El despertar de los zombis – Capítulo 10

10

En plena avenida principal, bajo el inclemente sol del mediodía, Katherine Rodríguez, a medio vestir, sin zapatos, únicamente con un enorme consolador de color naranja en las manos que utiliza a modo de garrote, huye del ataque de decenas de zombis. Grita a viva voz, pide ayuda, se resbala, cae, se levanta, escapa de varias manos sangrientas, esquiva autos abandonados en media pista, tropieza con cuerpos calcinados, suda, respira agitada, siente un inmenso cansancio, mas no puede detenerse, le teme a la muerte. A unos cuarenta metros de distancia, no obstante, en una de las casas del otro lado de la calle, en cuya fachada se lee, en letras doradas, Universus Buk y Asociados, ve rejas descorridas y una puerta semiabierta. Alguién debió abrirla desde adentro, supone. Al darse cuenta, en efecto, de la presencia de hombres armados en el interior, presciente que no es buena idea seguir en esa dirección, pero no le queda tiempo para reflexionar, qué diablos, decide correr el riesgo. Sobre la marcha, Katherine cambia de rumbo, gira noventa grados a la izquierda y trata de acelerar el paso con esas piernas temblorosas que poco ayudan. No lo logrará, piensa, entre miedo y llanto, al ser interceptada por un zombi obeso. 

La tarde anterior, de regreso a casa, el carpintero Bono Cromáin, aficionado a la guitarra, a la poesía y al arte de la declamación, se atrevió a dirigirle la palabra por primera vez. A Katherine le pareció de lo más extraño. Lo conocía de vista. A veces, oculta detrás de su ventana, lo veía sentado en el parque de enfrente, escribe que escribe. Alguna pena profunda debía tener aquel hombre solitario, se le había ocurrido más de una vez, mientras disimulaba limpiar el jardín del parque y escuchaba, atenta, cómo vertía palabras tan hermosas, tan sentimentales. En los gustos de Katherine, Bono, en definitiva, no encajaba en lo absoluto. Esa barba a medio cortar, de vagabundo, le parecía horrorosa. Esa boca de labios partidos, de dientes amarillos y resquebrajados, qué horror, ni ca, jamás la besaría. Aunque, cada vez que lo escuchaba tocar la guitarra, sobre todo cuando entonaba esos huaynos tan tristes, algo se le quebraba por dentro. En esas circunstancias, ignoraba el porqué, quería abrazarlo. Eran lapsus de locura, pasajeros, de segundos. Mentira. Mentira. Ese hombre errabundo, descuidado y poco atractivo, carajo, le costaba reconocer, la ponía loquita con sus canciones y poemas. Lo amaba, sí, pensaba en él día y noche; pero a un ser así, tan lejano de la realidad, diferente a los de su círculo, cochambroso, desaliñado, tan… poca cosa para ella, no podría entregarse jamás.  

—Bue… nas tardes —se paró Bono frente a Katherine. Algo nervioso, con los hombros encogidos, esperó una respuesta para continuar.

La esbelta mujer, desconcertada, lo miró de pies a cabeza. Qué atrevido, tanta insolencia junta no era buena. Debía parar esa malcriadez, ponerle un parche, a ella se le guardaba respeto, aunque, para ser sincera consigo misma, aquel pobre hombre no la estaba faltando. De pie, el carpintero se veía bien. Buen porte, piernas recias, pectorales de atleta. La cara…, mejor no veía esa parte. Horas más tarde, Katherine recordaría este memorable encuentro. Lo haría en el momento en que su novia oficial, la vocalista de la banda de heavy metal Armagedani, además de acelerar al máximo el Orange 3000 – Vibrator collection que sostendría con la mano derecha dentro de la vagina chupona de su “perrita golosa”, su “putita descaradita” o su “cachondita non plus ultra”, se las ingeniaría para introducirle, de uno en uno, tres dedos en ese culito rendidor. “Me va a venir, sigue, sigue, más”, pediría Katherine, ahogada en gemidos de extremo placer, con las manos en la cama, idéntica a una mula mitológica de grandes ancas, arqueada como un tobogán. La novia, ni corta ni perezosa, cual jinete a punto de cabalgar una mula salvaje e indomable, desde  atrás, no le daría tregua. “Toma, maldita mula endemoniada, aquí tienes lo que te gusta”. Katherine, en el cielo del placer, pocas veces tan estimulada, imaginaría la entrepierna descubierta de Bono. Detrás de ese bulto apetitoso que viera en la tarde, ubicado en su entrepierna, debajo de ese pantalón harapiento, descubriría un animal resbaloso, duro, de dos cabezas prominentes. El animal no se detendría, arriba y abajo, en ataque sin cuartel, se introduciría en ese cuerpo desnudo, hermoso, blanquito, de prodigioso culo y de dibujados senos turgentes. Los siguientes minutos serían de lucha infernal. En el tramo final, la mula, entre relinchos prolongados de agonía, agotada, vencida, dejaría de cabalgar. El animal endemoniado de dos cabezas, igual, se detendría en un stop programado. Enseguida, la calma. “Puta, huevona, me hiciste la noche”, le agradecería Katherine a su novia, lejos de saber que allá afuera, en medio de ese ruido apocalíptico de las sirenas policiales, ocurrirían cosas extrañas. 

—¿Sí? —respondió Katherine, tras una breve pausa. 

Bono respiró hondo antes de hablar. La fama de loco, ciertamente, encajaba a la perfección en sus fachas. Pero de locura solo tenía el amor desmedido al arte, a la poesía, a la música y, por ahí, tal vez, a una musa escondida. Es decir, era un loco apasionado, un loco de mierda enamorado de las cosas hermosas de la vida, solo eso. Para sobrevivir, Bono confeccionaba, en un pequeño taller de escasos nueve metros cuadrados, peces de madera, gallitos y guacamayos. Las piezas fabricadas, de coordinada perfección, tenían un auge inusitado, se vendían en tiempo récord; pero Bono no se preocupaba en producir más de lo necesario, con algunas horas de trabajo en las mañanas le era suficiente para no morirse de hambre. Es que, no solo de pan vivía el hombre, también de latas de cerveza, decía, sumergido en el color de la embriaguez. El poeta Richi Egosadht, las veces que se acercaba a saludarlo, literalmente metía su ego dentro de las latas vacías y hacía lo que nunca sabía hacer: escuchar, admirar el verdadero arte. Gracias a la intervención del poeta Richi, el talentoso músico de conservatorio Luciano Alejandrópolis, se animó a musicalizar “Amo la tierra”, uno de los tantos poemas de Bono escritos en servilletas.

—Yo… —apenas podía sostenerse en pie, le temblaban las manos y las piernas.

“Está nervioso por tener enfrente a una mujer inalcanzable”, pensó Katherine, enternecida. 

“Me ha jodido ese whisky de mierda que trajeron los tortolitos Richi y Luciano, no puedo ni pararme”, se dijo Bono, a duras penas, al componer las palabras dispersas de sus pensamientos. 

El uso de cubrebocas y la prohibición del libre tránsito, eran estupideces de dimensiones épicas, propias de una civilización de borregos. La vacuna era otra necedad sin nombre, un negociado redondo, el resultado de un estudio milimétricamente calculado para favorecer a los poderosos, de eso se trataba la pandemia, de una farsa bien estructurada, por tanto, Bono Cromáin Peint, ebanista fino, declarado por las fuerzas del universo y más allá como un ser indomable, solitario, bohemio y anárquico, decidió no utilizar cubrebocas bajo ninguna circunstancia, motivo o fuerza mayor, al diablo con el gobierno, abajo los poderosos, viva el arte concha de su puta madre, viva la vida en libertad. Nadie lo obligó a cambiar de idea. Bono nunca se ciñó a las ordenanzas del estado, no dejó de ir al parque durante la pandemia y por supuesto, no aceptó ninguna de las vacunas de NOWA.   

“No puede hablar, cree que soy irreal”, Katherine se llevó la mano al pecho. El viento cómplice, durante un segundo, blandió la fina tela del escote de su vestido. Más que nunca, se sintió una mujer deseada, altamente atractiva.

“Os amo, os sueño”, pensó Bono, mientras luchaba por no vomitar, “os juro que sería capaz de succionar vuestras heces con cañita”. Imitar a los españoles era una costumbre de Bono solo cuando se embriagaba. El alcohol lo ponía eufórico, hablador, dicharachero, demasiado sincero, sin filtros. Una noche, de eso hacía ya mucho tiempo, fastidiado por la intrusión de Tetiana Vasco, una amiga cariñosa del ingeniero Juan Salvador Pipito, o Gato Sméagol, no pudo abstenerse de decirle lo que sentía. “Os voy a decir una cosilla, mi querida guarra. Controlad el poder de vuestra vagina, que no os llevéis a la dictadura. Os diré algo con toda franqueza: sois, una cacherasasa”. Aunque más tarde Tetiana, aún con cólera, le daría la razón a Sméagol: “tú amigo tiene toda la razón: soy eso que dijo”, en adelante le tendría ojeriza a ese mañoso hijo’eputa. En otra oportunidad, Bono le ofreció a Diana Vivanco un billete de cien para cerrar la boca. “Os conmino a que se calle, os ruego, deje de leer vuestros patéticos poemas”, le dijo una tarde, aburrido de escucharla en su reducido taller. De esta escena fue testigo el poeta Consagración Fernández. 

—Sí, dígame.

—Quiero… 

Los hombres armados aciertan en la mayoría de disparos. Katherine escucha los estallidos como en cámara lenta. Varios proyectiles zumban cerca de su cabeza, es inutil que trate de protegerse con las manos, solo le queda confiar en la puntería de los atacantes. El zombi obeso, agujereado a balazos, empieza a desangrarse a un metro de ella, si se puede llamar sangre a ese líquido negruzco que vierten sus heridas de bala, pero aún así avanza, tiene la boca abierta, quiere morder carne humana, lo hará si no lo detiene. Con el garrote improvisado que lleva consigo, el Orange 3000 – Vibrator collection, el mismo que utilizó para librarse de ser mordida por Bono, Katherine golpea la cara del zombi una y otra vez, hasta derribarlo. Le quedan menos de diez metros para llegar a la puerta semiabierta. Lo logrará, lo presiente. Los zombis siguen llegando de todas partes, alcanza a ver cuadras enteras de ellos, son miles. Un esfuerzo más, sobrehumano, e intenta agarrarse de las rejas, las tiene cerca, a centímetros. Uno de los hombres, gracias a Dios, la toma del brazo, está salvada, o casi, varias de esas criaturas hambrientas, descontroladas, toman ventaja y se arremolinan alrededor de ellos. En este punto de tensión máxima, fiel al estilo de los héroes de las películas, el capo de capos, el sanguinario Sotelo, realiza una salida triunfal. Camisa de soldado con mangas recortadas a la altura del hombro, vincha negra tipo rambo, botas con punta de acero, una ametralladora en la espalda y dos machetes afilados, uno en cada mano, hacen del capo un personaje sin igual. Está sediento de sangre, las cabezas ruedan por doquier. En pocos minutos, despejada la entrada, logran ponerse a buen recaudo. “Quí ricu manjar, carni blanca”, se regocija el capo al ver de cerca la hermosura de Katherine. “Nadies mi toca esti culito, es mío, pindejos, ni la miren”, ordena, mientras se hidrata con un poco de ron. 

Afuera, de rato en rato, helicópteros sobrevuelan la ciudad. En otro escenario, a unas diez cuadras de Universus Buk y Asociados, en Palitrokes, Mendrock supone, al percatarse del descenso de uno de los vehículos aéreos sobre la azotea de un edificio, que se trata de un rescate. Por un momento tiene la idea de proponer una excursión, en busca de ayuda, a cualquiera de los edificios del centro. Según las probabilidades, tomando en cuenta las permutaciones que generaría el avance, podrían lograrlo si decidieran organizarse bien.  ¿Pero luego qué? A lo mejor, lo más probable, los actuales acontecimientos eran parte de un macabro plan de destrucción, quizás NOWA llevaba el control absoluto. Por último, de haber el beneficio de la duda, de existir una posibilidad remota de ser rescatados a salvo, ¿qué ganaría él?, ¿cambiaría algo a su favor? Nada, en absoluto. Mendrock observa las caras de los presentes, las estudia con detenimiento. Es más del mediodía, pero nadie parece tener hambre. Vuelve a contar con la mirada. Veintidós personas, incluyendo la dueña, tres cocineras y dos mozos. En la noche anterior, con el alboroto de las sirenas policiales, debieron irse unas veinte, quizás veinticinco personas. Y en la mañana, los tres jóvenes desesperados por volver a sus casas, apenas llegaron a la esquina. Ahí están ahora, observa Mendrock desde el ventanal, en la avenida, convertidos en zombis, por idiotas. De momento, prima la cordialidad. En grupos de tres o cuatro, unidos por intereses afines, conversan del futuro. En un rato, cuando tengan hambre, pedirán comida. La dueña, que tonta no es y que ya ha puesto a buen recaudo la despensa, atenderá de forma personalizada a unos cuantos, solo a los que puedan pagar. Lo hará sin ayuda, porque las cocineras se han rebelado, también los mozos no han querido mover un dedo. Mendrock sigue en lo suyo. Ahora hace operaciones estadísticas. Llena varias carillas de números, tacha, reescribe, compara. El resultado es contundente. La dueña, según sus cálculos, será la primera en morir. 

—¿Qué quiere? 

—Yo…

El organismo de Bono, en total estado de anarquía, se rehusó a recibir órdenes de su cerebro. De momento, contra su voluntad, se encontraba inmovilizado. A la sensación de vómito, se sumó una violenta erección. “Os ordeno sumisión, calmaos la marcha”, balbuceó en voz baja, en un intento vano de ocultar lo evidente. Fueron palabras imperceptibles, vertidas más con el pensamiento. La erección, increíble, de no creerlo, cobró vida propia. Tal si fuera la cabeza de un perro rabioso en miras de entrar en acción, así su glande se hinchó hasta agrietar la tela del pantalón. En los siguientes segundos, Bono perdió la noción del tiempo. Se le nubló la mente, no pudo articular ni una sola palabra más. Delante de sus ojos, los objetos se veían duplicados, dispersos en un remolino de sonidos estrepitosos y aire frío.  

“Qué rica pinga tiene este locario”, pensó Katherine, al tiempo que miraba con disimulo cómo latía el compacto bulto de la entrepierna de Bono. En lo que le restaría de la tarde, seguiría imaginando lo grande y grueso que debía ser esa pieza de colección, con suerte tan potente como la del estúpido bueno para nada de su cuñado Mendrock, a quien odiaba con el alma. Al día siguiente, sometida al sadismo del sanguinario Sotelo, a la orden de sus caprichos sexuales, sumisa, con miedo de ser decapitada, se lamenta de su actual estado. Es consciente de que nada volverá a ser como antes, sabe que no debe dar la contra. En realidad, tiene suerte, estar con vida es un gran triunfo, solo que le cuesta adaptarse a los nuevos cambios, no es fácil con tantas miradas lascivas. El retaco es el jefe, se nota, lleva el control absoluto, ¿pero hasta cuándo? Por otro lado, es torpe, la posee sin estimularla. No espera un preámbulo de lujo, se supone que se trata de una violación, pero por lo menos algo de delicadeza le vendría bien. En el fondo no es malo, piensa, solo un salvajito incomprendido. A pesar de todo, tiene su gracia en el campo de acción, aunque, para su gusto, ese taladro que maneja con pericia, estaría mucho mejor si tuviera más extensión y el doble de grosor. En resumidas cuentas, si de ser honesta se trata, ese muñequito sombrerudo apenas le da cosquillas. Un día antes, Bono la dejó parada con la saliva en la boca. Arrastró con él esa enorme pichulasa, sin imaginar que podría haber sido su día de suerte, qué huevón, huevones ambos, ella por dejarlo ir y él por no tener valor. 

La novia de Katherine terminó de vestirse. Botas de cuero, minifalda negra, polera de la banda Unleash the archers, casaca de rigor y mucho maquillaje. Algo raro ocurría en las calles, debía irse, le comunicó a una Katherine semidormida, sin presagiar que estaría de vuelta a los pocos minutos. Afuera, salvo por la presencia del vagabundo de enfrente, ese que escribía poemas en servilletas y tocaba la guitarra durante las tardes, reinaba la normalidad. 

—Quítese del camino, viejo —le gritó, desde su motocicleta Harley-Davidson, aún sin el casco puesto. Para apresurarlo, encendió el foco reflector de la moto. 

Bono no se movió. De hecho, ya no era normal. Sí, claro, acertaron los lectores, Bono se había convertido en un horrendo y puto zombi. 

—Ca… char… —logró articular dos sílabas.

Es extraño oír hablar a un zombi, es verdad; pero recordemos que nuestro Bono no era un ser humano cualquiera. Tenía poderes, podía volar y más. No, en serio, al menos no solía enfermarse. Antes, de niño, a pesar de vivir en extrema pobreza, rodeado de suciedad y de ratas, sobrevivió a una epidemia de cólera. De joven, alentado por el mito de tomar la sangre de murciélagos para así lograr tener abundante barba en la cara y copioso vello en el pecho, se unió a un grupo de amigos e hicieron excursiones a cuevas y túneles abandonados en busca de estos mamíferos voladores. Se tomaron la sangre sin contemplaciones, en directo, de los cuellos degollados a la boca. Los efectos de la aventura fueron atroces. Salvo Bono, que solo tuvo un leve dolor de estómago, los demás jóvenes murieron con fiebres e infecciones. En otra ocasión, en una reunión con artistas plásticos, Bono se tomó una botella de diluyente de pintura creyendo que se trataba de aguardiente. No le pasó ni mierda. El nuevo virus, desde luego, tampoco lo tocó. Ningún virus, en realidad, ni bacterias, ni patógenos. Describir los riesgos a los que se expuso antes de convertirse en zombi sería tedioso. Le entró a todo: desde tirarse travestis sin usar protección, comer de la basura cuando no tenía de dónde, hasta quedarse dormido en la intemperie bajo el sol o la lluvia cada vez que se embriagaba. Eso y más. 

—¿Qué dijiste? Viejo maricón, te voy a patear el trasero —saltó la mujer de la moto.   

 Bono, el gran Bono. Quisiste ser un gran poeta en esta tierra de zombis. Tu talento, como era de esperarse, se diluyó en la indiferencia sin pena ni gloria. Los años te volvieron un ser solitario. Decidiste no tener familia, para qué, dijiste, el mundo no se merecía más de ti. En el hedor de la soledad, encontraste la fragancia perfecta para vivir a tus anchas, en completa libertad. Pero no dejaste de ser humano, poeta, por eso te enamoraste de la persona incorrecta. El amor te volvió un completo extraño, un zombi, no el zombi en el que terminarías convertido frente a la casa de Katherine, sino uno de esos millones de idiotas que pululan la tierra sin ningún propósito. Fue en vano, no fuiste correspondido. Domínica trapeó el piso con tu cabeza, te despreció porque tú, morador de los escombros, no tenías dónde caerte muerto. La desilusión que sufriste, poeta, te trajo de nuevo al redil. Volviste renovado. Poeta maldito, mil veces poeta, cantor de versos, vagabundo sin remedio. Así llegaste al parque ubicado frente a la casa de Katherine. La tarde que te emborrachaste con el poeta Egosadh y el músico Luciano, ebrio de lujuria, movido por un impulso impropio de ti, te dejaste llevar por la tentación, fuiste irrespetuoso con ella. Tú no quisiste hacer lo que hiciste, se lo ibas a decir en persona, te decidiste más tarde, repuesto de la borrachera. La idea de verla de nuevo te emocionó, poeta, por eso te pusiste tu camisa rockera. Saliste a buscarla, en apariencia, liberado de toda malicia. Trataste de no imaginarla desnuda, lo intentaste, pero en tu mente daba vuelta, con insistencia, una sola palabra: “cachar”. Tu sueño era cogerte ese culo de portada. En la mitad del camino, una mujer enloquecida te sorprendió por la espalda, no pudiste evitar que te mordiera en los brazos y en el hombro. Demasiado tarde la redujiste, poeta, tú no tenías ni la más mínima idea de lo que estaba a punto de ocurrirte. Las heridas, lo notaste dentro de un rato, se pusieron moradas. Todavía lúcido, te sentaste en una banca del parque, para verlas mejor. Primero te temblaron las manos. Luego, una cálida embriaguez aguzó tu sentido del olfato. Te sentiste invadido por la más deliciosa de las fragancias. Tú no te diste cuenta del alboroto de las calles, no escuchaste el ruido de las sirenas, no quisiste seguir los pasos de otros como tú en loca carrera por un pedazo de carne humana, no, Bono Cromáin, poeta de los infiernos, tú seguiste ese agradable de tus entrañas, llegaste a la puerta de Katherine y ahí te detuviste, extasiado de sentir cercana su presencia. 

La novia de Katherine, haciendo alarde de una agilidad de gimnasta, llegó hasta él impulsada por varios saltos mortales. 

—Tú… —le habló, apuntándole con el dedo cerca de los ojos. Quiso decirle “impertinente” o “maricón”, tenía esas palabras en mente. No pudo. 

—Estás sangrando, Dios mío —se ocuparía Katherine de ella, segundos después.  

—Ese vagabundo de enfrente me arrancó el dedo de un mordisco. Es un loco de mierda. Me duele.

Bono se quedó de pie, saboreando el pedazo de carne. Respiraba hondo, extasiado. Las mujeres lo vieron por la ventana. 

—Ca char —dijo, con una voz gutural.

El zombi empezó a caminar lento, con dirección a la puerta. La intentaría abrir, sin éxito.  Cerca, en el parque y derredores, se libraban batallas cruentas. Como en las películas de zombis, unos se comían a otros. Katherine se frotó los ojos para ver si no se trataba de un mal sueño. Dentro de unas horas, también la novia se convertiría en una de esas criaturas. Lo vio venir. Para protegerse, con la excusa de curarle la herida de la mano, le dio somníferos, así la pudo encerrar en el dormitorio. Katherine no durmió en toda la noche. Por más que pensó en una salida, no se le ocurrió ninguna. Agotada, después de pensar y repensar durante horas en qué sería de ella, aún sin decidirse a tomar una decisión, se vio obligada a salir a la calle. A diferencia de la pasividad de Bono, la novia no dejó de moverse un solo segundo en afán de abrir la puerta. Lo logró cerca del mediodía. Katherine cogió lo que tenía a la mano, el Orange 3000 – Vibrator, y esquivó el ataque con un certero golpe. Tras abrir la puerta de salida a la calle, como era de esperarse, se dio de cara con Bono. Procedió a aporrearlo. Conocía el eje y desteje de esa arma letal que llevaba en sus manos, sabía maniobrarla a la perfección. Otros zombis, de repente, acudieron a la fiesta. Katherine, desesperada, empezó a correr sin rumbo. Ya no pudo ver cómo Bono, en afán de protegerla, impidió el avance de muchos de ellos. Tampoco se imaginó volver a verlo.

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