El despertar de los zombis – Capítulo 3

3

Rosy Loveto conoció a Mendrock Reyes en el aeropuerto. Ambos se encontraban en la sala de espera, en la misma fila de asientos. En el último momento, la salida del avión se había postergado dos horas, ciento veinte valiosos minutos tirados al agua, caray, que no jodan, las aerolíneas hacían de las suyas y los afectados no decían ni jota. Rosy se cruzó de brazos. Tenía ganas de darle un cachetadón a quien sea, solo para menguar su cólera. 

—Me hace el favor de no mirarme, me molesta su cara —chilló de la nada, dirigiéndose a Mendrock. 

—¿Cómo dice? 

—No se haga el loco. Parece un perro rabioso al acecho de una mansa paloma. Me siento acosada.

Mendrock se levantó sin decir nada y se fue a otro lugar. 

—Esta loca parece peligrosa —habló entre dientes. 

Rosy la escuchó apenas. 

—Loca será tu madre, cabrón.

La mujer se incorporó en un dos por tres, decidida a no dejar pasar semejante agravio. Como la vez que un ladrón quiso arrebatarle la cartera en una zona roja y ella, indignada por el “te dejas robar o te cacho en huan loca de mierda”, no se anduvo con rodeos.

Mendrock la vio acercarse molesta, energúmena, con cara de pocos amigos. Le causó gracia ese caminar endeble, impreciso, torcido, lo más cercano a un pingüino de patas largas. Lo único que se le ocurrió fue pensar en un circo de animales excéntricos, ¿existirán?, ¿le aceptarían este ejemplar raro y chúcaro? Esos pensamientos poco alentadores, dirigidos a una mujer bien plantada, hermosa, de cuerpo bonito y cara de ángel —Rosy lo tenía bien en claro: ella era her-mo-sa, pese a quien le pese—, se disiparon bruscamente ni bien una una certera bofetada, contra toda predicción de parte suya, por poco lo deja sin cabeza. 

—¿Qué impulso demoníaco te llevó a golpearme de la nada? —le preguntaría Mendrock Reyes, varias horas después, luego de hacerle el amor en una suite de uno de los hoteles de propiedad de Sergio Alejandrópolis, amigo de confianza, confidente y propietario de las empresas que administraba. 

—El mismo impulso que me llevó a darte un beso esta noche, durante la cena más romántica de mi vida, mi amor.

—Me duele la cara, me arde.

—Aguante, mi cielo. Se la voy a curar con muchos besos.

Algunos meses atrás, Rosy se inscribió en una página web de citas. El amante ideal, el amigo, el soporte que anduvo buscando, pensó, mientras le hacía una felación bien lograda al hombre más caballero sobre la tierra, no era aquel que rebalsaba de atributos en un portal de internet, claro que no, los amantes de verdad radicaban en los aeropuertos, exactamente en las salas de espera con vuelos postergados. Esta idea de complacencia acompañaría a Rosy el resto de sus días; incluso la noche del despertar de los zombis, en un futuro no muy lejano, se encontraría a punto de viajar, ilusionada la buena fortuna de encontrarse con un “Medrock” de ocasión a quien pudiera sacarle la mierda de un solo sopapo primero, para más tarde dejarse poseer con furia de venganza, eso no importaría, en las lides del amor ella quería ser la humillada, la sumisa. 

—Carajo, no me muerdas las pelotas.

—Cálmese mi rey, no se ofusque.

Rosy tuvo una infancia difícil. Nació en un suburbio costero, en las inmediaciones de un centro penitenciario. Ser testigo de asaltos, robos y peleas callejeras de todos los días, de cierta forma ayudó a forjar su carácter de acero. A los nueve años, harta de comer medio plato de arroz con medio huevo frito en todas las comidas, desobedeció las buenas enseñanzas de mamá e hizo lo normal que hacían los otros niños del lugar: salir a robar. Fue una acción temeraria, de resultados nefastos para la familia, sobre todo para el padre, que se vio obligado a gastar todos los ahorros del año, doscientos soles, en parte del pago de una coima al jefe de la Policía, para así evitar el traslado de la niña a un centro de rehabilitación de menores, donde seguramente la violarían los gendarmes o las mismas asistentas con la cachiporra de rigor u otro objeto contundente, solo para desgraciarle la vida, y no pasaba nada, en ese infierno nadie se salvaba de ese infausto destino; pero lo peor vendría después, o bien una sífilis, o el SIDA, o un embarazo no deseado, o la tuberculosis, porque ahí todos se contagiaban de algo. ¿Querían eso para la pequeña, todo por un simple desliz? No, ¿verdad? El padre, ronco de clamar por ayuda a parientes y amigos, frustrado, en el pico más alto de la desesperación, no tuvo otra opción que arrancarle la cartera contenedora de dinero, a uno de los vendedores de fruta del mercado. Ni las súplicas implorando perdón, ni la explicación de que lo había hecho por salvar a su hija, pudieron librarlo del linchamiento. “Aquí no se roba, reconchatumadre, se roba allá”, le decían unos ladrones caracortadas, apuntando a otro sector y sin dejar de golpearlo. “Miserable, robar a los pobres no es bueno”, le volvían a recalcar, echándole gasolina. El fuego terminó chamuscándolo, murió en pocos minutos. Rosy quedó devastada. Dentro de sí, la culpa marchitó su corazón. Con el alma destrozada, en lo más profundo de su pequeño ser, rogó al santo de su mesita de noche, a San Lazaro, el patrón de los pobres, la peor de las desgracias para ella, no merecía vivir. Si los policías querían llevarla, ella aceptaba; si debía morir para que su madre dejase de llorar, usaría el cuchillo de cocina para matarse, “perdóname, mamita, perdóname, me arrepiento de haber robado esa galletita de la bodega”, se desplomó en el piso de tierra, “perdón, mamita, si quieres pegame con la correa, hazlo; haz lo que quieras, ya no me importa si me duele”, clamó. 

—¿Más fuerte? 

—Un poquito más.

Mendrock le dio otro correazo. Las cicatrices antiguas de Rosy empezaron a sangrar al unificarse con las nuevas.

“Cuál perdón, mocosa conchatumadre”, le gritó la madre, enloquecida. La golpeó tanto, ese y los días siguientes, hasta que una tarde, las palizas hicieron de aquella florecilla de sus entrañas, de esa rosa extraviada del más hermoso jardín, una luz apagada y sin vida. Fueron días duros, de resentimiento y odio de una parte, y de culpa y sumisión de otra. “Acepto mi condena, yo la maté”, balbuceó la madre, mientras era llevada en una ambulancia. Más tarde los médicos, a duras penas pudieron salvarle la vida a la pequeña Rosy. La madre, en cambio, ensimismada, dejó de existir en una inquietante tranquilidad. 

—¿Murió de inanición?

—No lo sé, chiquito. Tal vez, la mató la ira. No la culpo de nada.

Mendrock cerró los ojos. No quería escucharla más. Las mujeres habladoras le daban dolor de cabeza, por eso las evadía con ingenio sin que ellas lo notaran; pero Rosy era un desparpajo difícil de contener, no tenía límites esa boquita de caramelo. Pudo poner un límite, ser claro, decirle que se verían solo cuando él se lo propusiera, sin llamadas, sin mensajes de WhatsApp, igual que con sus otras amantes; sin embargo, la mala espina se ausentó de su memoria esa noche, por alguna razón dejó soñar a Rosy con la cálida brisa del amor eterno y sin fronteras. En encuentros futuros, el panorama no cambiaría. A Mendrock no se le pasó por la cabeza, ni en sueños, que esa mujercita de metro y medio de altura, la menos agraciada no solo de entre todas sus conquistas —probablemente, en apariencia, se trataba de una de las mujeres más espeluznantes de todo el mundo, llegó a esa conclusión—, sería la causante del fin de su matrimonio. Había algo extraño en Rosy, no solo era esa boca succionadora tan bien entrenada para las felaciones, ni esa vulva minúscula y flexible capaz de transportar a otra dimensión a su perpetrador; también ella en sí, de cuerpo entero, era una paraíso prohibido por descubrir, uno al alcance, totalmente, sin limitaciones, de las fantasías de Mendrock .   

Rosy Loveto fue enfática, decenas de veces advirtió a Mendrock la necesidad de entablar confianza, de ser una unidad, un puño, una pared abierta para el otro, donde la mentira jamás se atreva a posar sus malas intenciones. No podía darse el lujo, a esa edad otoñal, treinta y seis años, un hijo de dieciséis, de andar a la deriva. O era todo, o nada. Mendrock asentía con desgano quería paz, silencio, esa vocecita del carajo le hacía doler la cabeza. Todo, o nada, así de simple, una debe aprender a quererse, continuó Rosy, de lo contrario el dolor se acrecienta, arde en el pecho, duele. 

En la pantalla del televisor, las noticias daban cuenta de un nuevo virus extremadamente contagioso, aparecido en China. El reportero dio algunas cifras estadísticas, señaló el mercado de comercialización de carnes donde se suponía se dio inicio el brote e hizo algunas advertencias relacionadas con las aglomeraciones y los viajes. Las palabras finales del hombre de prensa dieron cuenta de una frase que dejó pensando a Mendrock: “se presume el advenimiento de una pandemia”. 

Hacía poco, Mendrock había leído “Pandemia-Z”, un libro escrito por un tal Poldark M. basado en una pandemia surgida a raíz de la propagación de un virus que termina convirtiendo a los hombres en zombis. Ese resultado, o algo parecido, se imaginó que sería lo que estaba por vivir el mundo, o lo que restaba de él. En todo caso, pensó, sería una nueva generación de zombis. Los zombis actuales andaban en todas partes y eran peligrosos, preferible era no estar cerca de ellos, aunque resultaba imposible diferenciarlos de los humanos sanos. El trabajo excesivo, la rutina, el conformismo y las pocas ganas de tener iniciativas propias, eran los principales síntomas. Un caso agravado de contagio zombi se podía ver en aquellas personas que, a costa de lo que sea, sin tener la capacidad, querían comerse el pastel del éxito de los demás. Eran despreciables estos muertos en vida, no tenían norte. Si ese virus nuevo infectara al mundo y se produjera una pandemia, reflexionó Mendrock, preocupado, sería el despertar de los zombis en una tierra de zombis. 

Rosy seguía enfrascada en un monólogo de nunca acabar. 

—Pon algo de música —sugirió Mendrock, para obligarla a cambiar de tema.

—¿Qué música, chiquito? —De inmediato apretó un botón en el control remoto y en el Smart TV se mostró la pantalla de YouTube. 

—Cualquiera, menos Bon Jovi o Aerosmith. Quiero alegrar mis oídos, no malograrlos.

Rosy escribió P-A-T-I-E-N-C-E en el buscador y apretó Enter.

Esa noche, Mendrock no pudo dormir tranquilo. No solo presentía la llegada de algo catastrófico, también le preocupaba cómo haría para librarse de Rosy a primera hora.

—Por mi madre, qué buen estómago —le diría Sergio Alejándrópolis, al día siguiente, tan pronto Rosy se marchara después de desayunar en el comedor número dos del hotel.

El político, acostumbrado a ver a su empleado solo con mujeres bellas, casi se cae de espaldas al notar la presencia de algo entre reptil, caballo y mono, esas fueron sus expresiones.

—Es que cacha como las diosas.

—Yo creo que has tomado demasiado en serio esa frase tuya “culo es culo”.

—Nada, don Sergio.

—¿Qué diablos te pasó en el otro ojo? 

Los dos ojos de Medrock se veían mal. Uno, producto de un golpe con el taco de un zapato, lucía renegrido; y el otro, debido al golpe del día anterior, también estaba rojo.

—Me pegó, en el aeropuerto.

—¿Quién?

—Rosy.

—¿La enana que se acaba de ir? ¿Ese estropajo?

—Ella misma.

—¿Y no reaccionaste?

—Claro que sí, don Sergio. Ante todo, soy un caballero, lo sabe. Mi mejor venganza es en la cama; pero creo que esta vez ella tiene todas las de ganar.

—¿Te has enamorado?

—Hasta los huesos.

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