho —las lágrimas amargas de Mendrock, producidas por la frustración, se verterían sin control en ambos extremos de su rostro—. No puede ser, carajo, no me merezco esto. Quiero ser el de antes, quiero culear todos los días. La tengo gruesa y grande, lo sabes, pero de qué me sirve si no se activa, qué gano con este colgajo inútil si está todo encogido, diminuto. Para colmo de mis desgracias, a cada hora me llegan los mensajes de texto de NOWA, recordándome que debo cumplir con el protocolo de vacunación de manera obligatoria. Me rehuso, no lo acepto. Ya pueden ir metiéndose en el trasero ese maldito Decreto Universal de Convivencia, me cago en ese bodrio putrefacto, no necesito reglas, a mí nadie me dice lo que debo o no hacer, yo soy y seré libre hasta mi muerte.

—Avanzamos cuesta abajo, se siente la cercanía del abismo —le respondería Gato Sméagol—. Hoy es más difícil saber lo que ocurre en otras partes del mundo, la información es interceptada antes de difundirse, a ese extremo hemos llegado. La presión mediática, de momento, es abrasadora, cumple con el objetivo de idiotizar a las masas —la teoría de Gato Sméagol, cercana a la de Mendrock, se centraba en la diferenciación de clases pensantes, en cómo estas servirían para el empuje de grandes industrias. Lo de la aparición del virus, en definitiva, respondía a intereses humanos, aunque, a todas luces, en su percepción, la propagación del contagio se les había escapado de las manos. Antes de soltar las conclusiones finales, Gato Sméagol detallaría a Mendrock la naturaleza de los virus. No eran seres vivos, podían mutar, necesitaban de un hospedador—. La nueva variante del virus, no solo afecta a los pulmones, también compromete al estómago. Produce diarreas incontrolables, vómitos, cólicos. En esa perspectiva, no me parece descabellado el uso de un supositorio, algún sentido debe tener, no creo que solo busquen rompernos el culo. Quizás debieron mejorar el aplicativo, no hacerlo tan grande, en eso han fallado. Igual no pienso exponer mis posaderas, mi abstención a ser vacunado es inclaudicable. 

Una semana antes del insospechado despertar de los zombis, los horarios de libre tránsito se ajustaron algunas horas. Solo en los días sábados había cierta libertad. En teoría, con el único objetivo de vencer a ese enemigo invisible que no quería irse, la anunciada vuelta a la normalidad debía ajustarse a los actuales acontecimientos. De la noche a la mañana, varias pantallas publicitarias LED, aparecieron en lugares estratégicos. Bilis Scroto, dueño e inventor de las supercomputadoras de bolsillo Maicropus, de alta gama, conexión 8G, microchip plateado y proyector de holograma 4D, se mostraba sonriente en ellas, en medio de un jardín lleno de flores. “Es tiempo de cuidarnos. NOWA te cuida”, decía el multimillonario de Maicropus, seguido de las recomendaciones precisas y detalladas, en la voz robótica de una mujer vestida toda de azul, el color de NOWA, acerca de los protocolos de seguridad para evitar el contagio. El anuncio subtitulado se transmitía una y otra vez, las veinticuatro horas al día. Al inicio, la nitidez y el brillo de las imágenes proyectadas en las pantallas, causó asombro en la población, sobre todo en los niños; pero con el pasar de los días, nadie pareció echarlas de menos. 

Las principales calles del centro de la ciudad, antes abarrotadas de gente en ir y venir constante, lucían desoladas. Las pocas personas que salían a la calle con algún propósito, caminaban apresuradas, con rumbo fijo, preocupadas en desaparecer pronto. Hacía no mucho, en ese cada vez más lejano “tiempos de días felices”, la gente solía ser amable. Entre el bullicio de las multitudes, la esperanza renacía en cada amanecer, se sentía la vida plena. 

La desconfianza fue otro virus letal que abrió una brecha gigante e irreparable en la armonía colectiva. Se desprendió del remolino de especulaciones en los precios de los medicamentos, oxígeno medicinal y productos de primera necesidad, en el primer año de inicio de la pandemia. Tras el desabastecimiento de los mercados, el colapso de los hospitales y el cierre de las fronteras, sobrevivir se volvió un privilegio de pocos. El escenario más atróz se impuso en las periferias, en los sectores más populares, donde campeaba la pobreza. La respuesta de un gobierno endeble, preocupado en ejercer el estado de emergencia ante todo, sin tomar en cuenta medidas prioritarias para frenar el flagelo del hambre, no ayudó a controlar el alza de los precios, tampoco evitó la expansión del contagio. 

La cifra de fallecidos dejó de ser exacta a partir de los contagios masivos en los hospitales y centros médicos. Se sentía el pánico en las calles, el olor a muerte se infiltró entre las rendijas de las casas. Ante el llamado a la calma de los jefes de seguridad médica, el desconcierto creció. Lo evidente no podía taparse con un dedo, las fosas comunes no eran un cuento de ficción, los cadáveres sin recoger de las calles no representaban la escena de una película de terror. ¿Calma? Imposible. Ver morir a alguien de un momento a otro, conocido o desconocido, se volvió un acontecimiento rutinario, sin importancia. La sensibilidad humana, en adelante, dejó de existir.

El tiempo siguió su curso, no se detuvo la vorágine de incertidumbre hasta la llegada de la vacuna oficial. El arribo de la llamada “panacea del mal del milenio”, finalmente, tras un largo devenir de intentos fallidos, fue anunciada con bombos y platillos. Se tejieron cientos de teorías conspirativas en el trayecto de espera, a NOWA le fue difícil aterrizar en buen puerto, pero las fuertes inversiones en estudios comparativos y la contratación de renombrados científicos, de la mano de los más prestigiosos laboratorios del mundo, se cristalizaron resultados positivos. La vacuna se produjo en tiempo récord, en tres mil doscientos once laboratorios de ciento cuarenta países. La intrusión de la nueva cepa del virus, no obstante, produjo un retroceso en lo avanzado. A partir de aquí, una nueva era estaba a punto de acontecer.

En Palitrokes, el renombrado café al que solían ir los artistas y poetas, día sábado, ocho y trece de la noche, se celebraba más de un acontecimiento importante. “Cumpla con todos los protocolos antes de ingresar”, decía un anuncio en la entrada, al costado de un lavabo portátil. El café tenía dos compartimentos, ambos ubicados en el segundo piso, de manera que era necesario utilizar una escalera para llegar a ellos. Ninguno de los presentes imaginaba que, dentro de poco, la ciudad no volvería a ser la misma.  

—Bienvenidas y bienvenidos. Nos volvemos a encontrar después de muchas lunas. Es cierto, nada volverá a ser como antes, pero aquí estamos, comprometidas y comprometidos con el arte, me siento feliz de estar con ustedes, mis mejores amigas y amigos  —Dominica Púrpura, vestida de traje elegante, de pie, obsequiosa ante la mirada absorta de al menos una decena de personas, en el extremo más alejado de la segunda área de Palitrokes, respiró hondo, con los brazos cruzados, antes de cederle la palabra al poeta Richi Egosadth. 

—Gracias, escritora y poeta Domínica —le siguió la posta el iluminado Richi—. Este círculo poético no tendría la importancia magnánima de ser lo que es, si no fuera por ustedes, mis entrañables amigos. Sencillamente, este encuentro es hermoso. A propósito, en mi poema Muladar, me ocupo de la belleza oculta en la miasma. Son versos deliciosos. En realidad, el poema es una dedicada y fina etopeya referida al arte contemporáneo.  

—Egosadh, mi querido amigo, grande entre los grandes, si no es demasiada molestia, te pido que nos leas esa gran composición, no seas malito, alégranos la noche —la intervención del poeta Consagración Fernández, el único del grupo que tenía la cabellera nívea, produjo aplausos en los presentes.

—Oye Egosadh, lee pues —alentó Diana Vivanco. 

En el primer compartimento, a unas diez mesas de distancia, Mendrock le hizo notar a Sméagol la presencia de Diana.  

—Odio a esta gente de mierda, no la soporto —se quejó uno de los mozos, en el pasadizo de la cocina, antes de dirigirse a tomar los pedidos.

—Al menos a ti se te para, hermano —se lamentó Mendrock. 

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