El despertar de los zombis – Capítulo 1

Por Pither Egosadht

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Mendrock Reyes trabajó durante años para tener estabilidad financiera. Con cuarenta y un años cumplidos, dueño de varias propiedades y suficiente dinero guardado en una caja fuerte de un banco extranjero, se consideraba un hombre exitoso. Vivía en una lujosa casa en las afueras de la ciudad, en un área de cinco mil metros cuadrados que incluía árboles frutales, piscina olímpica y un enorme jardín. Todo era suyo, carajo, a punta de trabajo duro y constante. A él nadie le había regalado un centavo, por eso creía en el libre mercado. Decía coincidir con el liberalismo clásico, era católico de convicción y seductor profesional. Se jactaba de poseer una inteligencia innata, avanzada, y claro, seguro de esta condición de superioridad, no tenía reparos en reconocerse como un ser extranatural, prodigio de la naturaleza. Para no pasar desapercibido, le encantaba decir en voz alta lo que pensaba, no tanto por la dicha de sentirse omnipotente, sino porque medio mundo lo odiaba y temía por eso.

Las mujeres ocupaban gran parte de su tiempo. Le encantaba oírlas decir que morían de amor por él y que jamás en sus vidas las habían poseído tan bien. Para estar con ellas, se las ingeniaba en buscar excusas convincentes que no dieran pie a la duda en su adorable y joven esposa, porque, mierda, un verdadero hombre, un caballero en el verdadero sentido de la palabra, no descuida la familia, menos por un poco de placer. Pero, “culo es culo”, se frotaba las manos. Estaba seguro de, en caso no disponer de dinero, seguir con la buena racha de tener, al menos, una amante por día. En este arte, modestia aparte, nadie lo igualaba. Las damas querían tener el privilegio de sentirlo, de dejarse poseer. El secreto de este rotundo éxito, le comentaría a su amigo, el ingeniero y escritor, la noche de los ataques zombis, no era un secreto, solo mostrarse tal cual, sin obviar nada. Ellas lo querían por ser él, auténtico, semental, buen amante, de eso no tenía dudas; sin embargo, la voluntad de darles un poco de dinero o comprarles lo que les hacía falta a esas mujeres tan entregadas a él, lo consideraba casi una obligación. No podría ser de otro modo, él era Medrock, don Rodrigo Mendrock.

Los hijos de Mendrock adoraban estar con la tía Katherine. Ella solía llevarlos al río, al cine o al supermercado y se aparecía al menos cada tres días. Mendrock la odiaba, no podía estar cerca de ella sin sentirse airado o con ganas de aplanarle la cabeza. Lo que más odiaba, aparte de su intromisión en temas domésticos, venía de antes, del día en que se casó. “Este gordo de mierda con quien te has casado, hermanita, no te va cachar como te mereces”, la oyó hablar y reírse a carcajadas, babosa, entrometida, cómo le dieron ganas de largarla a sopapos, qué tal concha, y para variar, la mujer pelirroja que la tenía abrazada de la cintura, le dio un beso prolongado, escandaloso. De no haber sido él el objeto de la burla, en otras condiciones, le habría parecido cómica la escena del beso, hasta excitante, pero la zorra de su cuñada, que buscaba humillarlo delante de todos precisamente en un día como ese, no se detuvo en miramientos. “Deja de odiarme, misógino”, volvió a la carga. Esa noche el flamante esposo no dejó de pensar en lo ocurrido. El culo de Katherine lo excitaba. Esa boca roja tan bien dibujada y esas tetas que nunca tocaría, también lo excitaban a mares. “Puta de mierda, me has querido joder”, pensó, mientras desnudaba a Karina Rodríguez, su esposa. En los siguientes minutos, convencido una vez más de que ocurriría todo lo contrario a la frase de su cuñada “no te cachará como te mereces”, se ocupó de acariciar y besar todo rincón de ese cuerpo blanco y hermoso que tenía en sus narices, decidido a hacer de esa noche una noche memorable. “¿Estás lista para una súper aventura?”, preguntó. “No te olvidarás de esta noche, te lo aseguro”, enfatizó, antes de que la dichosa frase de su cuñada, una y otra vez, le hiciera perder toda la concentración. Sudó, hizo un esfuerzo sobrehumano para reponerse, mas no pudo. “Me jodiste la gran puta”, finalmente se resignó.

Katherine usaba vestidos cortos y apretados, especialmente para ir a la casa de su cuñado. Sabía que él la deseaba, le gustaba provocarlo de ese modo. Lo de tener una novia le duró poco tiempo, el suficiente para darse cuenta que lo suyo no eran las relaciones amorosas, no aquellas en las que debía dar explicaciones de sus quehaceres diarios, para qué, no se sentía conforme con esas obligaciones absurdas, nadie debería arrebatarle a una el derecho a guardar silencio si así una lo desea, menos a alguien como ella, una mujer emancipada, de mundo. El amor y los desenlaces placenteros de la carne, en resumidas cuentas, asfixiaban la vida Katherine, al menos de la boca para afuera, porque la frase “soltera sí, pero nunca sola” encajaba en ella a la perfección.

Otras de las cosas de Katherine que fastidiaba a Mendrock, era el trato consentidor, mimoso y delicado con su hijo varón, a quien ella llenaba de caricias, besos y abrazos de manera exagerada, como si se tratara de un niño inválido. Tanto había influido en él, lo corroboraba con desánimo, que el pequeño niño de apenas cinco años, se lavaba las manos con delicadeza, tomaba el agua de sorbito en sorbito, se cuidaba de derramar la comida fuera del plato o hacía cualquier cojudez que por lo general les incumbía a las niñas, qué desastre. El fastidio se agravó cuando una tarde, decidido a influir en las actitudes de su hijo, lo llevó a pescar en el río. Lanzaron los anzuelos, uno con la carnada mal puesta, para favorecer al menor. Al cabo de un rato, el niño saltaba de alegría, contento de tener la cesta llena de pescados. “Me ganaste”, le dijo el padre. “No importa, papá, te daré la mitad”. “No sería justo. Me has ganado. La vida es una puta competencia. No lo olvides”. En los días siguientes, en cualquier escenario, se preocupó de meterle esa idea. Unos ganaban, otros perdían, así era el mundo, debía saberlo, por supuesto ellos conformaban el bando de los ganadores. El fin de semana, en una cena familiar a la que acudió toda la familia de Katherine, incluyéndola, Mendrock le propuso a su hijo una competencia para ver quien comía más rápido. El niño se esmeró en complacer al padre, no quiso decepcionarlo, sintió que toda esa complicidad lograda con él en el último tiempo desaparecería si no le seguía el juego, ese fue el argumento que sustentó ante su madre y su tía en los días siguientes; sin embargo, esa noche, lo más cercano a un vagabundo hambriento, devoró la comida del plato como un salvaje. Tras lograrlo, gritó fuera de sí: “¡Gané! ¡Gané! ¡La vida es una puta competencia!”. Las caras de asombro de los asistentes brillaron en silencio. Mendrock no pudo resistir la emoción, el desprecio por ellos se vertió en una sola frase: “¡Ese es mi hijo, carajo!”.

Karina Rodríguez, experta por excelencia en escuchar los problemas de sus amigas del té, no pudo evitar derramar unas lágrimas. Ella era la que necesitaba ser escuchada ahora, se sentía una aguja en un pajar, o una camella que no podía entrar en el hueco de una aguja, algo así, tampoco era filósofa, más bien cojuda sí, tonta útil, la última rueda del coche, pero de uno bonito, de lujo, con riendas doradas. “Ya no sufras, amiga, tu hermana te va a perdonar, ya lo verás”, rompió el silencio Domínica Púrpura, la más joven del grupo. “No lo sé, el patán de mi esposo no quiere disculparse”, volvió a llorar Karina. Domínica quiso decirle lo mismo que le había dicho a Diana Vivanco en una reunión de poetas: que el esposo de Karina, según una amiga de otra amiga, la engañaba con muchas mujeres y no era de fiar. Estuvo a punto de soltar la lengua, tenía un don para transmitir noticias de cualquier índole, ciertas o falsas, pero esta vez se contuvo, pensó que, de no ser bien recibida la mala nueva, la expectorarían del grupo y en ese caso ya no se codearía con las mujeres más pudientes de la ciudad y ahí sí sería la peor de las desgracias para ella, porque los tés y los cafés costaban un dineral en esos lugares a los que iba y ella no podía costearlos, para eso estaba la estúpida de su amiga Diana. Domínica era poeta. O decía serlo. Vivía con un hombre semi postrado, veinticinco años mayor que ella, a quien le daba todas las atenciones posibles escarbando en su reducido sueldo de maestra. Él y su perro chihuahua, eran su única familia. Tenía muchas razones para cuidarlo, le dijo a Diana en una ocasión, entre ellas respeto, amor y agradecimiento, aunque él ya no le cumpla en la cama. Diana Vivanco, amiga cercana de Karina, viuda hacía algunos años, empresaria y actriz de teatro en sus tiempos de juventud, se hizo amiga de Domínica en una presentación de uno de sus libros. Siendo honesta consigo misma, los escritos de su amiga “buena gente” que la hacía reír hasta por los codos, eran cualquier cosa, menos poesía. El poema acerca de su “perrito escaramusito” fue el desmadre, qué manera de malograr la literatura, qué chistoso. Porque la hacía reír, solo por eso, para que sea la bufona del grupo, se animó a invitarla a sus reuniones. Y así fue como Domínica, movida por la confianza, segura de ser una de ellas, estuvo a punto de salirse del amoblado confort para entrar al callejón de donde procedía. Diana Vivanco probablemente se dio cuenta de aquel desatino, por eso se llevó una mano a la cabeza. Debió pensar: “en qué momento le acepté su invitación para ser parte del círculo poético Anónimo, grupete en el que cada vez que nos reunimos, en vez de hablar de poesía solo hablamos de las miserias de otras personas”. Domínica, al percatarse de la mirada de Diana, la detestó aún más, odiaba esa mirada de regaño, sabía que detrás de ella se escondía un reproche, una llamada de atención más que sabría escuchar con resignación, callada, eso le tocaba, ser una pobre diabla no le permitía tener más opciones, de lo contrario no dudaría en mandar a la mierda a todo el mundo.

“Mi esposo me trajo una bufanda del sur, es de lana pura”, intervino una de las presentes, intentando cambiar de tema. Karina guardó la respiración. “¿Y es cara?”, preguntó. “Carísima, le costó una suma de cuatro ceros. ¿Quieren verla?”. Hubo un asentimiento general. Al mismo tiempo, las ocho amigas del té se movieron un poco para despejar la zona céntrica de la mesa. Tan pronto cesó el ajetreo, la prenda fue expuesta sobre un tapete entretejido. “Qué bonito”, “qué lindo”, “qué delicado”…, se regaron las voces al unísono, inmersas en la agonía de dos caras contritas, una de Domínica, más consciente que nunca de vivir en la indigencia a flor de piel, y la otra de Karina, impotente de no poder solucionar las diferencias entre el conocido empresario y proyectista Rodrigo Medrock Reyes, su marido, y su hermana Katherine Rordíguez, esta última echada de la casa el reciente fin de semana e insultada con adjetivos de grueso calibre como “marimacha”, “chacheraza”, entre otros, solo por reventarle un ojo con el taco de un zapato  al “innombrable”, “bestia” y “poco hombre insultador de mujeres que ha convertido a su hijo en un salvaje de las cavernas, me refiero al maldito misógino, obeso y desgraciado esposo de mi hermana, que responde al nombre de Mendrugo, sí, ese debería ser su nombre, me rehúso a llamarlo de otro modo”, así quedó registrado en la denuncia policial.

El dinero de Mendrock no pudo acallar a los medios de prensa. La noticia del incidente, registrada en video y fotos y compartida en las redes sociales en tiempo récord, dio cuenta de un acalorado hombre ancho de espaldas y con evidente ventaja en fuerza, arrastrar de los pelos a una pacífica mujer solo por contradecirlo en asuntos sin importancia. Sabido era que dicho matón les tenía un odio visceral a los progresistas, o “progres de mierda”, como los llamaba, solo por pensar diferente. En circunstancias desconocidas, se presume en afán de satisfacer su ego y de regocijarse con el padecimiento de mujeres inocentes, en un descuido abordó a Katherine sin explicación alguna y, lejos de importarle la presencia de los familiares de esta, testigos de la afrenta sin nombre, la atacó sin miramientos, arrastrándola por toda la casa e insultándola de la peor manera. La víctima, activista social, otrora pareja sentimental de la conocida vocalista de la banda de heavy metal Armagedania, expresó entre lágrimas que lamentaba la inercia de la justicia al haber esta minimizado, no entendía las razones del porqué, un caso tan grave de agresión. Exigía disculpas públicas y reparación civil, no menos. Mendrock leyó con su ojo sano uno de los periódicos, de los tantos, que hablaban sobre él y lamentó en lo más hondo de su ser el haberla cogido de la cabeza esos pocos segundos que lo hizo. La ira y el dolor del taco empotrado en su ojo no le dejó pensar con claridad en ese momento, solo quiso arrastrarla a la calle, nada más, no quería agredirla, jamás le tocaría el pelo a una mujer. Lo insultos sí fueron sinceros, no se arrepentía de ellos. En fin, debía pensar bien cada palabra de sus disculpas públicas, se lo había pedido su mujer entre lágrimas, lo haría por ella. Eso sí, no le daría ni un sol de indemnización a la muy zorra, no, carajo, y ni que piense en tener fantasías sexuales con él, más fácil sería irse a la luna que eso se dé.

1 comentario en “El despertar de los zombis – Capítulo 1”

  1. Este primer capítulo de la novela .Muy cierto de algún hombre que se cree machito por tener mujer al diario según El gozando de ellas. Sin embargo el mayor placer se da la mujer .

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