El despertar de los zombis – Capítulo 11

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El multifacético hombre de prensa, conductor de televisión, broadkaster, escritor, Youtuber y Tiktoker, Manolo de las Rayas Doradas, se quedó boquiabierto, sin palabras, al ver a la despampanante cajera de la tienda de enfrente, desnuda a pocos metros de él, con la cara pegada a la ventana principal de su casa. Fueron ruidos como de algo estrellándose contra el vidrio, tal vez de un maldito pájaro, pensó en un inicio Manolo, los que le obligaron a prender la luz. Y ahí estaba ella, hermosa, con las tetas al aire, sin ropa, del otro lado de las lunas polarizadas de aquella oportuna ventana, a través de la cual, ahora la veía con fascinación. Detrás de la curvilínea mujer, en medio de la carretera, arrastrándose lento, con las tripas desperdigadas, el barrigudo gerente de la tienda, también calato, intentaba abrirse paso. Manolo no notaría aquella presencia aterradora hasta después de un rato, al tropezarse con su cabeza. En tanto, las sirenas policiales empezaron a sonar en la distancia. Al mismo tiempo, en las inmediaciones del lugar, Manolo escuchó, confundidos entre aullidos de perros y sonidos de motores de vehículos acelerados a toda marcha, gritos de desesperación. Al diablo, primero lo primero. Buscó la opción de la cámara en su engreído, un Huawei V50 PRO del que no se despegaba ni para defecar, e hizo varias tomas rápidas, por si se le iba la oportunidad. Pero la mujer no parecía tener la intención de irse, por el contrario, en cada golpe de cabeza o manos contra el vidrio que ejecutaba, aparentemente sin control, el deseo de entrar se hacía más notorio. El buen ánimo de Manolo se disolvió, en el acto, en cuanto se percató de la presencia de una sustancia viscosa y putrefacta en los alrededores de la boca de esa mujer, por así decirlo, enloquecida.

En otro escenario, a varios kilómetros de distancia, en Palitrokes, Mendrock intentó hacer una llamada telefónica. No había señal. “Solo le arranco a la vida, vocablos de poesía”, se escuchó un último verso de unos de los poetas del grupo Anónimus, segundos previos a la interferencia de una sirena policial.   

  —La han drogado, estoy seguro. Parece una zombi —Manolo terminó de grabar un mensaje de WhatsApp, dirigido a Patrick Gutierrez de la Monada, periodista y corresponsal de uno de los medios más importantes del país. El audio no se envió. No entraban las llamadas, no se enviaban los SMS, ¿acaso esas casualidades no eran señales para meter mano a la torta? Ahí afuera, ese pastelito esperaba una mordida suya, el destino así lo quería.

 El talentoso Youtuber de cinco suscriptores, decidió salir de casa. No vio el video grabado en una morgue, viralizado en redes sociales, en donde se veía a una mujer, declarada oficialmente muerta, levantarse de improviso y atacar a mordidas a los forenses. De haberse tomado la molestia de ver el estado de WhasApp de Patrick, no habría salido por nada del mundo.

Un poco de asco, sí. Compasión, mucha. Deseos de tirarla una vez que las drogas o lo que tenga dentro de ese cuerpo privilegiado se esfumen con un buen descanso y el cuidado respectivo que estaba dispuesto a brindarle, infinitos. Miedo, no, en absoluto. Manolo abrió la puerta de salida de su casa, se dirigió a la calle, dio uno, dos, tres pasos, menos de dos metros de extensión, exactamente hasta el final de dos jardines equidistantes, ambos distribuidos a los costados del tramo avanzado. Al llegar a la acera, se detuvo unos segundos. Se sentía enajenado, fuera de sí. Temblaba. Era una mezcla de emoción y deseo, adrenalina pura, parecida a la que sintió cuando conoció al Youtuber mundialmente conocido Luchito Teaplica PN, pero esta vez con erección incluida. Asco, en realidad, no. De esa criatura de Dios, hechura de perfección, buñuelo de miel, sería capaz de tragarse todos esos fluidos negruzcos y más, la besaría hasta dejarla marcas en todo el cuerpo e incluso, sin exagerar, no tendría reparos en besarle el culo. Respiró hondo. Enseguida ladeó el jardín de la derecha y avanzó con la mirada fija en ese enorme tarro, de purita calidad. Pronto, disfrutaría a sus anchas de ese delicioso culo, lo justo, o dejaba de llamarse Manolo de las Rayas. Lo que no previó, pasos más adelante, fue tropezar con un hombre destripado.

Horas atrás, a eso de las cinco o seis de la tarde, el gerente general y socio mayoritario de la tienda de electrodomésticos y artículos de cómputo en general, IN-VCIL, ubicada al frente de la casa de Manolo, dejó estacionada su moderna camioneta Hilux, a varias cuadras de distancia del establecimiento comercial. Los protocolos esta vez le fueron favorables. Al frac negro y extra ancho que envolvió su orondo cuerpo, se sumó una máscara antigás M65, perfecta para ocultarlo de los curiosos. En esas fachas, mimetizado en un hombre común y corriente, lejano de parecerse al empresario poderoso e influyente que era, caminó sin preocupaciones a su destino, feliz de ser, al menos en apariencia, un perfecto don nadie. Dio la vuelta a la manzana y llegó algo cansado a una pequeña puerta —la de la salida de emergencia— por la que entraría a las justas, ni bien el portero Majás Obregón se dignara en abrirla desde adentro. En el recinto, al fondo, al final del pasadizo, en una habitación lujosa, de cama extra grande, con Jacuzzi y una mesa servida con el mejor vino del valle iqueño, Salomé, la cajera de IN-VCIL, el gran amor de su vida, estaría esperándolo. A decir verdad, “gran amor”, ni en sueños. El dramaturgo Wiwi Velo, su amigo y consejero personal, en ese sentido tenía mucha razón. Una mina de años mozos, regia, esbelta, de culo divino, no podría fijarse en él por amor, imposible, a la edad que tenía, casado, con cuatro hijos, solo le quedaba la suerte de ser elegido, y Salomé lo eligió por su dinero, esa era la única realidad. Le daba igual ese detalle. Si de dinero se trataba, tenía mucho, para asegurar su compañía toda una vida. Ese día, sábado, Salomé siguió al pie de la letra las indicaciones de su jefe. Cerró temprano, cuadró caja, espero a que todos los empleados se fueran y procedió a organizar los detalles del encuentro esperado. “Espérame peladita”, le había enviado un mensaje de texto el gerente, en la mañana. Salomé lo complació.   

El empresario Maqueis, Oso Boby para los amigos, dueño de IN-VCIL, socio del político Sergio Alejandrópolis y mecenas del actor y dramaturgo Wiwi Velo, se sintió el hombre más dichoso del planeta. No cabía de contento. Hacerlo dos veces en menos de dos horas, sin ayuda de la pastilla azul, merecía una celebración especial. Todo se lo debía al gran Wiwi, él le hizo partícipe de sesiones de meditación y toma de ayahuasca, gracias a esos rituales tenía la energía de un adolescente. En los últimos días, además, estuvieron en una terapia intensiva de engrosamiento de pene, buenísimo, de resultados infalibles, probado en decenas de varones insatisfechos, con la garantía brujesca del experimentado Velo, campeador de alto vuelo en la preparación de brebajes y mejunjes. “Con mis preparados, de que cachas, cachas”, le aseguró Wiwi al empresario, tocándose la abundante barba a modo de cábala. Lo del ensanchamiento aún estaba pendiente, se requerían más días para obtener buenos resultados; sin embargo, en lo demás, todo resultó mejor de lo esperado. El gerente estuvo a punto de darle una buena noticia a Salomé respecto a una propiedad transferida a su nombre, cuando, de pronto, el inoportuno Majás Obregón, no podría ser otro, empezó a golpear la puerta.

El desdichado portero, cuarenta años, ciento veinte kilos, metro sesenta de estatura, empezó a sentirse mal desde el día en que le aplicaron la vacuna Vergus XXII-CM-9170. Le dio fiebres altas, dolor de cuerpo y gran ardor para defecar. El sábado en la mañana intentó ir a los centros de atención estacionales de “NOWA te cuida” o al hospital general, pero un hombre pálido, de apariencia cadavérica, a quien vio llegar y perderse en la distancia a toda velocidad, a su paso lo arrastró con él al suelo, dándole una mordida en el antebrazo. A partir de ahí, la visión empezó a fallarle. No solo eso. La exposición al sol y el haber dado unos cuantos pasos, le generaron una fatiga desmedida. La herida de la mordedura, con el transcurso de las horas, se volvió morada. En la tarde, para abrirle la puerta al gerente, hizo esfuerzos sobrehumanos para no darse a notar. Los músculos no le respondían conforme, no podía ver nada, volaba en fiebre y sudaba copiosamente. Y así fue que, en algún punto entre la realidad y el delirio, Majás Obregón, esclavo de la rutina, vasallo del conformismo que lo obligó a vivir sin aspiraciones, un zombi más de esa horda de humanos idiotas que viven por vivir, perdió la conciencia totalmente para convertirse en una criatura similar, hambrienta de sangre y carne humana. 

Oso Boby abrió la puerta, decidido a darle un patadón en el trasero a ese inepto de mierda, bueno para nada e irrespetuoso empleado de medio pelo. Majás no esperó una carta de invitación para lanzarse en acometida brutal, directo al cuello de Maqueis, en busca de saciar ese hambre incontrolable que lo dominaba. El forcejeo duró varios minutos. Majás le vomitó en la cara al empresario una oleada de sangre negruzca, mezclada con saliva y bazofia. El agredido se defendió a puño limpio, manco no era. Un gancho en la quijada, la zurda en el estómago, no vale morder conchatumadre, hijo de las mil putas. Salomé, acurrucada en un rincón de la cama, hecha un mar de lágrimas, se deshizo en rezos, sin presagiar que dentro de poco, horrorizada al ver a Maqueis despanzurrado a mordiscos, se vería en la imperiosa necesidad de usar la Beretta 95-S guardada en la repisa cercana a la cama. Disparó directo a la cabeza del asesino caníbal, quince veces, sin respiro. Después se sentó en el suelo, al costado de la cama. Así estuvo un rato, despegada de la realidad. De no haber ocurrido lo que ocurrió, Salomé habría llamado a Juan Salvador Pipito, conocido como Gato Sméagol, o, en segunda instancia, a su novio Patrick Gutíerrez, o en todo caso a los dos en tiempos indistintos. Como sea, esa noche, siguiendo el patrón de otras parecidas, tenía planeado terminar lo que Oso Boby, que de oso no tenía nada, acostumbraba a dejar inconcluso. Por supuesto, entre cuatro paredes, el mejor amante era Sméagol. Ninguno se le parecía, el ingeniero poseía un talento innato para hacerla vibrar de placer, era lo máximo, lo amaba con todo su ser, pese a verlo de vez en cuando y solo por horas. Patrick, en cambio, el espeso novio, el de las llamadas reiterativas, los regalos costosos y las cenas románticas, quería estar todo el tiempo pegado a ella igual chicle, qué pesado, la aburría con esas huachafadas, aunque, después de Sméagol, también rendía de la puta madre, daba pelea en las artes amatorias. En resumen, el sábado por la noche, Salomé debía coronar sí o sí, con esa idea se metió en el jacuzzi en la tarde, mientras llegaba la hora de ver al baboso de Maqueis. Desde luego, no esperó ver cómo un ser endemoniado terminaría comiéndose las vísceras de su Osito Boby y mucho menos, ni en sueños, concibió la idea de ser una asesina.

La reina Salomé siguió con la mirada perdida. La eligieron por mayoría absoluta. Dieciséis años, un estrado de madera, el público escolar aclamándola, la corona, los zapatos prestados, el traje de noche alquilado y por supuesto, la sonrisa perfecta. Era una reina de verdad. Lástima que una sonrisa no lo puede comprar todo. Y tú, querías de más, nada te satisfacía. Salomé, putísima, me rompiste el corazón en mil pedazos, tú no me quisiste, le entregaste el culo a un gringo, traidora, dejo constancia en este capítulo lo mucho que me ha dolido tu accionar. Hoy, a tus cuarenta años, sin profesión, madre soltera, asalariada de última escala, te acuestas por dinero con ese cerdo Maqueis y tienes un novio marica solo para aparentar, porque tú no quieres a nadie más, Salomé, solo a mí; pero yo, entiende, he dejado de quererte. Yo, Juan Salvador Pipito del Prado, solo quiero tirarte, me gusta tu cuerpo, fea no eres, sigues siendo una reina.

El despanzurrado Maqueis, otrora empresario poderoso e influyente, desbarató los pensamientos de Salomé. El oso, o más bien cachalote, se contorsionó en un mar enlosado, dio manotazos ahogados e hizo lo impensable: resucitó. Tras percutar en vano la Beretta 95-S descargada, a la cajera no le quedó más remedio que huir del peligro. Tomar la ruta de la puerta de emergencia, le habría resultado más fácil; sin embargo, en un arranque de indecisión, optó por el camino contrario. A su paso, derribó electrodomésticos, televisores y otros productos menores, con el fin de obstruir el avance de su perseguidor. Lo logró. El zombi se detuvo un rato, el tiempo suficiente para abrir la puerta e irse, pensó Salomé, pero se equivocó, fue mordida justo cuando entró la luz del exterior del alumbrado público. No pudo avanzar más, dos manos mortíferas la jalonearon de ambos pies. En los siguientes segundos, Salomé pudo proveerse del enorme fierro que hacía de tranca en la puerta e hizo lo que pudo con él, es decir, lo levantó y lo dejó caer en una de las piernas de ese maldito come humanos. En los minutos siguientes, al fin liberada, los ojos se le nublaron, perdió la conciencia… 

—¡Mierda! —se asustó Manolo. Ese hombre moribundo tirado en el suelo, no podía creerlo, a pesar de no tener una pierna y de estar con las tripas afuera, quería morderlo. También Salomé, de estar pegada a la ventana, se dio la vuelta, alertada por el ruido. 

Afuera de Palitrokes, en ese instante, un grupo de zombis atacó un carro policial. Desde el segundo piso, los ahí reunidos no podían dar crédito a lo que veían. El poeta Consagración Fernandez aprovechó el desconcierto para ponerse detrás de la poetisa Domínica Púrpura, a quien rodeó a brazos llenos del esbelto talle. Diana Vivanco, fundadora junto a Richi Egosadh del grupo Anónimus, amante de la vida cómoda y de los placeres carnales, pero de la boca para afuera izquierdista acérrima, nerviosa por todo lo acontecido, asustada y al mismo tiempo con el corazón acelerado tras notar la presencia de Gato Sméagol, soltó, sin quererlo, el celular con el que venía registrando la macabra escena. Juan Salvador Pipito o Gato Smeágol, atento al movimiento de los presentes desde el rincón más alejado del café, no escuchó el “nos jodimos, viejo”, de un Mendrock más preocupado por su disfunción que cualquier otra cosa. Richi Egosadht, el laureado Richi, el poeta mais grandi du mundo comenzó a leer un poema inédito referente al caos.

“Hombre con síntomas de perro rabioso, ataca a enfermera en Hospital de la solidaridad. Se trataría de efectos colaterales de la vacuna Vergus XXII-CM-9170. Confirmado. @PatGu-Oficial”, había publicado Patrick Gutiérrez de la Monada en sus redes sociales, el día jueves en la noche, dos días antes del despertar de los zombis. En el post subió una imagen de la cara del supuesto agresor, obtenida del CULO-N (Centro Único Logístico de NOWA), otro beneficio gratuito de la New Order World Alliance al servicio de la comunidad. Salomé siguió en lo suyo. A ella, la vacuna no la afectó en lo absoluto, al contrario, se sentía segura, inmune a cualquier mal. Más bien alguna bacteria podría afectarla, de preferencia en la lengua, sonrió, pícara, al tiempo que volvía a la carga, apuntando a la retaguardia, en su consigna de levantar a Lázaro. Patrick se retorció de placer, mierda, lo máximo, sigue, mami, a esa lengua juguetona solo le faltan espuelas, no pares, rómpeme nena, pero no mi corazón. No se veía mal ese culito color rosa, al menos no tenía un olor desagradable, se alentó Salomé, ni modo, a seguir en la brega, ojalá pronto se le pare la pinga otra vez y la recompense el doble, no menos. Sí, corazón, el doble y más, mañana, se justificaría Patrick a los pocos minutos, posterior a una llamada urgente, de la morgue, donde un segundo caso de “rabia desconocida” acababa de suscitarse, esta vez en una mujer de iniciales C.B.D.C., de veinte años de edad, declarada muerta hacía varias horas. 

Veintitrés horas y cinco minutos, chaleco periodístico, visera con linterna led de larga duración y dos celulares cargados, uno de la empresa noticiosa y otro personal. Mascarilla N95, afirmativo. Protector facial, en orden. Permiso de circulación, impreso. “Alerta. Nuevo caso de rabia desconocida. Noticia en desarrollo. @PatGu-Oficial”, publicó en sus estados mientras calentaba el motor de su auto eléctrico. Debió preocuparse en calmar los ánimos de Salomé antes de irse tan apresurado, se lamentaría un día después, al ser acorralado por personal del equipo especializado anti infractores del numeral tres del Decreto Universal de Convivencia, DELTA-N, en un pasadizo del hospital general, por infringir los protocolos de alerta máxima. Para doblegarlo, o más bien en busca de protegerlo de la exposición irresponsable a la que se hubo sometido sin medir las consecuencias al entrar en zonas prohibidas, lo obligaron a recibir la vacuna Vergus XXII-CM-9170, modelo extra large, especial para los transgresores de la ley. En vista de que no lograron calmarlo, lo sometieron a una camisa de fuerza para luego internarlo en un habitáculo de paredes blancas de seis metros cuadrados. Lo último que recordaría, previo a terminar sedado, sería las decenas de mensajes de texto de Salomé, todos de alto calibre, cargados de resentimiento y odio. La tal Domínica, decían los SMS, esa puta muerta de hambre, no le llegaba ni a los talones, por Dios, qué mal gusto. Por estar con esa regalada, estaba más que segura de reafirmarlo porque existían antecedentes, la dejó plantada, maldito infeliz, misógino, mariconcito encubierto. Era un perro traidor, por eso, para castigarlo, se acostaría con el primero que se le cruzase en el camino. Lo odiaba con toda el alma. Y dos cositas más, que se vaya olvidando de ese antojo redondo y sabroso, ni muerta se volvía a entregar de esa forma ni de cualquier otra. Tampoco, nunca más, volvería a lamerle el culo, se perdería ese lujo por haberla despreciado. El impotente Patrick, desnudo de toda tecnología, lloró de tristeza. Nunca encontraría una mujer igual a Salomé, tan deshinibida y buen amante, con otra tendría desconfianza para dejarse besar ahí donde le gustaba, se lamentó, haciendo esfuerzos vanos para liberarse de la presión. Fue su último esfuerzo. La enfermera le introdujo un enorme supositorio, de dimensiones épicas, para sedarlo totalmente. 

El día sábado, cansada de suspirar, somnolienta, una arrepentida Salomé marcó el número de Patrick en tres oportunidades, ocho, diez y once de la mañana. No hubo respuesta. Ya se le pasará la cólera, él era un ser susceptible, con alma de niño, pensó. Al llegar la noche, consumadas las fantasías del cerdo Maqueis, desnuda, aquietada en una paz forzosa, con fiebre de pasión y húmeda de deseo, decidió que, en cuanto se librase de ese oso asqueroso, o cachalote, llamaría a Gato Sméagol. Primero a él. A Patrick, su prometido, hombre noble y bueno al fin y al cabo, con el único defecto de ser demasiado impetuoso en el trabajo, para calmarlo y obtener su perdón, le daría besos profundos en donde mejor le gustaba. Más tarde, al perder la conciencia, convertida en zombi, terminaría en la ventana de Manolo, pegada a ella.

Se dio la vuelta la cajera, con malas intenciones, lo decía esa cara perversa. Manolo de las Rayas Doradas, eximio conocedor del buen uso de las palabras, artista nato en el arte de posar de forma adecuada ante todo tipo de situaciones, rebuscó en las innumerables frases selectas de su cerebro —aprendidas en horas y horas de disciplinado aprendizaje mirando videos motivacionales—, las mejores de ellas. El manual del ganador decía, recordó Manolo, pronunciar con énfasis las oxítonas. Lo intentó. Sí que lo hizo, mas todo resultó en vano. La mujer, o aquello en lo que se había convertido, abrió la boca a todo dar, dispuesta a devorarlo. En qué maldita hora decidió salir a la calle, se lamentó, sobre la marcha, la estrella del programa televisivo-virtual de cinco seguidores, Planeta literario, libros, entrevistas y más. Carajo, a un hombre tan importante, de tamaña envergadura, broadkaster, escritor, Youtuber y Tiktoker, no le correspondía ser la carnada de una mujer con pinta de zombi, por más hermosa que esta fuese. Estos casos, por otro lado, con el transcurrir del tiempo, serían normales, podría cortarse un huevo si llegara a equivocarse. Ya lo había previsto en sus canales, el despertar de los zombis no le era un tema ajeno, solo que, en qué diablos azules estuvo pensando para no verlo venir. Pudo, de ser más precavido, darse cuenta del escenario real, en verdad hizo mal en desear la mujer del prójimo, no debió mirar a la novia del cretino Patrick, ese fue un mal comienzo. Pudo…

La mujer zombi no le dio tiempo de avanzar a Manolo, lo derribó cerca de la puerta de su casa. Para librarse de una mordida segura, el experto en casi todo lo relacionado al mundo televisivo y virtual, le puso el celular en la boca. De momento, funcionó la estrategia, logró ponerse a buen recaudo. Ni modo, dos mil divisas extranjeras al agua, se lamentó, ya seguro dentro de la comodidad de su casa.

…sí que pudo, ser el abanderado en mostrar los cambios del mundo, el mediático, tenía demasiado talento para dar, se merecía el éxito, la fama era lo suyo, las cámaras se habían hecho a la medida de su personalidad, lo flashes encajaban en él a la perfección, y más, porque él, Manolo de las Rayas, Manu para los allegados, era un escritor consagrado, autor de best sellers traducidos a decenas de idiomas… Bueno, exageraba un poco, aparte del libro publicado por Universus Buk sobre los peligros de la galaxia, el auge le fue esquivo debido a la pandemia, pero sí tenía en el tintero varias ideas de publicaciones que guardaba celosamente en su cerebro, e incluso algunos adelantos, en exclusiva, los publicó en su muro de Facebook. 

Los zombis, sí. Debía centrarse en ellos. Al respecto, la situación no era alentadora, bastaba con echar una mirada a las calles para saberlo. Tal vez, el día del juicio final estaba a la vuelta de la esquina. Mierda. ¿Y ahora? Fuertes ingestas de somníferos para contrarrestar los efectos de las metanfetaminas, adquiridas de YODYCA (Yo me Drogo y Cacho en Casa), hicieron de Manolo durante un tiempo, un ser ajeno a la realidad. Con la intervención a los negocios clandestinos del capo Sotelo, al quedarse sin proveedor, la ansiedad fue otro grave problema que se sumó a los anteriores. La culpa de todo la tuvo, para variar, el iluminado Patrick Gutiérrez. Ese individuo, bacancito, no contento con humillarlo en la escuela, el colegio y la universidad, llamándolo, en donde sea que lo encontrara, Rayablack, en alusión al color oscuro de su piel, se atrevió, una tarde fatal que nunca olvidaría, a pasarse de listo delante de su prometida. 

—Rayablack conchetumare, préstame tu jerma pe —le dijo una tarde, presumiblemente borracho, al encontrarlo en un restaurante.

—¿Qué te pasa?

—Quiero mojar pe’nero. Ta rica la fulanita.

Ese día Manolo perdería la oportunidad de tener una familia. 

—Me ha ofendido ese señor y tú, cobarde, ni jota  —la prometida lloró lágrimas de sangre.

—Solo te tocó la nalguita un ratito, no exageres —se justificó Manono e intentó darle un abrazo.

—No me toques, so’mula. 

—Pero negrita, no me dejes con la alforja al aire.

—Cállate, idiota. Tú no me quieres

—No digas eso. Yo te amo.

—Negro de mierda, por las puras tienes tremenda pinga.

—Por favor, mi tranquera está furiosa. Déjame ensillar pues, chiquita.

—Baboso.

Se quedó solo Manolo, tocándose la cara adolorida producto de un soberano lapo, estático con sus dos metros de estatura. Al cabo de unas semanas, al ver a la que sería su esposa entrar en un hotel agarrado de la mano de Patrick, odió al infame aún más, a muerte.

Transcurrieron los años. Las palomilladas de la adolescencia, se supone, no deberían tener repercusiones en la adultez. Esa premisa pareció aterrizar en buen puerto el día en el que, agresor y agredido, coincidieron en una playa de Europa. Al polifacético hombre de las rayas le brillaron los ojos de emoción, por fin, carajo, se cobraría, con creces, años de humillación. Las guerras suscitadas en Ecuador, en Vietnam y en la Península de Corea, a las que se enlistó como voluntario, habían hecho de él un encarnizado verdugo, un soldado adicto al sanguinario oficio de matar. Una mirada despectiva, una sola insinuación y ese elemento de mal vivir, esa escoria de la sociedad, sería liquidado en el acto. De fondo, la música de Iron Maiden, The evil that men do, se incrusta en sus sentidos. Matarlo le dará paz, se convence… 

No, nunca estuvo en Europa, volvió a la realidad. De enfrentamientos armados, eso sí, conocía lo aprendido en los videojuegos de la consola SEGA-PLUS, emulados en su potente supercomputadora Maicropus de escritorio. En el contexto real, para ceñirnos a la continuidad de esta apasionante historia de zombis, Manolo encontró a Patrick en una playa del sur. Lejos de buscar justicia, se acercó a saludarlo con las mayores atenciones de cordialidad, sin obviar el “te deseo todos los éxitos” de rigor. Desde entonces, si bien los sobrenombres quedaron en segundo plano e hicieron las paces de cierto modo, el resentimiento de Manu no se extinguió del todo. La noche del día sábado, en el inicio del despertar de los zombis, creyó tener una gran oportunidad para vengarse. En un primer plano, al ver a la novia de ese mequetrefe pegada en el vidrio de su ventana, en un acto mecánico, propio del cansancio y de la abstinencia, trató de hacer lo correcto, de avisarle al canalla. Sólo al no encontrar los medios de cómo hacerlo, se le prendió el foco de la venganza. Cogerse a la novia del enemigo, sin duda, sería el bálsamo perfecto para aliviar todos sus males. En el fondo, además de tenerle miedo, envidiaba el éxito de Patrick. No entendía cómo un reportero de medio pelo, tan solo por un golpe de suerte, había llegado a tener más de un millón de seguidores. En las horas posteriores al ataque de la cajera zombi, no obstante, invertidos los papeles, apuntaría a Patrick, a matar, con la enorme katana destinada a cortar su cuello.

Vencer la ansiedad fue una gran hazaña para Manolo. Literalmente, devoró la colección completa, documentada en vídeo, de “Yo me amo”, edición en USB, con auriculares magnéticos de regalo y código QR exclusivo para el acceso a más de dos mil audiolibros de superación personal. Producto garantizado, le había asegurado hacía buen tiempo, Evaristo Zuela Cocoroco, el librero pegaputas. La semana previa al despertar de los zombis, Manolo se desconectó del mundo banal. Masturbación, cero. Facebook e Instagram, solo para transmisiones, nada de ver estados. YouTube, únicamente para escuchar música. Televisión, no, por Belcebú, mejor sería botar ese aparato. Lectura, sí, sus escritos. Comidas, cuatro veces al días, en lo posible sopas y huevos sancochados. Practicar el uso de la Katana, necesario, en todos los espacios libres. Dormir, sí, lo justo. Conciliar el sueño fue más sencillo de lo que imaginó. El manual de “Perfecta armonía y búsqueda de la felicidad interior”, tomo tres, refería, en varios pasos detallados, la manera correcta de imaginar un punto en la oscuridad —o, en todo caso, pensar en algo bonito— y centrarse en él, no abrir los ojos, evitar otros pensamientos. Con esta técnica, millones de casos lo certificaban, se podía, sí o sí, lograr un sueño placentero. A Manu se le ocurrió pensar en el esfínter de Robert. Ese agujero negro, redondito, profundo, de lo mejorcito que probó en días de pandemia, le produjo un relajo de la puta madre. En todo sentido, ese culito era bello, rico, papi, peladito, incluso el escroto se dejaba ver en todo su esplendor, pero bueno, a concentrarse campeón, la vida requería dosis elevadas de sacrificio y tesón.   

Del polifacético Manolo de las Rayas Doradas, hay algo más que decir, o aclarar: maricón, por si acaso, no era. A Robert le bombeaba el culantro duro y parejo solo para demostrarse a sí mismo que podía comer arroz sin atorarse, no por otra cosa, mucho cuidado. Que entiendan los fans, eso de patear con el talón no iba con él, más respeto. Además, cada vez que Robert regresaba de España, en esas encerronas de amanecida que solían darse, por Diosito, en vez de conformarse con el ojal de varón que tenía en frente, se imaginaba estar ante el culo de Salomé, la cajera zombi, una de las muchas mujeres a la que le puso el ojo y el canalla Patrick se la arrebató. Por tanto, en este tiempo de cambios, con zombis o no en el camino, iría a matarlo. Debía hacerlo, no habría otra oportunidad.

Con Iron Maiden de fondo, esta vez sumergido en The trooper a todo volumen, se calzó una especie de túnica negra, sin mangas, ceñida a su cuerpo. El cinturón de tela le dio una apariencia de monje japonés y el cinto rojo alrededor de su cabeza un tanto de karateka. Se miró en el espejo. Unas rayas rojas en la cara, pintadas con sangre, le vendría bien. No, mierda, mejor se pintaba con témpera. Y claro, las botas de soldado eran lo más importante, guardaba las adecuadas debajo de su cama. 

El broadcaster, escritor e innumerables calificativos más, convertido en un experto en supervivencia, se preparó para la acción. Primero activó la red de internet satelital de Maicropus e hizo un rastreo de las noticias. Tal como lo supuso, gran parte de los servidores del mundo no respondieron a las búsquedas. De las noticias y vídeos de aficionados que pudo encontrar al teclear “zombie”, “zombi”, “zombie + viral”, “inicio + zombie” y combinaciones afines, entre comillas, o paréntesis, según los algoritmos de las redes sociales y buscadores, sacó una conclusión definitiva: el fin de la humanidad estaba próximo. 

Madre, en otra ciudad, quizás ya muerta. Padre, en la tumba. Hermanos, ninguno. Enamorada, novia, o esposa, todavía. Enemigos, ninguno. Objetivo para liquidar, Patrick. Ubicación, Calle Zaratustra # 212, dirección obtenida por geolocalización de número telefónico mediante la plataforma  CULO-N (Centro Único Logístico de NOWA), otro beneficio gratuito de la New Order World Alliance al servicio de la comunidad. Instrumento de muerte, Katana, lista para ser usada. Comprendió que no tendría dificultad alguna en lograr su cometido, tras volarles las cabezas a decenas de zombis. Esa fuerza bruta y agilidad propia de una máquina asesina, le permitió abrirse paso entre cientos de zombis. 

La Calle Zaratustra # 212 resultó ser una especie de laboratorio subterráneo. Las puertas, abiertas de par en par, le dieron acceso a pasadizos interminables, en cuyos costados se podían ver cajas de colores, microscopios, tubos de ensayos y otros objetos irreconocibles. Al fondo, en una de las tres celdas, encontró a Patrick dormido con una camisa de fuerza. El accidentado ingreso de Manolo, por supuesto, fue sangriento. Algo debió salir mal ahí adentro antes de su llegada, era evidente. No perdió más tiempo. Apuntó con la katana a la cabeza de Patrick, para cortarla de una vez e irse. No pudo. Verlo moribundo, echado en un charco de sangre proveniente de su recto desflorado, fue suficiente para cambiar de opinión. 

—Despierta, debemos irnos —le gritó, en vano.

—¡Ayuda! —clamó alguien, en el pasadizo, al parecer un sobreviviente.

Manolo miró por la rendija de la puerta. Un zombi se estaba comiendo a una mujer obesa. Sin más pérdida de tiempo, colocó en el hombro derecho a Patrick y, sin soltar la katana, salió apresurado.

No, no fue un final airoso. El avance se vio interrumpido en pocas cuadras. Por más que Manu intentó defender la vida de quien fuera su más grande enemigo, no pudo lograrlo. Al final, obligado, tuvo que dejar el cuerpo dormido de Patrick en medio de una jauría de perros humanizados sedientos de carne humana. 

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