El despertar de los zombis – Capítulo 6

6

Diana Vivanco conoció a Mendrock Reyes en persona el día que lo hospedó en el segundo piso de su casa. Antes, solo había escuchado hablar de él. Le pareció un tipo inteligente, perspicaz, seguro de sí; mas no compartió el hecho de mentirle a Karina Rodríguez, conocía a esa muchacha, era tranquila, buena mujer, no merecía ese repudiable accionar. 

—Será solo un par de noches —insistió el Gato Sméagol.

—¿Y por qué la mentira?

—Quiere trabajar tranquilo, sin interrupciones.

Gato Sméagol era ingeniero de profesión. Sedujo a Dania con chocolates, flores y cartas de amor. Diana cayó rendida a sus pies, decidida a comenzar de nuevo a casi un año de viudez. Tenía derecho a ser feliz, se merecía una nueva oportunidad. “Cómete esa pinga, amiguita, vive, goza, sé feliz”, le daría el impulso final Tetiana Vasco, confidente, amiga íntima de una entonces confiada Diana que no dudaría en abrirle las piernas y las puertas de su casa a un embaucador, a un vividor bueno para nada que terminaría engañándola no solo con la mosquita muerta de Tetiana, sino con muchas mujeres, perro traidor, hijo’eputa malparido. Pero no todo fue malo; Diana convivió en armonía con Gato Sméagol cuatro años, hasta que una noche, cansada de albergar dudas respecto a su fidelidad, le siguió los pasos, dio con él, lo redujo, lo pisoteó, le dijo todas sus verdades ante la mirada atónita de esa puta de mierda, esa traidora roba maridos a la que ganas no le faltaron para revolcarla en el suelo, por falsa amiga, por felona, pero para qué ensuciarse las manos con esa piltrafa insignificante, ella no pasaba de ser una puta cualquiera, con esa malparida no era el problema, a quien debía masacrar era ese maldito-perro-traidor de Sméagol, se merecía la muerte, los hombres de esa calaña no eran dignos de compasión. Hasta ahí duró el idilio. La llegada de Mendrock, no obstante, debió de ser a inicios del tercer año de convivencia, cuando todo era paz y amor, unos nueve o diez años antes del inicio de la pandemia o de su divorcio con Karina.   

—Gracias, hermano, me iré de tu casa tan pronto termine —agradeció Mendrock.

—Puedes quedarte en mi casa el tiempo que quieras, Rodrígo Mendrock —intervino Diana—. En mi casa son bienvenidos los amigos de Sméagol, es un placer.

Mendrock guardó silencio ante la ridiculez de Diana de hacerse notar como la dueña de la casa. En la quinta vez que la oyó decir, enfática, “mi casa”, supo que algo no andaba bien. Empezó a sentirse incómodo, tuvo ganas de largarse a un hotel con los únicos cien soles que le sobraba, maldita pobreza, cuánto lamentaba no haber guardado pan para mayo, todo por un culo, carajo, pero qué gran culo, culote, el paraíso y el infierno, el amor y la guerra, el deseo y el hastío total, mierda, estaba recontra jodido, no tenía más opción que trabajar duro y parejo, eso intentaba, quería hacerlo lejos del bullicio de la familia de Karina, necesitaba paz absoluta, silencio, aislamiento para concentrarse, por esa razón fingió un viaje largo, para terminar de redactar un proyecto de inversión pública en menos de dos días, antes de que se terminara el plazo de entrega. La intención inicial de Mendrock fue ir a un hotel a encerrarse y terminar lo más pronto con el trabajo, solo que Karina, triste por la repentina partida del hombre a quien amaba con vehemencia, decidió acompañarlo al terminal de buses. A Mendrock no le quedó otra que comprar un boleto de viaje, subirse al bus, fingir una despedida pesarosa  y bajarse a unas cuadras de iniciado el recorrido del vehículo. En este punto decidió llamar a Gato Sméagol. Después de aquel día, Mendrock no volvería a ver a Diana hasta la noche del despertar de los zombis, en Palitrokes, el famoso café al que iban los poetas y artistas. En ese próximo encuentro que se tornaría sangriento, fingiría no conocerla.

Karina Rodríguez y Diana Vivanco empezaron a coincidir con más regularidad desde el día en que se emborracharon juntas en el cumpleaños de una amiga en común. Fue una reunión bonita, solo de mujeres, con un streeper de lujo, de abultado pack, que fue la miel prohibida de todas esa noche. A diferencia de las otras regaladas, golosas, putísimas, ellas solo miraron el espectáculo, mirar no era pecado, tocar, sí, acariciar eso que producía deseo era lujuria, libertinaje, excesos que ellas no compartían, salud, amiguita, debían marcar la diferencia, no ser del montón, salud, se merecían ese encuentro, las mujeres emancipadas no dependían de nadie, solitas se divertían, qué buen pack carajo, qué rico, para sacarle el jugo todititas las noches, chupa cabrona, saborea, siquiera eso. Diana acababa, por enésima vez, de terminar una relación sentimental, esta vez con un jovenzuelo veinte años menor que ella. Quería embriagarse, olvidar sus penas, tener una razón para volver a ser feliz, le dijo a Karina, entre sollozos. Le confesó que el gran amor de su vida, el único, era Gato Sméagol, no podía olvidarlo a pesar de los años transcurridos, lo llevaba muy presente en un rinconcito de su corazón, aunque de todas las formas, entregándose al amor, cabalgando mañana, tarde y noche, a veces hasta con cuatro hombres diferentes en un solo día, había intentado en vano borrarlo de su mente y corazón. El ingeniero seguía ahí dentro de ella, nunca dejaría de amarlo, eso le daba rabia. Karina no supo qué decirle. A ella el amor la tenía embelesada. En su percepción, Mendrock era algo así como el esposo ideal, no la aburría con celos estúpidos, trabajaba de sol a sol, la satisfacía con regularidad en la cama, le daba todo el dinero necesario para sus gustitos, y lo mejor, era un padre ejemplar, por eso cuando regresaba de viaje, en los pocos días del mes que se quedaba en casa, ella lo trataba como a un rey, se lo merecía, él era su dueño, todita ella era para su hombre, ca-co-cu, chiquito incluido. Un día, en cambio, las ganas de revivir una emoción del pasado, la hicieron desviarse del buen camino. Todo empezó en una mañana soleada, en el supermercado. Se encontraba comprando los víveres de la semana, en la sección carnes, cuando una mano la tomó del brazo. Era Brayan Shego, su primer amor, el que la hizo delirar en su etapa de adolescencia. Se sintió atraída hacia él ni bien lo vio, mas nunca imaginó que esa misma noche se verían en el hotel Firenze, ubicado en una ciudad cercana, habitación cuatrocientos cuatro, ocho de la noche, donde tendrían una velada para ponerse al día de todas las novedades, mirarse como antes, acariciarse, e intentar volver a ese pasado lleno de pasión que alguna vez los mantuvo unidos en nombre del amor. El problema fue que la “canita al aire” como quiso llamar a ese encuentro Karina, se volvió una rutina de más o menos dos a tres canitas al mes. A karina le gustaba ver a Brayan solo para recordar el pasado, otra motivación no tenía, ni siquiera sexual, aunque tampoco se sentía mal del todo, disfrutaba el momento, sentía placer y todo, pero ni cagando este mequetrefe de carita bonita igualaba a su Mendrock en la cama, ni en sueños, por eso decidió parar esa locura de seguir viéndolo, ella nunca más le sería infiel a su marido, lo amaba con todo su ser, no lo dejaría nunca, se despidió de Brayan por teléfono una noche, sin imaginar que con el pasar de los años, con tres hijos encima, en plena pandemia con el surgimiento de un virus procedente de China, volverían a estar juntos, esta vez con la promesa de no separarse nunca más.

En los proyectos de inversión pública, en los negocios de alto riesgo y en los planes de inversión a mediano y largo plazo, Mendrock era el mejor, tenía un talento innato, incomparable, propio de los hombres superdotados. Sabía, en palabras propias, más que cualquier pobre y triste mortal. Ese olfato en los negocios e inteligencia superior que terminaría haciéndolo ganar mucho dinero a él y a muchos clientes importantes, también le permitiría descubrir la traición de Karina Rodríguez por pura lógica, al darse cuenta que la cantidad de palabras vertidas por ella, es decir, el promedio diario de las utilizadas en el WhatsApp y en las llamadas telefónicas, tuvieron ciertas variaciones, no tanto en la cantidad sino en los contenidos, de cuyos factores pudo analizar en un simple cálculo, con una sencilla fórmula estadística, el alto grado de probabilidad que tenía de ser un cornudo. El estudio le tomó varios meses, fue uno de los pocos trabajos, ad honorem, orientados al complejo comportamiento humano. Para corroborar la efectividad de sus propios razonamientos, le siguió los pasos a Karina sin que ella se diera cuenta, se hospedó en el cuarto contiguo del siempre hotel Firenze, hizo grandes esfuerzos para no perder los papeles al escuchar los gemidos de placer de la madre de, en aquel entonces, su único hijo, aguardó toda la noche despierto para estar al tanto de las nuevas ocurrencias, y de madrugada, a través de la ventana que daba con la calle, la vio irse apurada, con ese andar particular que conocía de memoria. A las nueve en punto de la mañana, como era habitual, Karina le envió un mensaje de voz al WhatsApp para decirle lo mucho que lo extrañaba. Mendrock respiró hondo. Debía pensar bien antes de responder, tener cautela, ser frío, no actuar con la calentura del momento. Antes de acostarse con las manos detrás de la cabeza y analizar el mejor desenlace para su vida, buscó la canción Bad de U2 en YouTube, la del concierto en Wembley Stadium, 1985. Levantó todo el volumen del celular antes de cerrar los ojos.

El ingeniero Juan Salvador Pipito del Prado, más conocido como Gato Sméagol, conoció a Rodrigo Mendrock Reyes Peneloco en un cementerio clausurado. Se reunieron en ese lugar, ellos y otros jóvenes, para presenciar un concierto clandestino de Thrash metal. Desde ese día, se hicieron grandes amigos. De vez en cuando se juntaban en un bar, o en la casa de algún amigo, para escuchar a las mejores bandas de metal del momento. Mientras corría el CD en el equipo de sonido, los presentes tocaban, tal si fueran idiotas, instrumentos imaginarios, hasta el cansancio. A raíz de la frase “no me imaginaba que te gustaba el metal, yo pensé que eras chichero”, vertida por un muchacho del grupo de apellido Mena en alusión a la apariencia en el vestir de Juan Salvador, se destapó el sobrenombre de Gato Sméagol, pero esa es una historia poco relevante. Con el pasar de los años, si bien la amistad entre Mendrock y Gato Sméagol perduró en el tiempo, dejaron de frecuentarse con regularidad básicamente por cuestiones laborales. La penúltima vez que se vieron fue en el inicio de la pandemia. Del macho alfa seguro de sí, del virtuoso en los proyectos de inversión pública, del as de la estadística, del matemático financiero, quedaba poca cosa. No fue una conversación sobre mujeres del caribe, tetas, culos y poses sexuales, esta vez el gran Mendrock no quiso hablar de estos apasionantes temas, no tenía ganas, se sentía poca cosa, no podía ni tirarse una paja, hermano, el pájaro ya no le funcionaba, encima le botaron las cosas a la calle después de una sacadera de mierda, le dolía la cara aún, Karina le había pegado fuerte, muy fuerte. A la quinta cerveza, Mendrock le contó a Sméagol con detalle cómo hizo para seguirle los pasos a Karina, y cómo ella, tras cortar todo vínculo con ese imbécil que no le llegaba ni a los talones, una noche, entre lágrimas, arrepentida, le pidió perdón por el desliz, asegurándole por Dios, por su madre, por sus hijos, que el único a quien amaba era él, Rodrigo Mendrock, el amor de su vida. Franco, hermanito, no le creyó ni mierda, la lealtad con ella murió el día que escuchó sus quejidos en el Firenze. Ese día dejó de honrarla, para qué, no se merecía esa consideración, por eso en adelante se hizo un experto en seducción, se volvió un Don Juan, un experto en caches. A Karina la siguió viendo como a la madre de su hijo, hermano, tú sabes, él era un semental, podía con diez mujeres a la vez, pero la esposa era la esposa, tenía derecho a comer carne fresca, de ahí que engendrara dos hijos más, bonitos ellos, los quería más que a nada, primero la familia, hermano, jamás dejaría de lado a su familia por un culo. 

—Cómete otras pingas, disfruta de la vida, no te amarres con ese Brayan Shego, no te conviene ese taxista, amiguita, hazme caso —le aconsejó Diana Vivanco a Karina, el día que recibió la tarjeta de invitación, por facebook, a su próximo matrimonio.

—Gracias —le respondió Karina a secas, antes de bloquearla en todas sus aplicaciones, por entrometida y cizañera.

Brayan Shego Atrasador Pingatriste y Karina Rodríguez, se casaron por Zoom, en plena restricción por pandemia. Fue una ceremonia sencilla, de pocos invitados, con la participación exclusiva del talentoso músico Luciano Alejándópolis, quien interpretó el poema “Efigies”, de Richi Egosath y otras composiciones propias. Diana Vivanco, dolida, herida en lo más profundo de su ser al darse cuenta que le habían restringido el acceso a la boda, la eliminó del grupo de WhatsApp de Chicas del té, por babosa, qué se habrá creído esta carita de ángel, bien que se daban sus escapadas cuando salía de viaje el cornudo de su marido, toda la noche, para ahora hacerse la recta, la buenita, tremenda golosa chupa pinga, maldita, en adelante ya no la tomaría en cuenta en nada. Domínica Vivanco, al recibir la llamada ganadora de Diana para pedirle consejo y consuelo, dejó de tenerle cólera, pobrecita, ser bloqueada en las redes sociales por una amiga íntima no se lo deseaba a nadie, ni al peor de sus enemigos. Desde luego, en todo sentido, le expresó su solidaridad, para eso estaban las verdaderas amigas, en las buenas y en las malas. La tal Karina no era honesta, eso cualquiera lo notaba, qué cólera, qué desleal hacerle eso a una bellísima persona, querendona, noble y sobre todo transparente, ¡ah!, pero peor, de lo más ruín, fue el proceder con ella, no le aceptó la solicitud de amistad en el Facebook, es más, le dejó en visto un mensaje, ridícula, se cree la gran cosa. Domínica se fue de alma, llamó a Karina “subidita”, “demonia”, “diosa del engaño”, “concupiscencica”, entre otros adjetivos. De paso también le echó barro a Medrock: 

—Ese es un pervertido, un lobo vestido de hombre educado. Imagínate, a una colega mía del área de Inglés, quería demostrarle lo bien dotado que era. “La tengo gruesa, grande y dura, ¿quieres ver?”, le dijo, así de la nada, después de tomarse no sé cuántas copas de bebidas exóticas, entre ellas un macerado de serpientes, creo eso lo puso así, desesperado por saciar su instinto animal, parecía un enfermo sexual, pobre loco, ni siquiera debe tirar bien, los jactanciosos son pura boca, de nada le sirve esa buena presencia que tiene. Es guapo y todo, pero no, no me lo comería por nada del mundo, no me inspira confianza. Paso.

—Yo tampoco le daría mi joyita a ese mitómano, antes muerta.

—La amiga de la amiga de una amiga salía con él, te conté —Domínica puso en altavoz su celular, para poder hojear unas revistas y seguir conversando al mismo tiempo—. Ese hombre es un depravado, un maniático. Le marcaba todo el cuerpo a esa ilusa mujer a la que había engatusado a su antojo seguramente con palabras bonitas, ese era su estilo de seducción, no la dejaba ni respirar toda la noche, ni le daba de comer, para él todo era quedarse en una habitación y dar rienda suelta a esas fantasías mórbidas que solo se gestaban en una mente cochina como la de él. Y la idiota esa, enamorada, ciega, le aceptaba sin chistar todas sus perversiones, hasta quedarse coja una semana, no te miento.

—Qué horror, ¿tanto así?

—Sí, no sé qué poderes tendrá. No creo que un simple pene la haya vuelto adicta a él al extremo de aceptar todos esos vejámenes, algo más debe haber detrás, no sabemos qué, quizás sea un compactado con el demonio, o qué brebajes tomará para lograr erecciones de horas enteras. 

—¿Pero no dijiste que no sabía tirar bien? 

—Meter y meter no es hacer el amor, se requiere más que eso. Hay mucho arte de por medio. Está de más que te lo diga, lo sabes.

—Se lo metía sin toqueteos previos, eso dices, ¿durante horas?, ¿sin agotarse? —Diana cerró los ojos. Una dosis de sexo de esa magnitud era lo que le hacía falta, directo al grano, con rudeza, de todas las formas y si era por horas, mejor, estaba ansiosa, quería una pinga urgente dentro de ella que la haga vibrar, gemir, llegar al cielo, urgente. Se imaginó un pene duro, grande, grueso, venoso, con ella clavada encima, a toda máquina. ¿La tendrá así el mentiroso de Mendrock?, ¿será tan efectivo en la cama?, se preguntó, en tanto empezó a tocarse entre las piernas. El día que vería su bragueta despejada, en Palitrokes, la noche que Mendrock elegiría para violarla, en cambio, no tuvo deseo alguno, por el contrario, el miedo nublaría sus pensamientos hasta paralizarla.

—Durante horas, como un taladro. Al maldito le gustaba las acrobacias. Yo no sé cómo una mujer bien proporcionada, de menos de veinte años, se dejó seducir por un cuarentón. No hay lógica, ni para decir que el motor de esa relación era el interés porque no lo era, la muchacha estaba dispuesta a seguirle hasta el fin del mundo aunque sea solo para recibir migaja de su parte. 

—No creo que la tenga tan gruesa y tan grande como dicen, debe ser un mito —Diana cerró las piernas con energía, sin dejar libres a esos dedos trabajadores que ya casi lograban hacerla llegar al clímax. 

—No lo sé. Lo único cierto fue que, habiéndola sometido a ese maltrato sistemático de penetración exagerada, la jovencita se volvió adicta a su maltratador. El desenlace casi termina en tragedia. Hace poco, lo supe de primera mano, él no quiso hacerle más el amor, la humilló bien feo, le dijo que no le producía ningún tipo de excitación, que tenía una horrenda vagina y un culo negro detestable. Casi se mata. Estuvo con tratamiento psicológico.

—Qué rico —dijo Diana, seguido de un leve quejido, al momento de tener un orgasmo. Al darse cuenta de la metida de pata, se justificó:  —Disculpa amiga, estoy comiendo un pastel riquísimo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir chat
Hola. 😊
Te podemos ayudar por Whatsapp.
Es más fácil por aquí.