El despertar de los zombis – Capítulo 5

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La azarosa vida de Katherine Rodríguez se vio iluminada con la llegada de Orange 3000 – Vibrator collection, de la línea fina y sensual de productos especiales para el deleite de mujeres independientes Zambo pa’mi, versión pro, modelo ultra grueso con espuelas reforzadas, batería recargable y control remoto incluído. Fue un golpe de suerte recibir el producto desde China, justo un día antes de que empezara la cuarentena impuesta por el gobierno de turno, que ordenó cerrar absolutamente todo, negocios, transporte e importaciones. 

Mendrock Reyes aceptó a regañadientes, contradiciendo el decreto de inamovilidad, ir a la casa de su cuñada para pedirle, de buenas maneras, en son de paz, que se fuera a vivir con ellos al menos durante el tiempo de restricción, o el que quiera, en la mansión de su propiedad de cinco mil metros cuadrados, junto a sus sobrinos y hermana. Katherine lo miró de pies a cabeza, contrariada. Su amigo anaranjado se movía como un gusano enloquecido dentro de ella, activado con el control remoto dejado en el mueble de la sala que, por azar del destino, llegó a las manos de Mendrock. Cinco minutos antes, Katherine, concentrada en descifrar el funcionamiento de Orange 3000, se encontraba leyendo el manual de uso, lista para una jornada de entretenimiento extremo, sin riesgos de contagios, sin conversaciones fútiles, directo al grano y con la certeza de no ser llamada puta por eso. Justo después de introducirse la nueva adquisición, ayudada con un lubricante viscoso parecido al moco, llamaron a la puerta. 

—¿Quién me busca? —preguntó, fastidiada.  

—Alguien —respondió Mendrock.

—¿Quién? 

Katherine, apresurada en salirse del apuro, se puso la ropa interior en tiempo record. También un vestido floreado. 

—Yo, Medrock Reyes. Vengo de parte de tu hermana, ábreme.

—¿Qué quieres, infeliz? 

—Hablar contigo. Es urgente.

—¿De qué? —La evidencia referente al nuevo juguete de Katherine (la caja, los manuales, los accesorios), antes esparcida por doquier en el mueble principal de la sala, fue a dar en el interior de una bolsa plástica, en el cajón con llave de la cómoda principal de su dormitorio. Ese trance de pasos apresurados, le hizo olvidarse del control remoto.

—De las restricciones. ¿Puedo entrar?

—Espera.

Ese “espera” fue recepcionado por Mendrock como “entra”, eso fue lo que escuchó, le daría las explicaciones a Katherine, ni bien la vería acercarse enloquecida, temblando de ira.

—Vine a…

—Qué-de-mo-nios-ha-ces-a-quí.

—¿Te pasa algo?

—Fue-ra-de-mi-ca-sa.

Mendrock, nervioso, preocupado, a lo mejor esa mujer agarraba cualquier objeto y se lo estrellaba en el ojo, intentó prender el televisor otra vez. Desde que había entrado a la sala a sentarse en el lujoso mueble de cuero, varias veces, manipuló ese bendito control remoto, sin éxito. El último botón, el de acelerado ultra, fue presionado en un acto mecánico, para ocultar el nerviosisimo del que era objeto.

Katherine se dobló de placer hasta tocar el suelo con las manos. Los ojos se le volvieron blancos y la saliva empezó a escurrírsele por la comisura de sus labios. 

—¿Qué te pasa? ¿Estás enferma? —preguntó Mendrock.

—Fue-ra…

Mendrock la quiso auxiliar, o al menos hizo el intento. La mujer se rehusó poniéndole las manos en la cara. Todos los movimientos de parte de ella, fueron torpes, descoordinados, tal si se tratara de un…, ¡diablos!, ¡de un zombi! 

—No me muerdas, no quiero convertirme en una de esas cosas —rogó, horrorizado.

—Lar-go-de-mi-ca-sa.

La cara de Mendrock estaba empapada de una sustancia viscosa. Fluidos de zombi, saliva putrefacta, pensó, guardando la respiración. Tampoco escuchaba las frases entrecortadas de su cuñada. A sus oídos solo llegaban alaridos, voces de ultratumba. 

—No me comas, por favor, piensa en tus sobrinos —retrocedió, en busca de la salida.

—Im-bé-cil…

Katherine se echó de costado en el suelo. El gusano anaranjado latigueaba con insistencia dentro de ella, obligándola a retorcerse de placer. En realidad, viéndola bien, más que un zombi, parecía una mujer poseída. En otras circunstancias, Mendrock la habría llevado a la fuerza a una clínica de enfermos mentales; pero la realidad era que ese virus venido de China, con síntomas parecidos a los de esa mujer que tenía en frente y quién sabía con qué desenlaces nefastos, seguía expandiéndose en todos los rincones del país. Los contagiados enfermaban con fiebre, escalofríos y sudoraciones intensas, y a medida que el virus se propagaba de acuerdo al sistema inmunológico de cada persona, los enfermos empezaban a convulsionar. Muchos de ellos, tomando en cuenta los grandes avances de la ciencia médica, superaban esta fase tras varias semanas de internamiento con oxígeno y los cuidados respectivos de médicos especializados que se encargaban de suministrar ingentes dosis de medicina. Otros con menos suerte, morían en dos o tres días, agobiados por la falta de aire en los pulmones y la miseria latente. Lo peor de este mal que en pocos días llegaría a ser declarado por la OMS como una pandemia mundial, era que se encontraba en el aire, a expensas de cualquiera, listo para seguir expandiéndose en los humanos de toda condición y edad. 

A Mendrock, la certeza de encontrarse ante una contagiada con el nuevo virus, le causó una erección incontrolable. No podía explicar el porqué, sabía que en contados segundos, o minutos, el virus se alojaría en sus fosas nasales primero, para luego llegar a sus pulmones y en menos de dos o tres días, igual que la loquita de Katherine, seguramente, también convulsionaría de esa manera tan extraña antes de ser lo que ella estaba a punto de ser. 

—Ya me voy…

Mendrock dio un paso atrás y resbaló en el suelo, se golpeó la cabeza. En ese momento, la mujer se lanzó contra él, dispuesta a arrebatarle lo que no le pertenecía. El gusano anaranjado, demonio, vil criatura del placer que no tenía cuando detenerse, había desaparecido en su interior. En un arranque de desesperación por librarse de él, Khatherine se levantó el vestido, lo buscó, quiso expropiarlo de ella, pero fue en vano, así que no le quedaba más opción que arrebatarle el control remoto a Mendrock y apagarlo. El aludido, dispuesto a llevarse el aparato sin ser consciente de ello, solo vio una criatura dispuesta a morderle el cuello, por eso, ni bien la tuvo cerca, le agarró de la cabeza. La erección se hizo más latente al ver las hermosas piernas de Katherine, e incluso, en un momento determinado, se resignó a dejarse morder a cambio de poder tocarla; pero la mordida, o más bien una especie de rechinar de dientes similar al que produce los escalofríos, que intentó clavarse en la mano portadora del aparato preciado, lo volvió a la realidad. Fue una leve presión la que sintió, nada grave, sin embargo, si antes le quedaba cierta duda respecto al despertar de los zombis a causa de ese maldito virus chino, ahora estaba totalmente convencido de que sería uno de ellos. En tanto, al fin Katherine apretó “Off” y dio un respiro de alivio ni bien se durmió el gusano dentro de ella. En todo este tiempo, Mendrock se quedó inmovil a un paso de distancia. Cuando Katherine intentó incorporarse, lo primero que tocaron sus manos, fue el pene erecto de Mendrock. 

—Inmoral —le gritó.

—No me lo comas, es lo único que tengo —se asustó Mendrock, al borde de las lágrimas.

La mujer, enloquecida, trató de arrancarle de un mordisco la pieza. Se lo merecía, por entrometido. No le importó que la confundiera con un zombi, en un acto de buena fe, solo para desterrar la escoria de la tierra, fingiría ser una de esas criaturas. En afán de no dejarlo ir, abrió la bragueta del pantalón de Rodrigo Mendrock Reyes y cogió lo que debía coger con ambas manos, dispuesta a darle un mordisco con todas sus fuerzas. El pene aprisionado, contra toda lógica, se rehusó a encogerse; por el contrario, cobró vida propia, se enfureció al extremo de resaltar un cuerpo venoso, durísimo, tal si se tratara de una barreta. Katherine se colgó en él para dominarlo, al fin lo tuvo en la mira, maldito energúmeno, impúdico de mierda, basura, pero en el último momento, algo inesperado frenó sus malas intenciones. Justo antes de morderlo, al abrir la boca y emitir un grito de zombi en señal de repudio, de asco, de odio visceral hacia los hombres, Mendrock eyaculó chorros de semen en su boca, ojos y frente. El baño inesperado de leche grumosa, la desconectó de sus propósitos. También le quitó la visibilidad y la hizo retroceder un poco. 

Mendrock no supo qué hacer. Carajo, nunca en su puta vida había tenido una eyaculación tan espectacular. Dudó en si quedarse o irse, total, en cuestión de horas se convertiría en un zombi más. O eso decían los libros que le vendía Evaristo Zuela, el librero que sabía más de putas que de libros. Tomó la decisión de largarse de inmediato, no obstante, ni bien Katherine le lanzó el control remoto en el ojo.  

—Fue-ra —le gritó.

El golpe prendió de nuevo al gusano dormido en su vientre.  

Esa noche, mientras Katherine seguía en la clínica a la espera de que le extrajeran el Orange 3000 averiado que no dejaba de moverse dentro de ella, Mendrock no pudo hacerle el amor a su mujer. Algo le fastidiaba en las fosas nasales, como una punzada. Por más deseos que tuvo en su cerebro, no pudo tener erección alguna. Pensó que las manos de su cuñada le habían extraído toda la vitalidad y que sería temporal, pero se equivocó. En los días siguientes fue preso de una fiebre intensa, sudoraciones y vómitos. Oficialmente, le diagnosticaron contagio por el nuevo virus. La vida de Mendrock, diecinueve días después de padecer este nuevo mal, cambió radicalmente. La peor de las dos tragedias que le sobrevinieron, fue la pérdida de deseo sexual. Hasta la sexta noche después del despertar de los zombis, dos años más adelante, no volvería a tener más erecciones. La otra tragedia llegó con nombre propio: Rossy Loveto. La estrategia de Mendrock para mantener en el anonimato a esta mujer, la única a quien no pudo decirle la verdad respecto a su estado civil, fue registrarla con un nombre desconocido en un chip independiente, de esa manera, para evitar cualquier percance, retiraba el chip de su teléfono Xiaomi dual sim ni bien llegaba a casa. Este ardid, sin embargo, se quebró con la invasión del virus. El chip debió haber llegado a manos de su mujer en algún tramo de la enfermedad, recapitularía Mendrock, la noche que sería expulsado de su propia casa. Probablemente a ella el hallazgo no le causó expectativa alguna; es más, debió guardar el diminuto objeto en el cajón de al lado, frente a sus ojos, sin ninguna malicia, hasta que poco a poco, extrañada por el cambio radical del esposo que ya no la toca, sospecha, ata cabos y va a la cómoda, abre el cajón, rebusca, encuentra, le pone el chip a su celular, mierda, no puede ser, quién diablos es ese “Ingeniero de Obras” que le dice “Extraño chupártela, papito rico”. Finge ser él. Le pide fotos, no solo de la cara, de abajo, mamacita, y una vulva negra le causa espanto y asco, ¿es un sueño?, ¿qué has hecho?, responde maldito.  Mendrock no pudo desmentir la traición. Habló por el altavoz siguiéndole el juego a su mujer, antes de ser abofeteado con alma y corazón, por puto traidor, malnacido.

En el juzgado, algunos meses después, Karina Rodríguez, la esposa de Mendrock Reyes, incluiría en los alegatos que la llevarían a divorciarse de su esposo, además de la recurrente traición y el escozor producido por una infección de transmisión sexual, las denuncias archivadas de acoso y agresión presentadas por su hermana Katherine, las mismas que ella, la esposa incondicional, la cojuda, la ilusa, ciega de amor, deslumbrada por la hombría de ese mal hombre que de la noche a la mañana pasó de ser un semental a un pobre huevostristes bueno para nada, se había encargado de archivarlas con sus declaraciones, dándole la contra a su única hermana, sangre de su sangre.  

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