El despertar de los zombis – Capítulo 2

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Luciano Alejandrópolis, estudiante de “Teoría de la creación sonora y composición musical de los primeros nibelungos de la era del Pleistoceno”, se encontraba atado de pies y manos en medio de una sucia avenida del centro de la ciudad. Minutos antes, la curiosidad le jugó en contra. Podría haber tomado una ruta alterna, o regresar al hotel a dormir un rato, o simplemente esperar y no abrir la boca; pero no, un investigador de su talla, un genio de las artes musicales, debía hacer y decir lo que se le diera en gana. 

—¡Resentidos de mierda, cucarachas rastreras, despejen el camino o los reviento sin piedad!—fue la desatinada frase que lo condujo a su situación actual.

—¿Qué dijiste, mocoso de porquería? —de entre los manifestantes, uno de ellos se acercó raudo.

Luciano no tuvo tiempo de huir. Varios brazos fornidos lo sacaron a empellones del convertible último modelo, de placa XLZ-3000, color rojo, registrado a nombre de Sergio Alejándrópolis del Prado, su padre, uno de los políticos más influyentes del país, dueño de los campos mineros El Cóndor y de la refinería petrolera Cerro Azul. Por supuesto, los captores ignoraban por completo de quién se trataba.  

—Te vamos a violar, blanquito, por faltoso —le habló una voz gangosa, cerca del oído. 

Luciano empezó a temblar. Le aterraba la idea de ser atravesado en una orgía compuesta de hombres sucios e ignorantes, primero la muerte a semejante vejamen. Los vítores de “quemenlo”, “descuarticenlo”, “córtenle la cabeza”, “empalenlo por atrevido” y similares, no le causaron tanto desconcierto como la amenaza de aquella voz de ultratumba. 

—Por favor, déjenme ir, les daré dinero —pidió, muerto de miedo.

—Te irás, sí, pero directo al infierno, por putito.

Pueblerinos desgraciados, enfermos, psicópatas, en serio querían desflorarlo. Por la reputa madre, en qué momento de estupidez se había metido en semejante lío.

Los manifestantes acusaban al gobierno hambreador, desleal e hijueputa, de haberlos dejado, literalmente, abandonados en la miseria absoluta. Desde hacía unos minutos, a través de un celular de alta gama, un reportero transmitía las incidencias de la protesta. 

—Antes el trabajo no escaseaba, tampoco faltaba el dinero para festejar los fines de semana, no, señor, uno podía irse al puterío sin rasguñar los bolsillos, había bonanza —declaró un hombre corpulento.

—No hay trabajo —intervino el de la voz gangosa—.  El campamento está cerrado por culpa del estado, no tenemos qué comer, esa es la realidad. Las autoridades deben tomar cartas en el asunto.

Luciano Alejandrópolis respiró aliviado. La presencia del periodista distrajo a su verdugo. 

—Señor Mamani Di Caprio, ¿cuáles son las exigencias del Sindicato?

—El pliego de reclamos es puntual. Uno. Reposición laboral inmediata de los trescientos veinticuatro obreros, cinco capataces y siete operarios, en sus respectivos puestos de trabajo de la paralizada Corporación Extractora de Minerales y Piedras Preciosas El Cóndor. Dos. Exigimos, en el acto, la eliminación del impuesto de importación a la minería. Cómo es posible que se haya incrementado de diez a sesenta por ciento, eso es absurdo, en este país el gobierno es enemigo de los más pobres, porque los verdaderos afectados somos nosotros, el pueblo. Tres y último. Pedimos la renuncia irrevocable del Ministro de Energía y Minas, por incapaz e intransigente. No queremos violencia, no estamos aquí por placer, menos por capricho, no, señores, aquí la única prioridad es el bienestar de nuestros hijos; pero el ministro, lejos de proponer una salida razonable, se escuda en, en… eso… —el entrevistado carraspeó unos segundos. 

—¿Ocurre algo, señor Mamani? Lo noto agitado.

—Estoy bien…

—Más acción, menos palabras —volvió a la carga el grandulón de antes—. Aquí correrá sangre si no nos devuelven la buena vida de antes. Advertidos están…

Mamaní le dio un empellón. “Carajo, deja de ser impertinente, no estás ayudando”, le advirtió con una mirada inquisidora. El gigante se alejó de mala gana. 

—Como decía,  el ministro es un incopetente —continuó Mamani Di Caprio. Durante los siguientes minutos mostró documentos, recortes de periódicos y fotos de su celular. Puso énfasis en las resoluciones R.M. 3123 y R.D. 1246, que modificaba una y aprobaba la otra, los lineamientos de la correcta aplicación de la undécima disposición complementaria de los Decretos de Urgencia 102-2024 y 104-2024 respectivamente, en el marco de las recaudaciones estatales. Tomando en cuenta lo indicado en el capítulo II, apartado 12-b, párrafo primero, del Reglamento Procesal de Arbitraje que regía a los consorcios mineros de todo el país, se estaría rompiendo un acuerdo constitucional, afirmó. 

El periodista no dijo nada más. No entendía ni jota. Lo suyo era cubrir asaltos, robos, reyertas domésticas o uno que otro asesinato a lo mucho. De las leguleyadas era enemigo número uno, le aburrían los temas políticos-sociales, no le motivaban, ojo, no era ignorante, conocía mucho de mucho, cada loco con sus locuras, pero él prefería la sangre al rojo vivo, el morbo, el sufrimiento, esos eran sus temas preferidos, no los acontecimientos actuales. Franco, de tener los medios necesarios para no depender de nadie, mandaría a la mierda a su empleador, el dueño de TV 7, un cojudo, un huevonazo de la peor calaña que no tenía reparos en recibir dinero de las mineras a cambio de soslayar denuncias por contaminación. El cabrón se vendía al mejor postor, confiado en el trabajo de los operarios de poca monta como él, Patrick Gutierrez, con fotocheck de reportero de primera línea, sección “C”, periodista con título universitario, @PatGu-Oficial en redes sociales, imparcial, objetivo, al menos en teoría sí, de corazón aborrecía los actos ilícitos, le pesaba ver tanta desigualdad en el mundo, aunque él no engordaba las filas de los menos favorecidos, a él la fortuna le sonreía, solo debía tragarse las órdenes de su jefe y cumplirlas, sí señor, en especial las referidas a la cobertura de la huelga de trabajadores mineros, que ya iba por el octavo día en todo el país. La misión fue clara y precisa:  dejar hablar a los payasos, no contradecirlos. A cambio, un fajo de billetes de cien le calzó perfecto en el bolsillo.

El estado calamitoso de Luciano Alejandrópolis llamó la atención de Patrick en el último minuto de su retirada. “Mierda, esto es cosa seria”, pensó, al reconocer al hijo del político. Sabía que los únicos ganadores con las protestas, de ceder el gobierno, serían los propietarios de los yacimientos mineros, entre ellos el congresista Sergio Alejandrópolis, pero involucrar en ese complot a su propio hijo aún con el riesgo de recibir un linchamiento, merecía el peor de los repudios. Miró de reojo. Mamani Di Caprio, artífice de la huelga indefinida en la zona centro del país, excapataz de primer orden de la minera El Cóndor, se acercó a Luciano y le acarició la cabeza. Algo debió decirle al detenido, alguna amenaza, intuyó el periodista, mientras configuraba con discreción la cámara de su moderno celular para grabar en secreto.

Sergio Alejándrópolis del Prado, padre de la patria del partido del Arcoíris, se encontraba fumándose un porrito de marihuana en la terraza de uno de sus edificios en la confortable zona de Mirones Alto, cuando le llegó la noticia del hijo rehén. 

—Por la puta madre, Mamani, de entre todos los vagos de este país inculto, se te ocurrió tomar de rehén a mi hijo. Suéltalo de inmediato conchatumadre, o voy ahora mismo y te reviento los huevos a patadas —le gritó por el teléfono al dirigente.

—Perdone patrón, no lo sabíamos.

—Ustedes lo saben todo, cholos de mierda, solo se hacen los cojudos. 

—No se moleste, patrón, el chico está bien; pero…

—Pero qué, animal de mierda, habla de una vez.

—Al carrito de lujo lo desbaratamos a pedradas. No se enoje, patrón. 

—La puta que te parió, Mamani. 

—No sabíamos, patrón.

Sergio Alejándrópolis colgó el teléfono. 

—Me saca de quicio este mequetrefe —le comentaría a Mendrock Reyes, una semana después, en el café Yachay—. Intercede para que una de tus queridas lo haga hombrecito, le pagaré bien si logra llevarlo a la cama.

—Cómo no, don Sergio. El muchacho solo está confundido, marica no es.

—Lo sé, lo sé. Aún así, esas tonadas que hablan del progreso y de la igualdad social, no las quiero. “Progreso” me suena a cambio de identidad e “igualdad” a ser permisivos con las minorías.   

—Comparto ese pensamiento en todo sentido, don Sergio.

—Luciano tiene ideas equivocadas, propias de una edad difícil. Para él, ser contestatario es estar disconforme con todo lo que se mueve. El mundo, en su lógica de rebelde sin causa, es un basurero.  

—Es verdad. Los jóvenes de ahora creen haber descubierto la pólvora sin siquiera conocer el arma que la hace explotar. Paciencia. 

—Eso trato.  

Los sucesos sangrientos desencadenados el noveno día de la recordada huelga indefinida de extrabajadores mineros, impulsada por Mamani Di Caprio y otros dirigentes de todo el país, trajo consigo dieciocho fallecidos, entre ellos manifestantes, niños, mujeres y policías. Tras la liberación inmediata del rehén Luciano Alejandrópolis luego de viralizarse o en Facebook y Youtube unas imágenes que lo mostraban atado de pies y manos, las protestas se radicalizaron. Los huelguistas no solo obstruyeron el libre tránsito de los vehículos transportadores de alimentos de primera necesidad, también restringieron la entrada y salida de la ciudad de los peatones. Mamani, movido por intereses ocultos que saldrían a la luz recién en los primeros días de la pandemia, ordenó prenderle fuego a los principales centros comerciales de la ciudad. Hasta ahí llegó su osadía. Un batallón de las fuerzas especiales “Halcón Rojo” de la gloriosa Policía Nacional, en derecho de uso pleno de la represalia en un estado de emergencia, frenó los desmanes y dispersó a la turba enardecida a balazos, caiga quien caiga, la orden firmada por el Ministro de Energía y Minas, Secretario de Estado y Presidente de la Nación era precisa: disparar a matar. Afortunadamente este desenlace atroz, de tragedia, no lo vivió Luciano. El día anterior, ni bien fue liberado, corrió tan rápido como pudo a los brazos del poeta Richi Egosadth, su amigo del alma.

—Amigo mío, ¿qué te ha pasado? —se interesó el poeta ni bien lo vio llegar.

—Apapáchame, no me sueltes —Luciano temblaba, no podía mantenerse en pie.

—Cuéntame, qué ha pasado.

—Me siento fatal. Unos hombres grandototes y sucios me han querido violar. 

—¿Qué? ¡No puede ser!

—A la gente ordinaria le fastidia mi forma de ser. No encajo en este mundo, Richi, he nacido en el lugar y el tiempo equivocados. Qué culpa tengo yo de ser talentoso, mi Richi, a quién le hago daño con eso. Ser artista es el verdadero móvil de mi desgracia, me pasan cosas no por expresarme de alguna u otra manera, sino por ser diferente, al mundo le jode que yo sea como soy. Dios mío, ya no aguanto esto, me declaro vencido. 

—Tranquilízate…

—Richi, en tus brazos me siento seguro —se aferró al cuello de su amigo y le besó los labios en un descuido.

En ese preciso momento, el presidente de la nación cerró el trato de su vida. Luego de una fructífera conversación con los hombres más ricos del país en el mismo bunker enchapado de oro que no los salvaría de comerse entre ellos una vez iniciado el despertar de los zombis, el primer mandatario aceptó la generosa cortesía (no cuatro, cinco maletines llenos de dinero) ofrecida para regular los impuestos de importaciones mineras de un exagerado sesenta por ciento a un razonable veinte, el doble del porcentaje inicial. Además, solo por su investidura, por ser el hombre más importante de un país, recibiría el diez por ciento neto de las ganancias anuales de cada consorcio minero durante todo su gobierno. Toda esa pulpita, por una sola firma.

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